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El justo medio

Sábado, 07 Nov 2026    CDMX    Antonio Casanueva | Foto: Archivo   
"...Me ha colocado ante un profundo dilema ético..."
Los antiguos griegos utilizaban el término areté (ἀρετή) para referirse tanto a la excelencia como a la virtud. Su cultivo implicaba desarrollar las capacidades humanas y aspirar a una vida plena, mediante el ejercicio de las virtudes y la realización del propio potencial.

En el diálogo Menón, de Platón, Sócrates plantea una pregunta fundamental: ¿Qué tienen en común las distintas virtudes?, ¿Qué constituye la esencia de la areté? A lo largo del texto, relaciona la virtud con la sabiduría y la capacidad de actuar bien, aunque deja sin resolver la cuestión de su naturaleza última.

Para Aristóteles, la areté es indispensable para alcanzar la eudaimonía, entendida como felicidad o plenitud humana. En su Ética a Nicómaco, sostiene que la virtud moral consiste en encontrar el justo medio entre dos extremos viciosos: uno por defecto y otro por exceso. Por ejemplo, la valentía –tan propia de los toreros– es el punto medio entre la cobardía, que nace del exceso de temor, y la temeridad, que supone una confianza desmedida frente al peligro. La virtud no consiste, por tanto, en evitar los extremos mediante un simple equilibrio, sino en saber actuar de la manera adecuada según las circunstancias, guiados por la razón.

El justo medio aristotélico no es un promedio matemático ni debe confundirse con la mediocridad. La virtud exige actuar con prudencia y aspirar siempre a la excelencia. Un torero debe ser tan valiente como lo requiera la situación, sin caer en la cobardía ni en la temeridad. En esa búsqueda de la areté encuentra el camino hacia la eudaimonía, la plenitud humana.

Llevado al terreno de la crítica taurina, el justo medio aristotélico exige que quien escribe sepa juzgar con equilibrio, rigor y honestidad. El crítico no debe exagerar los méritos ni los defectos de una actuación, dejarse arrastrar por sus gustos o caer en la condescendencia. Tampoco debe confundir la severidad con el rigor ni la benevolencia con la complacencia. Su virtud consiste en reconocer lo bueno y señalar lo malo con justicia, sin perder de vista que la verdadera función de la crítica es enriquecer la mirada del espectador, no destruir a quien se somete a su juicio.

Esto viene al caso porque hace un par de semanas se estrenó un nuevo programa taurino: 6 Toros 6, en el que participan Heriberto Murrieta y Juan Antonio de Labra. Un programa muy bien equilibrado, que lo mismo aborda temas históricos que entrevista a protagonistas actuales de la Fiesta. Todo ello enriquecido por el diálogo entre dos hombres cultos, que se distinguen por sus conocimientos taurinos, su amor por la Fiesta Brava y una vida dedicada a difundir y defender la tauromaquia en México.

En el periodismo taurino, Juan Antonio de Labra representa, a mi juicio, esa virtud del justo medio. Es ecuánime y conocedor, sin necesidad de presumir de erudición. Observa con rigor tanto al toro como al torero. Comprende la situación de la tauromaquia en México, la critica cuando corresponde y sabe reconocer sus méritos y difundirlos con oportunidad.

Tiene, además, una vocación innovadora. Siempre propone ideas y busca nuevas formas de informar al aficionado tradicional y de acercar la tauromaquia a otros públicos. Ejemplos de ello son el portal Al Toro México, el nuevo programa 6 Toros 6 y las transmisiones de corridas, como la celebrada en Madrid el pasado 12 de octubre, así como las de las ferias de Aguascalientes y Zacatecas.

He tenido el privilegio de colaborar en Al Toro México desde hace casi siete años, gracias a José Antonio Ramírez "El Capitán", quien me presentó a Juan Antonio de Labra en la ganadería de San Constantino y le recomendó leer mis escritos. 

De Juan Antonio de Labra he aprendido a no dejarme llevar por mis pasiones, a tratar de ser más equilibrado y justo, a intentar cultivar –a veces sin éxito– la areté de los antiguos griegos. Escribir todos los sábados me ha obligado a estudiar, esforzarme y profundizar en esta herencia cultural que, de muchas formas, da sentido a mi vida.

La búsqueda del justo medio también exige reconocer cuándo nuestras propias convicciones entran en conflicto. Por eso, al reiterar mi agradecimiento a Juan Antonio de Labra por su ejemplo y por la oportunidad de participar en este espacio, quiero pedirle su venia para hacer una pausa en mis colaboraciones semanales. 

La situación que atraviesa la Fiesta Brava en México me ha colocado ante un profundo dilema ético. Me pregunto si continuar escribiendo sobre toros, con el propósito de contribuir a la defensa de la tauromaquia, puede terminar legitimando prácticas que considero contrarias a sus fundamentos éticos. Necesito tiempo para reflexionar sobre ello. Por ahora, dejaré de publicar mi columna semanal.

Muchas gracias a todos los que me han leído y al equipo de Al Toro México, que ha aguantado mis excentricidades. Espero encontrarlos pronto en alguna plaza de toros. Hasta entonces, que Dios reparta suerte.


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