El diestro mexicano Isaac Fonseca, gracias a un toreo más populista que asentado, cortó la única oreja de la corrida al único toro, sexto de la tarde, que humilló con cierta entrega de entre la aparatosa y muy seria mansada de la divisa de José Escolar lidiada hoy en Pamplona y ante la que resultó lesionado Juan de Castilla.
Aun sin excesivo cuajo y sueltos de carnes, los cárdenos criados en la provincia de Ávila arrojaron, por su volumen, una media de peso de 600 kilos y lucieron unas abundantes y muy astifinas cabezas, con un muy patente trapío que, en cambio, no estuvo acompañado de verdadera bravura, sino todo lo contrario.
De hecho, ese último, el de menos peso y el de mejores hechuras, fue el único que se empleó y descolgó tras los engaños, especialmente por el pitón izquierdo, que fue lo que no hicieron ninguno de sus hermanos, que o bien se rajaron desde el primer momento o se defendieron con aspereza al mínimo esfuerzo que se les requiriese.
Así que tras cinco capítulos de infructuosos intentos de la terna, la gente en fiestas tomó como un acontecimiento la movida y ligera faena que Fonseca le hizo a ese cárdeno que cerró plaza, que además también fue la excepción en varas al empujar humillando bajo el peto.
El otro de los dos hispanoamericanos de la terna se fue directamente al sol con la muleta, buscando la complicidad de las peñas en un trasteo que abrió de rodillas, no sin apuros, y continuó con series de muletazos rápidos y cortos, sin apurar casi nunca esa mayor entrega del animal.
Pero, eso sí, como logró "animar el cotarro", se dio la suficiente circunstancia para pasear tan benévolo trofeo. Antes, Fonseca había estado también animoso con un tercero de larguísima viga que pronto empezó a salirse de las suertes y a dar arreones de manso cuando se intentaba sujetar en los engaños,
Quien mejor se desenvolvió con la mansada fue el director de lidia, un Antonio Ferrera que, aun curtido en mil batallas, no pudo evitar que el primero de la tarde, el de mayor volumen y dimensión, renunciara a la descarada tendencia que tuvo a huir a la puerta del encierro casi desde que salió por la adjunta de chiqueros.
Y para compensar la brevedad de esa imposible faena el extremeño se extendió más, y con mucha paciencia, con un cuarto sin entrega ninguna, al que, a pesar de sus frenados impulsos aún le robó algún que otro pase estimable para acabar fallando con la espada, aunque no tanto como con el que abrió plaza, al que recetó todo un rosario de infructuosos ataques.
En el lote del colombiano Juan de Castilla cayeron extrañamente los dos toros de más exagerada y fea conformación de cabezas, un segundo muy abierto, lo que se conoce como playero, y otro no tan amplio de cuna pero con las puntas hacia el exterior, es decir, cornivuelto.
El primero gazapeó reservón en la muleta, igual que hizo en el capote, pero, en los pasajes más asentados, De Castilla le sacó algunos naturales lucidos. El quinto, en cambio, desarrolló genio desde que le abrió el trasteo directamente en los medios para aprovechar unas inercias que pronto se acabaron, hasta el punto de que, en una colada, el colombiano resultó prendido y sufrió una posible lesión que, aun cojeando, no le impidió pasaportar al de Escolar.