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Viñeta: Aquellos años sesenta (XXIV)

Martes, 04 Ago 2026    Cali, Col.    Jorge Arturo Díaz Reyes | Cronicatoro   
...Nestor Luján era catalán, de Mataró, vivió en Barcelona...
Confrontar con otros testigos el recuerdo, siempre parcial y subjetivo, generalmente conduce a una suma de subjetividades parciales. A un collage de retazos perceptivos. No existen copias exactas de la realidad. Una del mundo tendría el tamaño del mundo. Una de diez años lejanos duraría diez años. Borges bromeó con esa paradoja: "Y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él".
 
Imagino que si los historiadores hubiesen alcanzado esa plenitud, tampoco habrían encontrado suficientes milenios en los cuales acomodar su relato. Imposible reconstruir el pasado tal como fue. Y sigue siendo así, aunque busquemos apuntalar nuestra pobre memoria con otras más autorizadas por la conveniencia, el consenso y la tradición. Eso es lo que hay; aproximaciones, mitos, leyendas, literaturas, historias, pedazos a escala…
 
En 1967, plena década de "Aquellos años...", Néstor Luján justificó la segunda edición de su ya clásica "Historia del toreo", que reconoció tributaria de la enorme y a la vez sintética enciclopedia de Cossío, con el agregado de un último capítulo que arranca desde 1954, fecha de la primera edición. Es el VII de la segunda parte, y lo titula: "El público de toros deja de ser ibérico (Los tendidos babélicos)".
 
Fenómeno cierto, que se dio en las plazas españolas (y no españolas), atribuido a coincidencias culturales, políticas y sociológicas también aquí ya recordadas. Y al que el autor culpa de las desgracias de la fiesta, y, posteriormente, de su propia renuncia: "El espectáculo taurino ha quedado reducido a una manifestación folclórica de cara a un público extraño". Y clama: "… la fiesta de los toros siempre había sido del gusto de una minoría muy concreta". Tenía 45 años cuando lo publicó. Era un gran lector, erudito, bibliófilo, cronista, escritor gustoso, y por esos días lo que se dice un aficionado terminal. Después no volvió a ir a los toros ni a escribir sobre ellos.
 
Su libro de 440 páginas, en formato mayor, despacha a Paco Camino, entonces en la cumbre, y a Diego Puerta, con poco más de una línea para cada uno. En la de éste afirma: "Le llaman Diego Valor, de una tenacidad en el éxito encomiable, que le hace un torero aplicado y brillante". Del primero dice: "El sevillano Paco Camino, torero evidentemente artista, aunque contra opinando con la mayoría de los aficionados, nunca nos acabó de gustar".
 
A El Viti, con un poco más de prolijidad, lo aprueba con honores: "Torero completo, ponderoso, firme, de un arte serio y reposado, dominador y austero… Lo más notable de su personalidad y esto le diferencia de todos es que es un magnífico estoqueador a la antigua usanza… el mejor matador desde Manolete y supera a este en seguridad y le iguala en estilo".
 
A El Cordobés, por inevitable quizás, dedica escrupulosos párrafos enteros. Le llama: "Fenómeno publicitario…, uno de los componentes de su éxito. El otro es sin duda alguna su personalidad… valeroso, afectado, impasible, no se le puede negar un valor, unas maneras de estar en la plaza peculiar y atractivo. Pero no es el torero que pueda agradar a los aficionados ni a los críticos... arrastra sin duda alguna al público sugestionado… torea cuanto quiere y a precios fabulosos".
 
A cambio, y sobre todos los que reseña en este aparte, se detiene rendidamente en Antonio Ordóñez, de quien sin embargo señala su declive a partir de 1961:
 
"La calidad de su toreo, raramente habrá sido superada ni aún por la depuradísima generación de los Gitanillo de Triana, Los Cagancho y los Victoriano de la Serna, o, más hacia nosotros de los Manolete y Pepe Luis. Con la capa, Antonio Ordóñez anula los mejores… Con la muleta…, posiblemente con Manolete y Silverio Pérez, el que ha poseído más emocionado temple… En la difícil facilidad su toreo ha aunado las virtudes antiguas con el espíritu moderno… Con la espada, displicente y desaprensivo suele matar muy mal… Ya en las temporadas 1960 y 1961, sin enemigo apreciable, rebajó y ha congelado sus faenas reduciéndolas a un puro trámite ante un torito inerme…"
 
Así quedan la época, el toreo, los ídolos y el público de entonces. 

Nestor Luján era catalán, de Mataró, vivió en Barcelona, ciudad que llegó a tener tres plazas funcionando. Allí principalmente vio las corridas que fueron material de sus crónicas e historias. Nadie, ni aun en esta época del internet inteligente puede tener una visión universal. Pero el criterio, el estilo de su temporal afición, la elegante claridad de su prosa y el placer que depara su lectura, han convertido en excepcional la subjetividad del docto, caballeroso y jovial gourmet y bon vivant.
 
Excepcional, no infalible, no indiscutible. Por ejemplo, mis juveniles recuerdos (directos) coinciden mucho con su semblanza de Ordóñez, El Viti, y aún con la de Puerta pese a su displicente laconismo. Más no con su disgusto por Camino, con la descalificación del Cordobés, ni en particular con su rechazo a la que fue herencia mayor de la época: la internacionalización de la Fiesta. A la que sube a la picota en su capítulo final, "los públicos babélicos". Misma que alude por contra el también coetáneo poeta Gerardo Diego (1966):
 
"El Cordobés"
es el toreo en inglés,
en danés
y en pequinés
y en volapuk y sin mover los pies.
¿Si no te quitas tú te quita el toro?
A "El Cordobés" el toro no le quita.
"El Cordobés" imita la mezquita…
 
¿Cómo compartir la negación a esa nueva generación feligresa que llenó los sesenta en todo el mundo? ¿Cómo aceptar la segregación, si para los que hicimos parte de ella, ahora, evocada desde la vejez, representa la infancia y la edad de la razón de nuestra afición?
 
El reclamo de origen, de blasón, de pureza de sangre en los tendidos, con los cuales dicho sea de paso la fiesta ya no existiría, invita para bien y para mal el sarcasmo de Borges en 1943: "Los españoles que (épicamente) se proclaman nietos de los conquistadores de América, están equivocados: los nietos somos los hispanoamericanos, nosotros; ellos son los sobrinos".


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