El pasado 20 de octubre falleció, a los 73 años, Jaime Oaxaca, periodista taurino y querido amigo. Su muerte me ha hecho recordar aquellas reuniones de la Asociación Taurina de Puebla A.C., durante los años ochenta, cuando los amigos de mi papá se juntaban cada semana a hablar de toros. Jaime era uno de ellos.
Con el tiempo se convirtió en un periodista de opiniones firmes, a veces mordaz y siempre dispuesto a defender sus convicciones, aunque le costara enemistades. Pero nunca dejó de ser aquel hombre sencillo, noble y generoso que conocí en los altos de Reforma en el centro histórico de Puebla, donde se realizaban aquellas tertulias taurinas.
Jaime era torista. Defendía la integridad del toro y la honradez de la Fiesta, y denunciaba cuanto consideraba contrario a esos principios. Sus críticas podían ser severas y, en ocasiones, se le pasaba la mano. Esa franqueza le ocasionó conflictos con empresarios que llegaron a impedirle el acceso a las plazas. Pero Jaime no estaba dispuesto a sacrificar su libertad de expresión para conservar privilegios.
Un buen crítico ayuda al aficionado a comprender y apreciar mejor lo que sucede en el ruedo. Para ello necesita conocimientos, sensibilidad y, sobre todo, independencia de criterio. Su compromiso es con aquello que juzga y con sus lectores, incluso cuando sus opiniones incomodan a quienes participan en la Fiesta. Jaime podía equivocarse en sus juicios, pero nunca confundió la crítica con la obligación de quedar bien.
En una Fiesta donde la coba suele encontrar terreno fértil, periodistas como Jaime son necesarios. La sinceridad no garantiza el acierto. Quien ejerce la crítica debe reconocer que también puede equivocarse y que una opinión honrada puede resultar injusta o desproporcionada. Yo no siempre compartía sus juicios y, en ocasiones, me parecían excesivos. Pero admiraba su conocimiento del toreo y, sobre todo, su valentía para decir lo que pensaba, sin calcular las consecuencias. Por eso respeté siempre su labor periodística.
Jaime era también un hombre culto, estudioso y trabajador. Atendía su imprenta en Puebla y dedicaba buena parte de su tiempo a reunir libros, consultar archivos y recuperar testimonios de la historia taurina. Entre sus trabajos más valiosos recuerdo los dedicados a "El Relicario", cuya construcción y vicisitudes documentó con esmero, y sus entrevistas y escritos sobre Rodolfo Rodríguez "El Pana", a quien siguió durante distintas etapas de su vida.
También participó durante muchos años en la organización del ciclo de conferencias "Los Toros Hablados", que tanto ha contribuido a difundir la cultura taurina en Puebla. Jaime sabía que la historia de la Fiesta se encuentra también en las viejas crónicas, las fotografías y los recuerdos de quienes la vivieron. Tuvo la paciencia de buscar esos testimonios y la generosidad de compartirlos con sus lectores.
Pero más allá del periodista y del estudioso, quiero recordar al amigo. Jaime mantuvo una estrecha amistad con mi papá, y yo siempre pude contar con él. Cuando me casé, imprimió las invitaciones de mi boda y me las ofreció como regalo. De niño había padecido poliomielitis, que le dejó secuelas para caminar. Se apoyaba en un bastón, pero eso no le impidió llevar una vida de trabajo y entrega a su afición. Detrás de aquel crítico que podía ser tan severo había un hombre de gran calidad humana.
Jaime quiso tanto a la Fiesta que nunca dejó de señalar aquello que consideraba sus defectos. Su independencia le ganó conflictos, pero también el respeto de quienes sabíamos reconocer la honradez de sus convicciones, aun cuando discrepáramos de sus juicios. La tauromaquia pierde una voz necesaria. Yo echaré de menos al amigo que conocí en aquellas tertulias de Puebla.