El matador
Arturo Magaña murió en San Miguel de Allende, al parecer de un infarto, a los 79 años, y con su partida se va un "entusiasta de la Fiesta", como le gustaba decir cuando le preguntaban si era apoderado, siempre con esa jovialidad y alegría por la vida que era su estado natural.
La noticia la confirmó su querido amigo, el taurino Carlos Meléndez, en cuya casita vivía desde hace tiempo alejando ya del medio, pero sin dejar de rememorar sus innumerables aventuras y anécdotas a lo largo de una existencia dedicada al toro.
Arturo Magaña Gutiérrez era originario de Aguascalientes, donde nació el 23 de agosto de 1946, el mismo año de Manolo Martínez y Raúl Contreras "Finito", y desde su más tierna juventud quiso ser torero alentado por el entorno de la capital acalitana.
Después de andar recorriendo la legua, a la usanza más cabal de los torerillos de su tiempo, le dieron la oportunidad de debutar en la Plaza México, lo que tuvo lugar el 10 de septiembre de 1967, fecha en la que alternó con Guillermo Téllez y Pepe Bravo. El novillo de su debut llevó por nombre "Gavilán", y pertenecía a la divisa de El Romeral.
Toreó una segunda novillada el 21 de abril de 1968, con novillos de Tepetzala, pero pasó inadvertido, y volvió en la Temporada Chica de 1971 y mostró ciertos progresos la tarde del 18 de julio, con ejemplares de la Viuda de Fernández, y tras la lidia del que abrió plaza dio una vuelta al ruedo. Por cierto, ese día alternó con Mariano Ramos, que había su presentación en el coso de Insurgentes.
Regresó al coso capitalino el 14 de mayo del año siguiente y dio otra vuelta al ruedo con un novillo de Santa María; repitió el 23 de julio con un encierro de Tequisquiapan y, finalmente, toreó su última tarde en La México el 8 de octubre, con novillos de Piedras Negras.
Luego se fue a España dos años en busca de nuevos horizontes y aventuras, y tras peregrinar en el escalafón menor por espacio de más de una década, se refugió en Venezuela y ahí toreó de todo, hasta que tomó la alternativa en la Isla Margarita (de donde el maestro Antonio Chenel "Antoñete" iba a resurgir de sus cenizas años más tarde).
Aquella corrida se celebró el 17 de diciembre de 1978, de manos precisamente del clásico espada madrileño, en presencia de Carlos Rodríguez "El Mito", con toro "Chamicero", del hierro de Bellavista.
Sin embargo, ese doctorado no se le dio validez y Magaña, habituado a los avatares del toreo, tomó una segunda alternativa el 27 de julio de 1980 nada menos que en el "Nuevo Circo" de Caracas, donde Celestino Correa fungió como su padrino ante la presencia de Leónidas Manrique. En esa ocasión, el toro de la ceremonia se llamaba "Vaya Suerte", de la ganadería de Fuentelapeña.
Andando los años, y una vez que las oportunidades escasearon en su nueva faceta como matador de toros, la suerte lo llevó por los senderos del apoderamiento, primero del torero regio Roberto Ortiz "El Fotógrafo". Y poco tiempo después su buena estrella le entregó un torero muy taquillero: Jorge de Jesús "El Glison".
Arturo se dedicó por completo, y con mucho éxito, a llevar la carrera de El Glison, con el que trabó una mancuerna de locos preciosos, igualmente irreverentes, plagados de valor y audacia para afrontar las adversidades de un torero como Jorge, que llegó al toreo para alborotar el cotarro.
Después llevó la carrera de Leonardo Benítez, y esta fue una manera de agradecer a Venezuela lo que ésta había hecho por él en sus horas bajas. Si con El Glison escaló posiciones que nunca soñó en su labor como apoderado, con "El León de Caracas", otro torero tan rebelde como indómito, Magaña demostró que era un taurino cabal, conocedor de los públicos, de la publicidad y de los resortes del triunfo.
Amigo de los periodistas, a los que siempre tenía una atención y hacía pasar un buen rato delante de una taza de café, Arturo hablaba de toros con la vehemencia de quien ha luchado, sufrido y gozado, a veces todo a la misma vez, mientras el humo de su puro se elevaba dando pie a la reflexión o al chascarrillo espontáneo, pícaro y bohemio.
Como apoderado independiente, rara avis en estos tiempos del mensajeo digital y la contratación de toreros por WhatsApp. Vivió a su aire con ese desparpajo tan suyo que irradiaba un taurinismo a la vieja usanza, con el Esto debajo del brazo y, en su día, una dirección de hotel como domicilio fijo.
Estuvo casado con Diana, la hermana de la empresaria Tomasina, y se fue a vivir a San Miguel. Tras separarse de ella, hace ya muchos años, ahí se quedó. No tuvieron descendencia, por lo que Arturo vivía recluido, en soledad. En los últimos años casi no veía a nadie.
Ahí queda su recuerdo, y la imagen del hombre que afrontó la vida con una sonrisa franca y la mano por delante, para echársela al que la necesitara. Se le va a extrañar. Descanse en paz, el buen Arturo Magaña.