Antes de entrar al relato puntual de este cartel con historia –en realidad, de dos carteles consecutivos dentro de una misma feria– vale la pena alguna reflexión breve acerca del significado real del corte de apéndices a lo largo del Siglo de Oro del Toreo, aprovechando la sobreabundancia de orejas y rabos paseadas por los diestros triunfadores en estas dos fechas dentro de las corridas de San Fermín de1962.
Del cero al infinito
Cuando irrumpe en la fiesta la trinidad Gaona-Joselito-Belmonte, los artífices de la llamada edad de oro, la oreja era un premio excepcional, y empezó a no serlo debido justamente al empuje de los mencionados. Sus herederos, en cambio, disfrutaron de una cosecha de apéndices que desbordó todos los diques, con abusos sistemáticos y hasta abundancia de patas como superlativo agregado a las muchas orejas y rabos de que dan cuenta las reseñas de corridas en las décadas 30 y 40 del siglo pasado.
Es verdad que ya estaba reglamentado el otorgamiento de apéndices y sólo quien presidiera el festejo podía autorizarlos, pero prevalecía la mala costumbre de que fueran miembros de la cuadrilla del espada triunfador quienes se encargaran de cercenar los retazos de toro, con su viciosa intención de premiarlo de más; también estaban tabuladas multas y correctivos para estos casos, pero, en los hechos, sólo funcionaban en las plazas principales, mientras que, en la prensa, fotografías que daban cuenta de las supuestas apoteosis llenaban páginas enteras. Por su parte, los cronistas salvaban estas irregularidades agregando o restando trofeos de acuerdo con sus personales puntos de vista, por mero descuido… o por su cercanía afectiva o crematística con el matador en cuestión.
La invasión turística
Algo fructificaron los esfuerzos por regularizar el tema a partir de los años 50, pero la euforia orejil persistía, tanto porque los públicos se acostumbraron al exceso como porque a finales de esa década se desató sobre España aquella fiebre del turismo por parte de multitud de viajeros de clase acomodada, los ricos del mundo que, sin saber nada de toros pululaban, pañuelo en mano, por los cosos de la Iberia. Tal situación iba a incrementarse de manera incontrolable a partir de la entrada en escena de Manuel Benítez "El Cordobés", el mayor fenómeno de masas en la historia del toreo moderno. A partir de ahí, y hasta la primera retirada de Benítez, el dispendio de apéndices tomó carta de naturalización. El freno llegaría con el advenimiento de una generación de cronistas y críticos dispuestos a sanear el ambiente, y por parte del gobierno con el control oficial de la edad del toro de lidia. Surgieron además organizaciones de aficionados exigiendo el retorno a una pureza esencial que quizás nunca había existido como tal. Pero que poco a poco fue abriéndose camino.
En otras ocasiones hemos hablado de diferencias bastante marcadas entre los criterios de valoración del toreo prevalecientes, hacia mediados del siglo XX, entre los aficionados de México y los de la península ibérica –inversos, por cierto, a los actuales–, pero como nuestro referente de hoy es una feria española, sirvan las observaciones citadas para pintar el panorama de la época.
Jueves 12 de julio
Es la sexta corrida de San Fermín. En los festejos previos ya se ha cortado un considerable número de apéndices y quedó claro que en Pamplona no se aburre nadie. Esta vez parten plaza Antonio Ordóñez, César Girón –en sustitución de Curro Romero– y Juan García "Mondeño". Y es éste el que corta el bacalao: tres orejas y un rabo, por dos auriculares al venezolano y una abúlica presentación de Ordóñez. Bueno el encierro de Álvaro Domecq y excelente el lote del torero de Puerto Real.
Viernes 13 de julio
Al día siguiente repite como primer espada Antonio el de Ronda, que cortará una oreja del abreplaza. Paco Camino, en tarde pletórica, pasea los cuatro auriculares de su lote y El Viti se lleva el rabo del sexto. Y eso que a los toros, de Ricardo Arellano y Gamero Cívico, los calificó de "malos" el enviado del diario mexicano ESTO.
Juan García "Mondeño"
Ese cronista destacado en España para cubrir la primera temporada europea con diestros mexicanos al reanudarse el intercambio roto en 1957 es Macharnudo (Bernardo Fernández), segundo de a bordo en la sección taurina del deportivo ESTO. Y aunque no hay paisanos en la cartelería pamplonica, tendrá ocasión de ensalzar en estos términos la gran tarde de Mondeño:
"Cuánto y con qué cariño recordamos nuestra lejana tierra cuando el público de Pamplona, emocionado al máximo, aclamó a Juan García (…) si no con el grito nuestro de ¡Torero! ¡Torero!, sí con uno muy semejante. Aquí la diferencia fue poca y la multitud se unió para gritar enloquecida ¡Mondeño! ¡Mondeño! cuando Juan, con su acusada personalidad, con esa indiferencia aparente, hacía pasar en torno a su espigada figura la masa negra del toro, que obedecía dócilmente al mando de sus muñecas en maravillosas sucesiones de pases con la derecha y naturales de prodigio (…) A mínima distancia, imprimiendo a su toreo la verticalidad y el señorío que le son característicos, bordó lo más meritorio que hemos visto en estas corridas feriales.
Tan bueno fue su primer trasteo que a pesar de haber pinchado en dos ocasiones y tener que descabellar se le concedió una oreja pedida por unanimidad. Y en su segundo fue la locura. Derechazos, naturales, pases de pecho formidables y esas manoletinas que en sus manos adquieren un nuevo, admirable matiz, convirtieron a Juan García en el héroe de la tarde (...) Se premió su hazaña con las orejas, el rabo y la salida en hombros". (ESTO, 18 de julio de 1962).
Por su parte, Don Antonio (Antonio Abad Ojuel), en su crónica de El Ruedo, incluyó jugosas reflexiones en su relato de la redonda actuación del diestro gaditano:
"Suena el pasodoble de «Manolete» cuando está Mondeño creando un nuevo estilo para la manoletina. El público lo corea. El público se equivoca. El mayor homenaje que se puede tributar a un artista es el de reconocer su originalidad (…) Yo no quiero comparar a Mondeño y Manolete. Cada cual en su sitio. Cada cual con su estilo. La manoletina de Juan García es distinta, esencialmente, de la de Manuel Rodríguez. Habrá que llamarla de otro modo, con otro nombre (…)
Esta tarde, el gran barroco, por un milagro de la dinámica, abrió el compás, cimbreó la cintura y convirtió lo rígido en flexible, lo hierático en ágil, lo afectado en espontáneo. Pudo así lucir su serena prestancia, humanizar su toreo de estatua cretense. Largos, inacabables, inmóviles, los templados pases de su muleta. Su primera faena soportó con oreja– hasta tres pinchazos. Su segunda, menos perfecta, logró mejor pago porque la estocada fue buena. Dos orejas y rabo. Es lo de menos: lo importante es que la terracota cobrase vida (…) A quién más se parece Mondeño es a Juan García, un muchacho de Puerto Real que torea muy bien cuando se anima”. (El Ruedo, 19 de julio de 1962).
El Viti
También Santiago Martín, como Mondeño, se alzó con un rabo, el de su segundo toro de Ricardo Arellano el viernes 13, un día que en la vieja Germania y zonas aledañas es considerado de mala suerte. No lo fue para el hombre de Vitigudino, cuya excesiva seriedad parece haberles caído en gracia a los navarros justo en la semana del año que destinan a suprimir, vaya ironía, cualquier rastro de solemnidad.
El mismo Don Antonio registra el contraste entre la expresión impasible de El Viti y su manera de cercar, muleta en mano, al dócil pero quedado parladeño hasta extraerle una faena de escándalo:
"¿Se le habrá pasado al torero charro la tristeza? ¿Habrá agotado el verano su mal humor? Yo no sé qué le sucede este año a El VitI, que su semblante no está serio, sino ceñudo y hostil. Le he visto varias corridas, con invariable mala suerte en los toros. El gesto malhumorado, ¿es causa o efecto de esta mala fortuna? Yo creo que es origen: la vida sonríe a quien le sabe sonreír. Hoscamente, dramáticamente, El Viti hace su faena final de la feria; faena de cercanía inconcebible, en que la pala del cuerno siente latir las venas del torero; trance angustioso, que, finalizado de gran estocada, levanta en vilo a la Plaza. Un clamor. Dos orejas y rabo. Pero el gesto ceñudo no desaparece cuando el torero se niega a salir a hombros del mocerío enfebrecido. No sonríe ni ante los más graciosos e insistentes discípulos de Baco. ¿Qué le anda a El Viti por dentro, que está tan malhumorado?” (El Ruedo, íbid).
Esas faenas "de enfermero", que hoy ya no se toleran, quizás injustamente, formaron parte esencial, junto con un temple nunca negado, de los atributos personales del personalísimo e impasible artista de Vitigudino.
Paco Camino
En una época rica en toreros con sello propio, el de Camino, su impronta inconfundible, forma parte del hilo que conduce a esos poquísimos espadas que han aunado la gracia a la maestría y el rigor de lo clásico a la estética más rutilante. Torero para todas las plazas, todos los públicos y todos los aficionados, del conocedor más exigente al indocto más despistado. Y en Pamplona no podía fallar: el mismo día 13, a sus dos toros de Arellano y Gamero Cívico los desorejó por partida doble.
Aquí las impresiones de Don Antonio:
"Cuando Paco Camino está en vena, los ángeles aletean por alegrías. Con sus alas alejaron el peligro de lluvia, evaporaron las nubes, disiparon la tormenta. El toreo de Paco Camino –el toreo de esta su gran tarde en la séptima corrida– se construye sobre la fragilidad de su figura, la sencillez con que burla al toro para que no le coja cuando parece que le tiene que coger, la gracia con que quiebra la cintura en el largo natural o se echa el toro por delante en la variante majeza del pase de pecho. Fragilidad, burla, gracia. Y triunfo. Cuatro orejas". (El Ruedo, ídibid).
César Girón
En esta feria del 62, el mayor de la dinastía Girón entró por la puerta de las sustituciones, en este caso de un convaleciente Curro Romero. La noticia los pamplonicas la recibieron con regocijo, no en balde fue César un constante triunfador de los sanfermines de la década anterior, cortando incluso pata en alguna ocasión. Maduro, sin el apuro de sumar fechas por sumarlas, César se mostró igual de valiente y dispuesto que en sus años mozos. Como el propio y multicitado cronista de El Ruedo registró:
"Asienta los pies en esta faena a su primer toro de Domecq. Línea clásica, seriedad, toreo sobrio, rabieta de unos pases de rodillas, en que anduvo cerca el riesgo. Si digo que César es el más torero de su dinastía y que las vacilaciones de su hermano Curro son, en gran parte, porque César le ha hecho tambalear en el puesto, andaremos muy cerca de la verdad. Verónicas a pies juntos, quite capote a la espalda, banderillas por alegrías, faena de serenidad y arrojo, arte y maestría. Pinchazo y estocada. Dos orejas". (El Ruedo, idíbid).
La reseña de Macharnudo coincide bastante con la de Don Antonio: "César Girón estuvo en su plan, pudiendo con todo, arrimándose como sabe hacerlo y peleando las palmas al de Puerto Real. Fue premiado con dos orejas y varias vueltas al ruedo. El quinto de la tarde, lunar del encierro, fue lidiado por el venezolano con mucha sapiencia, le sacó pases con ajuste y perfección de torerazo, matándolo de una estocada habilidosa.” (ESTO, íbid).
Antonio Ordóñez
Aquí, los dos textos que hemos cotejado dejan de coincidir. De entrada, el enviado de ESTO fustiga sin miramientos al de Ronda al describir así su actuación del jueves 12 de julio: “Bailó toda la tarde, enmendó el terreno en la mayoría de las ocasiones y de nada le sirvió el acicate de sus alternantes. Su mandanga fue castigada con sonoras broncas. Inclusive se interrumpió la ovación a Mondeño para dar paso a la música de viento cuando Ordóñez abandonaba el coso.” (ESTO, idíbid).
Más indulgente, Don Antonio reconoce que, en la sexta corrida, su tocayo efectivamente “Con los toros de Domecq, Antonio no se ha sacudido la pereza”, pero en cambio pone por las nubes su actuación del día siguiente, distinguiéndolo como uno de “los tres grandes artífices de una hermosa corrida (…) Si Paco Camino hizo en la última jomada dos faenas de inspiración, y El Viti una de emoción intensa rematada con el escalofrío de la estocada, Antonio Ordóñez realizó en el primer toro – en el que más le silbásteis, equivocados muchachos de las peñas– una labor de prodigio. Sin enmiendas, sin descomposturas, sin que allí se moviesen más que los brazos, un ir acompasado, lleno de majestad, pletórico de dominio, indiscutible. Como fue indiscutible la estocada. En lo alto. Donde hay que herir. Donde vosotros heristeis al torero con vuestra parcialidad. En lo más sensible y en lo más hondo. Porque Ordóñez siente intenso amor a Pamplona. Y bien lo probó en su entrega absoluta con el cuarto de esos toros de Are!lano más dóciles que bravos, amables, distraídos, colaboradores, en faena gallarda, que, sumada a la primera, merecía, ya que no el premio de la oreja, la ofrenda crujiente del pan que le arrojasteis.” (El Ruedo, idíbid)
Por cierto...
Esa presencia de un enviado de la prensa mexicana en la temporada española no era rara en ese tiempo. Como tampoco la publicación en México de reportajes con profusión de fotografías que no se encontraban ni siquiera en El Ruedo, que era la principal fuente de información taurina de la península, donde apenas se tomaba en cuenta lo que ocurría en México. Puede decirse, sin faltar a la verdad, que nuestros aficionados, a través de los periódicos pero también de las filmaciones de corridas españolas que regularmente pasaba la televisión, sabían mucho más de la temporada europea y de sus toros y toreros que la afición hispana de los nuestros, sistemáticamente desdeñados por el taurinismo y la prensa de allá.