La corrida final de feria de La Merced 2008 la inmortalizaron un torero de Galapagar y un toro de Núñez del Cuvillo. El torero, José Tomás, alcanzó en su faena al quinto de la tarde un éxtasis sostenido que hubiera sido imposible sin la colaboración de "Idílico", colorado de pinta e infatigable de bravura y nobleza; obra tan excepcional la que de consuno crearon que acaso haya sido la más lograda para el arte de cuantas viera durante casi un siglo de vida el estilizado y perdido coso catalán. Una faena digna del último torero de Barcelona, la plaza por antonomasia de José Tomás, más incluso que la de Madrid, aunque las estadísticas de sus triunfos sean insuperables en ambas.
Podía Tomás no haber cortado en la capital de Cataluña más apéndices que nadie en los últimos cuarenta años y la sola lidia de "Idílico" lo habría hecho pasar a la historia de la antigua plaza del Sport, el nombre inicial de la Monumental, inaugurada en 1916 por Joselito El Gallo y ampliada pocos años después. El cartel del 21 de septiembre de 2008 lo completaban Luis Francisco Esplá y Serafín Marín, y el encierro de Álvaro Núñez no iba a desmentir con su juego el arrogante trapío y las hermosas y bien acabadas hechuras. Como siempre que el nombre del diestro de Galapagar aparecía en el programa, el lleno pudo darse por descontado.
Esplá y Marín
Luis Francisco Esplá, primer espada, derrochó su comedimiento habitual en los tres tercios como el consumado lidiador que era. Ovacionado con fuerza a la muerte del abreplaza, se encontró con un segundo adversario completamente agotado tras el lucido segundo tercio. En realidad, fue en banderillas donde el maestro alicantino lució de verdad. En lo demás mantuvo su tono profesoral sin destacar mayormente.
Y antes de abordar el tema de los prodigios que brotaran del capote y la muleta de José Tomás durante la lidia del quinto de la tarde, apresurémonos a encomiar el torerismo y arrojo del catalán Serafín Marín para resistir el anticlímax resultante, arrimarse como un león al cierraplaza y encontrarle además la cadencia y el temple al buen toro de Cuvillo hasta conseguir cortarle la oreja. Con su primero, en cambio, dio la impresión de no estar a la altura, pues su faena transcurrió entre altibajos ante un burel francamente asequible.
José Tomás e "Idílico"
Ya había cobrado el de Galapagar un apéndice auricular del segundo del encierro luego de una de sus acostumbradas demostraciones de sutil maestría, apoyada en el valor y rebosante de estética, cuando dejó el toril el más pesado del encierro, un toro colorado de 550 kilos marcado con el número 120. Desde su salida no hizo sino buscar los engaños en viajes de recta trayectoria y fija humillación que ligaba sin descanso en pos del objetivo. De salida, Tomás lo veroniqueó con suavidad, y una vez comprobado el delicioso pitón derecho de "Idílico", por ese lado, girando, ligó suavemente el mismo lance fundamental tras el primero de los dos puyazos que tomó, empujando bien abajo del peto y sin tirar una cornada.
Lo de un pitón bueno y el otro no tanto no significa que el cuvillo dejara de repetir alegremente y sin distinción por ambos, era solo que por el izquierdo tendía a levantar la cara y puntear la tela en el momento final del pase. De ahí que la extraordinaria faena solo incluyera dos series de naturales en mitad de una auténtica orgía de tandas derechistas, de siete u ocho pases ligados cada una y con apenas el giro indispensable para engarzar un muletazo al siguiente, todas con una cadencia, un temple y un arrobo que fueron llevando al público a un estado de delirio pocas veces visto, inenarrable crescendo que solamente se rompió cuando las voces de ¡In-dul-to! ¡In-dul-to! convencieron al presidente de que no le quedaba otro camino que mostrar el pañuelo azul que le perdonaba la vida a "Idílico" y certificaba la excepcionalidad de la gesta que la Monumental de Barcelona estaba gozando como envuelta en un sueño.
¿Obra perfecta? Obra grandiosa, saboreada a profundidad por un hombre absorto en su arte y un público enloquecido, y humanizada por algún enganchón sobre el pitón izquierdo –atribuible más defecto de la embestida que a falta de temple en el torero– y un desarme final, por exceso de abandono al dibujar un deslizado cambio de mano de derecha a izquierda, que terminó en desplante en la misma cara y no llegó a romper el embrujo de la inolvidable faena.
Devuelto "Idílico" al corral, se cortaron en el destazadero las orejas y el rabo de otro toro para que José Tomás los alzara en triunfo. Y al concluir la histórica corrida, el de Galapagar y el mayoral de Núñez del Cuvillo fueron levantados en hombros y paseados por el ruedo, primero, y por las calles de la ciudad condal a continuación. Un hecho inusual en la Barcelona del siglo XXI y un rayo de esperanza para la tauromaquia catalana que desdichadamente no prendería en el ánimo de la gente común. Tampoco en la rabia taurofóbica de quienes, un par de años después, iban a votar, con democrática y ciega convicción, por abolir las corridas de toros en la capital catalana.
Dos crónicas de Paco March
La Vanguardia, que efectivamente lo fue para darle impulso a la corriente abolicionista, no pudo evitar llevar a su portada la noticia del suceso de aquel domingo de septiembre en la Monumental. La nota, más bien breve, llevaba la firma de Paco March y a ella pertenecen las siguientes líneas:
"El toreo en la cumbre y José Tomás, el torero republicano, en el trono. La plaza entera fue un clamor pidiendo el indulto de un cuvillo bravo, noble y repetidor que hizo honor a su nombre de "Idílico". A toriles se lo llevó dando muletazos el que debía ser su matador y la gente lloraba y se abrazaba en los tendidos. Era el triunfo de la Fiesta de los toros bravos y toreros con arte y valor, unos seres especiales, héroes de un tiempo de mercachifles. Porque con el genio de Galapagar torearon Esplá y Serafín Marín y lo hicieron de la mejor de las maneras posibles, acordes con lo que sus respectivos lotes ofrecieron. Esplá torerísimo, variado con el capote, magistral en banderillas y con sabor muleta en mano, y Marín crecido con el que cerró plaza y temporada, al que llevó con temple y ligazón hasta conseguir una meritoria oreja.
Pero, claro, todo eso, aun no siendo poco, quedó relegado ante la orgía de toreo brindada por José Tomás, que en su primero fue fiel a su tauromaquia de quietud, ajuste y temple. Y lo del quinto, el acabose. Pocas veces, acaso nunca, este humilde plumilla vio torear mejor, más puro, más quieto, más ajustado, más, más, más...
Poseído por las musas del toreo, por todas partes se pasó al toro (…) En las verónicas de suerte cargada, en los naturales y redondos de largura infinita y remate atrás, en los trincherazos como un relámpago y los cambios de mano angélicos. Se acaba el espacio para contarlo, pero queda la memoria" (La Vanguardia, 22 de septiembre de 2008)
Y como corresponsal del semanario 6 Toros 6, el mismo cronista pudo explayarse con más holgura al referir el portento vivido:
"La tarde más bella. Un toro de Núñez del Cuvillo bravo y noble que hizo honor a su nombre y un torero de dimensión sobrenatural (…) Es muy difícil escribir y explicar el prodigio: las verónicas de suerte cargada y capote mecido, las chicuelinas de mano baja, enroscándose el toro a la cintura, y la sinfonía del toreo de muleta, donde los pases de todo tipo se sucedieron para asombro y emoción del gentío. Hubo quien soltaba gruesos lagrimones, otros se abrazaban y todos coincidían en un grito que resonó más fuerte y auténtico que nunca ¡TORERO! ¡TORERO!
Los toros con trapío (suficiente) y casta, y los toreros (aquí van incluidos Esplá y Serafín Marín) con oficio y valientes. Así es la Fiesta, así fue siempre y por eso será, como lo fue este domingo (…) un espectáculo grandioso y único que arrebata a quien sabe verlo.
Grande José Tomás en su primero y grandioso en el quinto. Ajustado a los tiempos del cite sin ventajas, parando en el embroque, parando en los largos muletazos, mandando en el semicírculo del viaje, vaciando detrás de la cadera para ligar el siguiente muletazo. El no va más. El tiempo quedaba en suspenso en la cadencia del pase, los redondos eran pinceladas de arte, los naturales eternos de largura y temple, los ayudados y cambios de mano no eran muletazos sino estampas de la tauromaquia más pura (…) Clasicismo y belleza, y un valor sin el cual todo esto sería imposible. En la era de la inmediatez, José Tomás paró el tiempo.
Cuando entre clamores el público, en pie, pidiendo el indulto y en pleno alboroto ligó tres sobrenaturales, a miles de aficionados se les pusieron los vellos de punta, y cuando ya el pañuelo naranja asomaba en el balconcillo presidencial se llevó al noble animal al chiquero de la gloria, bajo los pies y en los corazones se produjo un movimiento sísmico que puso a temblar los cimientos de la monumental.
Tuvo el mérito Serafín Marín de enfrentarse al que cerraba plaza y la temporada sin que el tsunami lo arrastrara, y se llevó un trofeo por una faena que tuvo buen pulso y composición, mejorando las intermitencias de su primera labor (...) Esplá dejó patente en la primera y ajustada faena su rico repertorio, así como en los soberbios segundos tercios de los dos de su lote, de los cuales el segundo se paró y no le dio opciones." (6 Toros 6, 23 de septiembre de 2008)
Hay en estas palabras un hálito especial que no suele darse en las crónicas al uso, donde los elogios en cascada generalmente suenan exagerados, fruto más del hábito de alabar y halagar que de vívida exaltación de lo real maravilloso. Eso que sin duda tuvo la faena de José Tomás a "Idílico", de Núñez del Cuvillo, el 21 de septiembre de 2008 en la Monumental de Barcelona, escenario de tantas gestas y tragedias a lo largo de su fecunda historia.