La dinastía de los Martín Vázquez, del barrio sevillano de La Macarena, tuvo por fundador a Francisco Martín Gómez (1882-1946), un diestro no demasiado brillante pero estoqueador notable, en honesta correspondencia a su formación decimonónica; esta circunstancia que quedarán fatalmente atrapadas entre la revolución belmontina y la sabiduría casi infinita de Joselito El Gallo, sumadas a la elegancia sin par de Gaona.
Pero el señó Curro tuvo tres hijos toreros –Rafael , Manuel y José Martín Vázquez Bazán–, surgidos en la posguerra dominada por Manolete, entre los cuales iba a descollar marcadamente el pequeño Pepín. Hasta que un malhadado conchaysierra se cruzó por su camino y frenó bruscamente su ascenso al estrellato.
Lo peor es que aquella cornada dejó en la cuneta de la historia a un auténtico gran torero. Porque Pepín Martín Vázquez fue un clásico moderno adelantado a su época, en esa línea de hondura sobria y flexible que retomaría Paco Camino: más grácil que solemne y de estética tan refinada como inconfundiblemente personal que, a pura naturalidad y armonía, sin estridencias de pandereta, emanaba un aroma inequívocamente sevillano. Pero además, Pepín poseyó cuanto valor hace falta para dejarse rozar por los astas de aquellos toros de la década del 40 –ligeros en comparación con los actuales pero mucho más móviles y encastados–, en una época en la que, salvo por Arruza, no era el ajuste, la reunión milimétrica con el toro, un dato a destacar ni siquiera en el caso del Monstruo de Córdoba, sin duda el que más quieto se quedaba y menos enmendaba el terreno entre pase y pase, en lo que tampoco desmereció al hijo menor del viejo Curro Martín "Vázquez".
Pepín no sólo fue el más descollante de su dinastía, para cualquier observador atento estaba llamado a convertirse en la figura dominante una vez que Manuel Rodríguez dejara la profesión –algo que todo el mundo sabía ya próximo sin sospechar la inminencia de "Islero" y Linares–. Así acababa de proclamarlo la crítica a raíz de la reciente corrida de Beneficencia (16-07-47), en la que Manolete, en plan heroico, sufrió la penúltima cornada de su vida, y Martín Vázquez abrió la puerta de Madrid con una cosecha de tres orejas y dejando con su fuerza expresiva y taurina una marca indeleble sobre el lienzo de Las Ventas. Circunstancia que hace más dolorosa la historia del cartel que hoy nos ocupa.
Valdepeñas, 8 de agosto de 1947
Con veinte años recién cumplidos (Sevilla, 06-08-27), Pepín Martín Vázquez partió plaza flanqueada por Francisco Martín "Curro" Caro y Manuel Rodríguez "Manolete", para despachar un encierro de Concha y Sierra. Era la típica corrida animadamente pueblerina, de esas que le sirven al torero para sumar una más a su temporada dentro del mes más caluroso del año, abundante en festejos tradicionales con mucho color local, públicos amables y escasa atención de la prensa nacional, cuyos cronistas prefieren recalar en las ferias más sonadas del calendario.
Los toros
El encierro dio en canal un promedio de 277 kilos (unos 460 kilos por pie), luego no era una corrida chica para los usos de la época. El segundo, para Manolete , fue el más ligero (260 kilos en canal, unos 430 en pie), y el sexto, que hirió a Pepín , el más pesado del encierro (301 en canal, algo así como media tonelada). No dieron buen juego con excepción del segundo de la tarde.
La corrida
La plaza, un coso pequeño, estaba completamente llena en el tórrido verano manchego. La ganadería de Concha y Sierra, caracterizada por el temperamento de sus astados, quizás no pasará por su mejor momento; el caso es que los toros no colaboraron al lucimiento del festejo.
El ya veterano Curro Caro estuvo bien con el abreplaza, que difícilmente poco, dividió pareceres tras la muerte del cuarto y abrevió el trámite de dar cuenta del sexto luego de la cornada de Pepín, cumpliendo con su obligación de primer espada.
Manolete se encontró con el solitario burel aprovechable del hato y lo bordó íntegramente, proporcionándoles a los entusiastas espectadores el único solaz que tuvieron en la trágica corrida. Cuando, tras una faena redonda, bien rematada con la espada, le fueron entregados los máximos trofeos, rechazó el rabo y dio la vuelta al ruedo con las dos orejas del animal. No se confió en cambio con el incierto quinto y optó por despacharlo rápidamente, entre opiniones encontradas.
Pepín Martín Vázquez, más artista y maduro que nunca, sacó un partido insospecchado del remiso y avisado tercero, a cuya muerte fue ovacionado. Venía siendo la figura más rutilante del año, enrachado y con un sitio y un celo tremendos, y tomó su lugar en el burladero de matadores en espera del cierraplaza espoleado por el éxito de Manolete y el deseo de enmendar el signo adverso de la tarde. Ese sexto de Concha y Sierra era un negro zaino algo brocho de cornamenta –"De los toros brochos líbranos Señor", solía decir El Calesero, hablando desde su propia experiencia–; Además, acusó cierta cojera en la mano izquierda que a veces lo hacía acostarse de ese lado al apoyarla.
Me remito al relato de su lidia, tal como el diario ABC lo publicó:
"Sexto. Cojea de la pata izquierda. Pepín lo recoge con la capa y le da tres verónicas que se jalean. Al quitar por chicuelinas recibe una gran ovación. Pepín comienza la faena con dos soberbios estatuarios poniendo al público de pie. Sigue por naturales y al dar el segundo es volteado, resultando herido. En brazos de las asistencias pasa a la enfermería, donde el doctor Izarra procede seguidamente a operarle. Curro Caro despacha al bicho de dos medias estocadas." (ABC, 9 de agosto de 1947).
¿Hablan de la misma herida?
Este es la parte donde el médico de turno en Valdepeñas da cuenta de las lesiones que presentaba el macareno: "Durante la lidia del sexto toro ha ingresado en la enfermería de la plaza el matador de toros Pepín Martín Vázquez, que sufre herida producida por cuerno de toro en el tercio medio del muslo izquierdo, cara antero interna, con gran dislaceración muscular, contusión intensa del paquete vascular nervioso en un trayecto de diez centímetros y fuerte hemorragia. Pronóstico, muy grave. Firmado, Doctor Izarra ." (ibídem).
Lacónico el informe y sin duda precarias las condiciones de aquella enfermería, por no hablar de la carencia en el pueblo de una ambulancia apropiada, por lo que Manolete tuvo que facilitar su propio automóvil –el famoso Buick azul que había adquirido a su paso por Nueva York de regreso de su última campaña mexicana– para que el herido pudiera ser trasladado a Madrid, donde se pondría en manos del doctor Luis Jiménez Guinea , el médico titular de Las Ventas, que lo intervino de esa nueva noche –más de tres horas duras el viaje, en el curso del cual cruzó velozmente por Manzanares, otra población manchega de macabras resonancias lorquianas–; concluida esa segunda cirugía, emitida la siguiente parte facultativa:
"En la noche de hoy ha ingresado en este sanatorio el matador de toros Pepín Martín Vázquez, lesionado en la corrida celebrada esta tarde en Valdepeñas (Ciudad Real), sufriendo una herida por asta de toros situada en el tercio medio de la cara anterointerna del muslo izquierdo. Interesa piel, tejido celular y aponeurosis, con una trayectoria dirigida hacia arriba, hacia afuera y hacia atrás de unos 25 centímetros que, produciendo grandes destrozos en los músculos abductores, desgarra la vaina de los vasos femorales contundiendo fuertemente la arteria y la vena en una extensión aproximada de ocho centímetros, terminando al nivel de la línea áspera del fémur. Pronóstico, muy grave. (ibídem).
Entrevista
A los pocos días, Pepín recibió en su lecho del Sanatorio de Toreros a un reportero de El Ruedo, el cual referiría que "Nos tiende la mano con algo de dificultad (…) porque tiene el brazo acribillado a pinchazos (…) Está pálido, pero se muestra animado y optimista (…) “Lo he pasado muy mal. Pero lo de la cornada parece que ya no ofrece peligro (…) Más que la herida misma me duele la parte inferior de la pierna, de la rodilla hasta el pie (…)" –¿Ha sido esta su primera cogida?– "No, sufrí otra en el vientre. Pero de menor gravedad que ésta" (…) –Ahora temerá más a los toros, ¿no?—"Siempre les he temido bastante. Así que les temeré lo mismo (…) he sentido respeto hasta por las becerritas pequeñas" (...) –Le preguntamos detalles sobre la impresión sufrida al ser cogido por el toro –"No, no me asusté. Creo que me salvó en parte no perder la serenidad. Pensaba que no tenía importancia aquello. Al ver que me salía mucha sangre de la herida la oprimí con las manos para contener la hemorragia y así me fui hasta la enfermería" (...) –¿Le perjudica a usted mucha la cogida, profesionalmente?– "Por causa de ella pierdo veintiún corridas que aún tenía que torear esta temporada; pero bueno… ya surgirán nuevos contratos" –Al decirlo, su voz denota algo de tristeza… ¿Empezará usted enseguida a torear?–“¡Ya lo creo! En cuanto esté restablecido (…) Mi mayor deseo es estar pronto bien para seguir como hasta ahora, arrimándome a los toros (…)" (El Ruedo, 14 de agosto de 1947. Nota firmada con las iniciales PY) .
La decadencia
Quizás por causa de la precaria atención médica recibida en Valdepeñas y las dificultades del traslado, la convalecencia de Pepín Martín Vázquez se prolongó hasta bien entrado el siguiente año. Y cuando al fin pudo reaparecer (Barcelona, 12-05-48), el extraordinario torero que tan firmemente apuntaba a ser había desaparecido.
Continuó algunos años más, toreando poco y dando más tumbos de la cuenta. Su presencia más notable sería como protagonista de la primera versión fílmica de la novela de Pérez Lugín "Currito de la Cruz" (1948), y ahí, unas cuantas escenas taurinas en blanco y negro dan fe de su clase formidable toreando tanto en Madrid como en El Toreo de México, donde participó en un puñado de corridas durante el invierno de 1945-46 y llegó a cortar un rabo en disputa cerrada por la Rosa de Oro con nadie menos que Fermín Espinosa "Armillita", en la corrida anual a beneficio de la Unión de Matadores (13-02-46).
José Martín Vázquez Bazán, completamente alejado del ambiente taurino, dejó de existir en su Sevilla natal el 27 de febrero de 2011. Los toros de Concha y Sierra –de la línea vazqueña, distinta y más áspera que la predominante de Vistahermosa–, han causado en la historia la muerte de seis toreros. A la chita callando y sin una leyenda negra, como la de Miura, detrás.