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Un capítulo del maestro Antonio Bienvenida

Lunes, 26 Oct 2026    Puebla, Pue.    Horacio Reiba | La Jornada de Oriente   
"...bastión del clasicismo más añejo en meritoria convivencia..."
Probablemente, nadie ha sido más torero de Madrid que Antonio Bienvenida. Nacido incidentalmente en Caracas (25-06-1922), Antonio Mejías Jiménez fue hijo de Manuel Mejías Rapela "Bienvenida", el legendario Papa Negro -como lo nombrara Don Modesto en una crónica memorable a finales del primer decenio del XX-.

Criado en Sevilla, miembro de una dinastía de buenos toreros, Antonio se mantuvo fiel al clasicismo más sobrio, impermeable a modas y tributario de la naturalidad en que la mano que guía la embestida procura mantenerse "a la altura de la faja", como los maestros antiguos prescribían. Dominador sin alardes de los tres tercios, de acuerdo con las enseñanzas del patriarca de la familia, nunca fue taquillero y sus temporadas difícilmente remontaban las 20 o 30 corridas, pero los buenos aficionados lo vieron siempre con agrado y la crítica le fue favorable -o si se quiere indulgente incluso en sus tardes más grises, que no fueron pocas. 

Bajo esas pautas, sin duda raras de ver, doctorado en Las Ventas por su hermano Pepe (09-04-42; toro "Cavileño", de Miura), pronto mudó su domicilio sevillano a la capital de España, donde la gente lo acogió como un vecino más. Y a la larga como torero de culto, tanto que cuando eventualmente lo dejaban fuera San Isidro, sus seguidores llenaban la placita de Vista Alegre para verlo solo con seis toros o acartelado con otros "olvidados" del tipo de Manolo Vázquez, Jaime Ostos o Gregorio Sánchez. 

Fue Antonio Bienvenida quien encabezó, en 1952, la lucha contra el "afeitado", iniciativa en la que la mayoría de sus "colegas", previsiblemente, lo dejaron solo. En esa época era presidente del Montepío de Toreros y la corrida anual a beneficio de esa institución –con un respetable encierro del Conde la Corte– a punto estuvo de tener que torearla en solitario, pero a última hora se unieron a su causa el mexicano Juan Silveti Reynoso y el sevillano Manuel Carmona, protagonistas los tres del único festejo en la historia de Las Ventas en que han sido desorejados los seis astados de un mismo encierro (12-10-52).

Como confirmación de lo mucho que en la Villa y Corte se le quería y se reconocía su condición de clásico, nadie se ha encerrado más veces con una corrida completa en la Monumental (media docena de ocasiones entre 1947 y 1966, sin contar otras dos en la carabanchelera Vista Alegre y numerosos manos a mano). La última, precisamente ésta del 16 de octubre de 1966, anunciada como su despedida de los ruedos, por más que pasado un tiempo volvería Antonio a calzarse el terno de luces (1971-74).

Desborde artístico y emocional

Vestido de verde manzana y oro, a las seis en punto de la tarde, Antonio partió plaza desmonterado bajo un caluroso y sostenido aplauso. Y tras la ovación agradecida desde los medios, se fue dando suelta a toros de Urquijo, Graciliano Pérez-Tabernero, Salvador Guardiola, El Pizarral de Casatejada, María Montalvo y uno más de El Pizarral. El más voluminoso pesó 491 kilos y el más ligero 462 (475 kilos de promedio). Antonio le cortó una oreja al de Graciliano y dos al de Montalvo. Y al final fue alzado en hombros y llevado así hasta su domicilio tras abrir una vez más la Puerta de Madrid. 

Los madrileños, que llenaron su plaza a tope, habían saboreado -se suponía que por última vez- el arte elegante y despacioso de su torero favorito, bastión del clasicismo más añejo en meritoria convivencia con el tremendismo de El Cordobés –a quien, por cierto, le había otorgado Antonio la alternativa (Córdoba, 25-05-63)– y la diversificada estética de los grandes toreros de los cinco lustros, abigarrados y cambiantes, que atravesó su carrera, de Manolete a Paco Camino.

Testimonios Antonio Díaz-Cañabate remontó la limitada cuesta del costumbrismo para dar paso a uno de sus textos más entrañables, digno del torero que se iba:

"La plaza está abarrotada. Suena el clarín. Antonio Bienvenida frente al sol de su tarde final. En los aplausos que le acogen tiembla la emoción. A mitad del paseíllo se descubre. Me invade la melancolía de las despedidas. Vamos a decir adiós a un torero de los que restan muy poquitos. A un torero de escuela. A un torero clásico. A un torero dotado con el inestimable don de la finura y del buen gusto, cualidades que le han acompañado en los inevitables altibajos de sus veinticinco años toreros (...) El sol está en el cielo (...) No permanece mucho en la plaza, tan solo los veinte minutos de la lidia del primer toro. Se precipitó en ausentarse. En la faena sólo pudo atisbar algunos pases con la derecha, destellos de esa finura, de ese buen gusto que esta tarde nos dicen adiós (...) Media estocada y descabello.

El sol se perdió el momento cumbre de la corrida. El bello tremolar de un rojo pañuelo. La muleta de Antonio Bienvenida, que trazaba los postreros resplandores de su arte. Unos pases naturales iniciados adelantando la pierna, ofreciendo el pecho. El definitivo gesto torero de Antonio Bienvenida. Los pases naturales decían: "Yo me voy, pero ahí queda el toreo. Esto es el toreo. La pierna adelante, nunca atrás. La pierna que embarca y el pecho que espera. La pausa en los movimientos. La armonía en la figura. La suavidad en el girar. La elegancia en el hacer". Este fue el adiós de Antonio Bienvenida. Una lección. Un hermoso ejemplo (...) La faena de los admirables naturales fue finalizada por dos pinchazos y una estocada, y a los admirables pases se les concedió la oreja.

Cabeceaba molesto el tercero y Antonio sólo pudo trastearlo (...) Variada fue la faena de muleta al soso cuarto (...) Con Antonio Bienvenida se nos va esa necesaria y apetecida variedad (...) Una estocada y un descabello (...) El sol se alejó para retornar. Antonio Bienvenida ya no volverá a vestirse de luces. Le quedan pocos minutos al brillo de los caireles y los alamares. Antonio los aprovecha. En el segundo toro toreó bellamente al natural. En este quinto se despide de los pases en redondo. Los ojos se prenden de ellos (...) ¡Adiós, lecciones de bien torear! Nos quedamos con los pretendidos tremendismos que sólo tienen de tremendas su vulgaridad y su fealdad. Los ojos se despiden tristemente de la belleza (...) Belleza que se pierde es difícilmente reemplazable. Por eso mis ojos se han humedecido en la despedida de Antonio Bienvenida, a quien el alguacilillo entrega las dos últimas orejas de su vida de torero. Ese toro quinto murió de un pinchazo y una estocada.

Al sexto lo banderilleó Antonio con tres pares y la música sonó en su honor. Brinda a su hermano Pepe. La faena es breve. Tres pinchazos y descabello. Pepe le desprende la castañeta. Había terminado la historia de un torero. Se lo llevaron en hombros (...) como aquella tarde de 1941, la de la faena al quinto novillo iniciada con un pase cambiado que valió para que Antonio Bienvenida entrara para siempre en el corazón de Madrid." (ABC, martes 18 de octubre de 1966).

Una dinastía marcada

El Papa Negro se empeñó en criar media docena de matadores de toros y casi lo logra salvo por la trágica muerte de Rafael, adolescente aún, por causas nunca reveladas. En efecto, a lo largo de la primera mitad del siglo fueron tomando la alternativa Manolo, Pepe, Antonio, Ángel Luis y Juan Bienvenida, y cada uno de ellos, a su manera, supo honrar el buen nombre de la saga familiar. 

Pero la vida tiene giros, vericuetos, paradojas inescrutables. Marcada por la prematura desaparición del pequeño Rafael, la dinastía Bienvenida se fue caracterizando a lo largo del tiempo por la muerte repentina de sus miembros más connotados. Manolo, que era figura importante al sobrevenir la guerra civil española, no llegó a ver el final de la terrible contienda, abatido por una repentina y extraña dolencia pulmonar en 1938. A Pepe la parca lo sorprendió en Lima, ya retirado y en el callejón de la plaza de Acho –infarto fulminante–, cuando acaba de clavar en un festival un par de banderillas, suerte en la que había sido todo un as (03-03-68). 

Y Antonio, que luego de despedirse según vimos iba a reaparecer en Madrid en la corrida de confirmación de alternativa de Curro Rivera (18-05-71), y aún tuvo arrestos suficientes para bordar algunas de sus mejores faenas –como la del Puerto de Santa María la tarde en que hizo matador de toros a José Luis Galloso (18-07-71)–, cuando los años le cobraron su cuota decidió irse discretamente de la profesión tras actuar en la Vista Alegre madrileña el día de la revelación celestial de Rafael de Paula con "Barbudo", de Bohórquez (05-10-74). 

Al año justo, la muerte lo sorprendería en la ganadería de Amelia Pérez-Tabernero, arrollado por la becerra "Conocida", a la que acaba de torear y que aparentemente debía estar ya fuera de la placita de tienta cuando, volviéndose, embistió a Antonio por la espalda provocándole lesiones en la columna vertebral y los centros nerviosos que a los pocos días acababan con su vida (07-10-75), dando lugar su sepelio a una de las manifestaciones de duelo más  sentidas y multitudinarias que recuerda la capital de España, su casa. 

Fallida explotación de una falacia

De la trágica voltereta de "Conocida", sorprendiendo descuidado y por la espalda a Antonio Bienvenida, se ha tejido, por lo menos en México, la falacia de que "hasta una becerra son pitoncitos incipientes puede dar muerte a un torero", pretexto ni siquiera disimulado para justificar el fraude del becerrismo y el afeitado que han ido dando al traste con lo que queda de fiesta brava en nuestro país. 

Viene al caso una anécdota de Rafael El Gallo –infatigable productor de frases repentinas cargadas de ironía– cuando alguien hizo referencia, precisamente, a que cualquier bovino puede coger y herir a un torero. "E verdá -reconoció el calvo-, pero siempre será mejó que te pille er carrito de lo helado y no er ferrocarrí". 


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