La auténtica maestría desplegada por Diego Urdiales ante los dos toros de su lote, a los que sacó más de lo aparentemente ofrecían, sobresalió hoy en la plaza de Las Ventas, sobre la que se desató, al comenzar la corrida, un fortísimo aguacero que obligó a detener media hora el segundo festejo de la feria de Otoño.
El diluvio se desató justo cuando el torero riojano estaba cuajando con la mano izquierda al primero de la tarde, un ejemplar de Alcurrucén noble pero de escaso celo, al que previamente había ido metiendo en el engaño con una paciente suavidad.
Fue así como Urdiales logró que el astado tomara con más entrega esa soberbia tanda de naturales, guiada por el temple de sus muñecas y de su cintura, que puso en pie a los tendidos antes de que, de repente, el súbito torrente de lluvia obligara a desalojarlos. Pero ni así dejó de escucharse, tras nuevos pases de calidad y un pinchazo, una sonora ovación para el veterano diestro.
Con el ruedo inundado, toreros y autoridad decidieron, aun así, continuar la lidia una vez que escampara, lo que sucedió media hora después y al tiempo de que el ruedo se fue secando por completo gracias al efectivo drenaje con el que cuenta la primera plaza del mundo.
De tal forma, pudo Urdiales lidiar, ya sin problemas añadidos, al cuarto, otro cinqueño no tan fino de hechuras como el primero y que fue renuente a la embestida en los primeros tercios. Pero de nuevo volvió a aparecer la extensa solvencia del de Arnedo para obtener más de lo que parecía ofrecer el de Alcurrucén.
Con reposo y pasmosa facilidad, sin ningún tipo de alardes ni de guiños al tendido, el maestro fue consintiendo al animal, esperando hasta el último momento del embroque a que tomara el engaño para, así, irle alargando cada una de esas medias y renuentes arrancadas, a la vez que las añadía más intensidad acompañando el trazo con el pecho.
Apurado al máximo el toro en ese meritorio despliegue, el único lunar llegó, extrañamente, con la espada, por lo que el riojano sólo escuchó una nueva ovación de reconocimiento en una tarde en que su despliegue de maestría y sus constantes y hondas intervenciones con el capote a la verónica se quedaron sin un premio más que merecido.
La seria corrida de Alcurrucén, aun manejable, no regaló sus mejores embestidas, sino que exigió de los toreros una precisión en la colocación y en el trazo que no siempre los astados, salvo en el caso de Urdiales, llegaron a encontrar, como sucedió ya con el segundo, primero de los de Fortes.
El malagueño, una vez reanudado el festejo y con luz artificial, se encontró así con uno de los toros de mejor entrega y fijeza de la corrida, solo que, muy encimado siempre en los cites, no acertó a dar a sus muletazos, entre muchos enganchones, la limpieza y la fluidez que el toro necesitaba a lo largo de una faena espesa de ideas y de resultados.
Pero menos opciones tuvo ya el quinto, un zambombo de sobrado volumen que pronto comenzó a defenderse a cabezazos ante los intentos de Fortes, obstinado en aplicar las mimas pautas y sin encontrar eco alguno en los tendidos.
Por su parte, Christian Parejo, que sustituía al lesionado Mario Navas, tampoco acertó a llevar con el pulso necesario a un tercer toro de gran clase pero medidas fuerzas, que, sin sacar malas intenciones, ya le volteó en un fallo técnico durante el trasteo de muleta, como luego volvió a hacerlo, ahora más aparatosamente, cuando le prendió al volcarse en la estocada.
Ya con frío y a tarde vencida, el joven gaditano no pudo sacar nada en claro, pese a su insistencia, de otro mostrencón que pronto vacío el escaso fondo que tenía bajo sus excesivas carnes.