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Curro Cumbre y la tragedia de Fabián Ruiz

Lunes, 27 Jul 2026    Puebla, Pue.    Horacio Reiba | La Jornada de Oriente   
En la histórica presentación de Rivera en la Monumental de Las Playas
Corría el año 1969. Tijuana, frontera brava, frontera caliente. Giros negros, apuestas libres, disipación bilingüe. Y toros, corridas de toros todos los domingos de primavera y verano, con buenos carteles y dos plazas funcionando a un tiempo. Y gringos, muchos gringos que cruzaban la línea cada fin de semana con su boleto de entrada en el bolsillo. 

¿Plaza fácil, público ingenuo? Sí y no. Dependiendo de si se anunciaba a El Cordobés o a Calesero. ¿Toritos a modo? También según cuándo y quién. Porque muchos estadounidenses llegaron a constituirse en peñas de aficionados que al final de cada temporada se reunían en cónclave para designar y premiar a los triunfadores del año. Para lo cual se requiere algo más que apego al tequila y al revuelo blanco de las peticiones de oreja.

En cuanto al ganado, el interminable reguero de sangre torera que fueron las décadas del 60 y el 70 del siglo pasado da cuenta de la clase de toros que se lidiaban en Tijuana. Sobre todo en Las Playas, la plaza que mandó erigir el mayor López Hurtado de puro buen aficionado que era. Y que como taurino de cepa optó siempre por divisas que garantizaran astados con todo lo que hay que tener. No es de extrañar, entonces que hubiera tantas cornadas en su plaza –también en la otra, El Toreo, no se crean ustedes–. Cornadas leves o graves, y varias de ésas cuyo parte facultativo termina con la frase "heridas que ponen en peligro la vida". 

Así fueron las de Rodolfo Palafox (27-05-62: penetrante de vientre con exteriorización del paquete intestinal), Víctor Huerta (05-05-63, por un toro de Xajay), Jaime Bravo y el peón Filiberto Rivera "Pinochito" –gravísimas ambas y en una misma corrida (28-07-68; Peñuelas)– o El Chaval de Orizaba, hombre de todas las confianzas de Eloy Cavazos al que un torazo de Begoña le perforó el recto y lo retiró del toreo (01-07-73). La lista se extiende a matadores españoles a los que los dólares atraían en plena temporada europea y cuyos fugaces viajes a la frontera mexicana por poco terminan en tragedia, casos de Antonio Ordóñez (29-04-62; José Julián Llaguno), y Marcelino Librero (23-07-72; Rancho Seco). Asimismo, hubo mexicanos que interrumpieron su campaña española por venir un fin de semana y por poco no lo cuentan, le pasó a Alfredo Leal (15–07–62: Coaxamaluca) y, sobre todo, a Toño Lomelín, víctima de una terrible cornada en el hígado (01-08-71: Mimiahuapam).

Y no faltaron situaciones tan particulares como la de Andrés Blando, que siendo un diestro más bien sobrio tuvo buen cartel en la frontera y en Tijuana anunció su despedida; ya sin el añadido, que le desprendió su hijo Jorge, y después de pasear el rabo del último toro que mató, recibiría, en el tercio de varas del sexto, la única herida grave de su larga trayectoria (12-09-65; Peñuelas). 

Pero quizás la peor de esas y otras cornadas en ruedos tijuanenses –excluida la que le causó la muerte al modesto banderillero Francisco Madrigal "Chinanas" (28-08-78; Riaño)– fue la que un toro de Reyes Huerta le infligió al joven espada de Aguascalientes Fabián Ruiz la tarde de julio del 69 objeto del presente relato. Fue en la Monumental de Las Playas, alternando con Eloy Cavazos y Curro Rivera, que ya apuntaban hacia el estrellato pero estaban aún demasiado nuevos para poder considerarse figuras consolidadas. Veamos cómo fue la cosa.

27 de julio de 1969

Combinación joven y gran afluencia de público, atraída la mayor parte por la presentación fronteriza de Curro Rivera, nueva sensación de la tauromaquia nacional en su primera campaña como matador. Porque Eloy Cavazos, el "veterano" del cartel con cerca de tres años de alternativa, tenía ya jalón aunque aún pugnaba por colocarse bien arriba; Eloy fue testigo del doctorado del segundo espada, el aguascalentense Fabián Ruiz, otorgado por Jaime Bravo, uno de los consentidos de la afición bajacaliforniana (07-07-68). Se hablaba de un encierro de Reyes Huerta más voluminoso de lo que esa vacada acostumbraba lidiar. Pero así se las gastaba el mayor López Hurtado, empresario nada partidario del becerrismo que ya cundía en buena parte del país. Por las dudas, un castaño de Valparaíso y un buen mozo de Las Huertas reforzaron la corrida tlaxcalteca.

Tarde triunfal

Para abrir boca, Eloy, paladín de una tauromaquia enjundiosa y alegre, hizo sonar la música en el bicho que abría plaza y le cortó la oreja. Fabián Ruiz, de no mayor estatura que Cavazos, era el menos placeado de los alternantes pero contaba ya con triunfos frecuentes y el favor del público de Tijuana; no extrañó que se arrimara como un jabato al primero que le soltaron, y si no paseó algún trofeo a su muerte fue por haberlo pinchado.

Vamos con el tercero y con Curro Rivera, a quien Tijuana esperaba con ansiedad. Que nos lo cuente el corresponsal del diario Ovaciones Francisco Bobadilla: "Cómo nos ha dado gusto ver a este joven, que tiene ya todo el empaque y prestancia de un matador de categoría. A su primer toro, Currito lo lanceó a la verónica entre cerradas ovaciones, que se prolongaron al quitar por saltilleras (…) Y en un palmo de terreno le fue cuajando al de Reyes Huerta un faenón de escándalo, iniciado con pases por alto sembrado en la arena y llevando muy bien toreado al de Reyes Huerta, para luego echar la muleta abajo en tandas de derechazos y naturales en las que corrió la mano con primor (…)". 

Como remate de esa su faena de presentación ante la afición tijuanense parece ser que Curro Rivera ofreció una de sus primeras muestras públicas del circurret, como el propio autor bautizó –utilizando una especie de apócope de "círculo de Curro"–, su muletazo en redondo con remate por alto, ligado sin enmienda hasta completar la tanda, tal como se infiere del relato del cronista: "Puso la plaza boca abajo en prolongada serie de pases redondísimos con la derecha en los que llevó al bravo animal prendido en los vuelos de su muleta desde aquí hasta allá, sacando el engaño por arriba en el último instante, con las zapatillas enraizadas en la arena y sin perder su sitio para iniciar el siguiente pase. En los tendidos la locura fue total, mientras Currito seguía toreando y saboreando su propia obra, y el toreo iba brotando con la parsimonia de un rito antiguo (…) Se perfiló para entrar a matar y dejó una estocada honda en buen sitio (…) La autoridad le concedió las dos orejas y el rabo, recorriendo el anillo hasta en dos ocasiones en compañía del ganadero, el empresario López Hurtado y su padre, el maestro Fermín Rivera." (Ovaciones, 30 de julio de 1969).

Al cuarto toro, grandulón, lo castigaron excesivamente en varas, por lo que poco pudo hacer Eloy en el tercio final. El regiomontano tuvo que hacerse cargo, con atinada brevedad, de la lidia del quinto, que de salida cogió de muy mala manera a Fabián Ruiz, a quien el astifino burel de Reyes Huerta correspondía. La angustia del público fue en aumento cuando el cierraplaza arrolló a un banderillero, tropezó a Curro Rivera, volteó a Cavazos y tuvo a su merced, caído, a un segundo peón que había acudido al quite. Fue cosa de ver cómo el hijo de Fermín supo sobreponerse, y de acuerdo con el relato de Bobadilla "Sin perder la serenidad, Curro puso orden en las cuadrillas, dominó y toreó lucidamente a este mansurrón de Las Huertas que cerraba plaza y terminó cortándole la oreja."(Ovaciones, íbid).

La tragedia

Para entonces ya había ocurrido la cogida de Fabián, que echó las rodillas a tierra para saludar al quinto de Reyes Huerta y, al intentar ligarle un segundo lance en esa postura fue atropellado por el bicho, que al sentirlo a su alcance se revolvió en corto y lo prendió por el costado izquierdo levantándolo y suspendiéndolo en el aire colgado del pitón mientras le asestaba la profunda herida que obligaría al cuerpo médico a una intervención de emergencia para intentar salvarle la vida. Al concluirla, los cirujanos expidieron el siguiente parte facultativo:

"Durante la lidia del quinto toro, en el primer tercio, el diestro Fabián Ruiz sufrió una herida por cuerno de toro con orificio de entrada en el hemotórax derecho de 5 cm. de diámetro que fracturó la costilla octava interesando el lóbulo medio pulmonar y traumatizando el lóbulo superior pulmonar. La trayectoria hacia arriba lo salvó de una muerte instantánea, pasando la lesión a 5 cm. del corazón. Se le practicó amplia toracotomía, se revisó todo el pulmón derecho procediéndose a cerrar por aerostasia y hemostasia de plano cruento pulmonar, y sutura bronquial de las ramificaciones más importantes que presentaban fugas mayores. No hubo lesión de bronquios y vasos importantes, y se cerró por planos. 

La operación, en la clínica Primavera, tuvo una duración de cuatro horas. Son lesiones que ponen en peligro la vida y requieren hospitalización y vigilancia permanente. De no presentarse complicaciones tardarán en sanar más de quince días.  Firman los doctores José Rodríguez Oliva (cirujano titular de la plaza de toros), José Sánchez Alfaro (especialista en cirugía de tórax), Manuel González Rodríguez (traumatólogo) y Enrique Almada (anestesiólogo). 

El doctor Rodríguez Oliva declaró: "En los 17 años que tengo como jefe de los servicios médicos de plaza no había visto una cornada tan impresionante (…) ver a un hombre al que un toro le ha metido casi todo el cuerno en el pecho sobrecoge hasta a los propios médicos (…) Los estertores pulmonares, tan manifiestos la primera noche, tienden a disminuir. Se le siguen aplicando aerosoles con los medicamentos adecuados. Los tubos especiales de canalización torácica están trabajando correctamente", informaba Rodríguez Oliva a dos días del percance (El Heraldo de México, 30 de julio de 1969).

Afortunadamente, el diestro Fabián Ruiz –cuyo verdadero nombre era Noé Ruiz Narváez (Aguascalientes, 14-07-49-Distrito Federa, 13-12-17)– logró salvar la vida y proseguir con su carrera en los ruedos. Había confirmado la alternativa en la Plaza México de manos del madrileño Dámaso Gómez llevando a Mauro Liceaga como testigo (02–02–69, toro "Tiburón", de La Laguna), y tuvo a gala haber dado cuenta, en la despedida de la prócer ganadería de La Punta en su encaste parladeño original, del toro de más peso jamás lidiado en la vieja plaza de San Marcos y, probablemente, en cualquier coso del país (Aguascalientes, 5 de mayo de 1972); ese toro se llamó "Candilejo", marcó en la báscula 736 kilos y Fabián le cortó la oreja, llevando como alternantes a Joaquín Bernadó y Jesús Solórzano hijo.  


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