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La última corrida de Gaona en España

Lunes, 06 Jul 2026    Puebla, Pue.    Horacio Reiba | La Jornada de Oriente   
Con la que culminó una brillante carrera de 539 tardes
Rodolfo Gaona hizo en España 19 campañas durante las cuales partió plaza en 539 ocasiones, todas como matador de toros. La primera fue la tarde de su alternativa (Tetuán de las Victorias, Madrid: 31-05-08); la última, la 539, ésta del 2 de julio de 1923 en Barcelona. Pero no en la Monumental ni en Las Arenas, los dos hermosos cosos de la señorial ciudad, sino en el antiguo y ya poco utilizado de la Barceloneta. Una aparente anomalía que reclama ser explicada.

Resulta que, a raíz de su sonado fracaso con el famoso “Barrenero”, el toro de Albaserrada que se dejó vivo en Madrid (29.05.19), el esteta mexicano juró que no torearía más en la capital de España. Se quejaba de que esa tarde culminó una larga campaña persecutoria que lo llevó a la desmoralización total, según puede leerse en Mis veinte años de torero, volumen que recoge una larga entrevista cuyas numerosas sesiones ocuparon durante meses a Gaona y al periodista mexicano Carlos Quirós "Monosabio", que en el texto resultante suprime su parte y hace hablar al Califa de León en primera persona.

Tanto afectó a Rodolfo esa sostenida persecución –que incluía concertados ataques en plazas y prensa–, que según confiesa en su libro salía a torear como sonámbulo, incapaz de defender la nombradía que una vez tuvo y sin presentar ninguna oposición no ya a Joselito y Belmonte, sus pares históricos, sino incluso a diestros muy inferiores. Lo que deja sin aclarar es que lo que desató aquel vendaval de insultos y mofas en su contra fue su desdichado enlace con Carmen Moragas, actriz con fama de cortesana cuyos deslices llegaban incluso a la alcoba principal del Palacio Real, en tiempos del rey de Alfonso XIII.

Aunque el matrimonio fue fugaz, su sombra persiguió a Gaona durante al menos tres temporadas, antes de que decidiera cortar de tajo la situación y volverse a su país. Corría el año 1920, el de la muerte de Joselito El Gallo, su más acérrimo rival en los ruedos.

Fiesta en colapso. De pronto, se juntó todo: la muerte de Gallito, la circunstancial retirada de Belmonte y la defección de Gaona, con lo que la Fiesta se quedó en España sin sus tres figuras principales. Al valenciano Manolo Granero, depositario de las ilusiones de la afición, lo había matado el toro "Pocapena" de Veragua, en Madrid, cuando iniciaba apenas su segunda temporada de matador (07-05-22). 

Una sensación de orfandad y pesimismo invadió el ambiente y no tardaría en repercutir en las taquillas, poniendo a las empresas más sólidas al borde de la quiebra. Varias ferias tradicionales redujeron al mínimo su programación, y otras quedaron suspendidas en espera de mejores tiempos.

Ante semejante situación, inédita hasta entonces, la Unión de Empresarios Taurinos decidió hacer un drástico reajuste de gastos y fijó un límite a los honorarios de los diestros, entre los cuales no figuraba ya ni siquiera Sánchez Mejías, de fuerte personalidad más que de auténtica clase. Amenazada, la torería resolvió contra atacar: varios de diestros rehusaron contratarse por los honorarios tope, establecidos en siete mil pesetas.

Un hombre asumió la  organización de los rebeldes, Manuel Rodríguez Vázquez, antiguo apoderado de Gaona. Pero se encontró con que su agrupación carecía de fuerza para imponer mejores condiciones salariales al sistema empresarial. Los coletas de más nombre fueron cediendo, y al lado de Rodríguez Vázquez sólo quedó un puñado de segundones. Fue entonces que buscó a su antiguo poderdante como la carta fuerte de la que su precarizado colectivo carecía.

Gaona se hizo bastante de rogar, invocando su promesa de no volver a España. Durante su larga ausencia se había convertido en el eje de la fiesta en México y, lo más importante, se había superado como torero, madurando en un artista incluso superior al de sus campañas ibéricas de mayor esplendor. Pero pudo más la persuasión del amigo y, lo confiesa el mismo Gaona, se le avivó el deseo de despedirse de aquellos públicos con un corto número de corridas en las principales plazas, a buen dinero y fiado a su creciente potencial artístico. Torearía en Madrid, Sevilla, Barcelona, San Sebastián –su plaza talismán–, y podría cerrar su etapa española como un señor. Pero el hombre propone y Dios dispone.

De nuevo en España

Lo que se encontró al desembarcar no fue lo esperado. La Unión de Empresarios había acaparado a la plana mayor de la torería, resignada a la rebaja salarial que le había sido impuesta, y las gestiones llevadas a cabo por Rodolfo, personalmente y también a través de diversos valedores, cayeron en tierra estéril. 

La perspectiva que Rodríguez Vázquez le había pintado se desvanecía, solamente unas pocas empresas no afiliadas estuvieron dispuestas a abrirle las puertas de sus plazas pagándole el dinero exigido, que por supuesto duplicaba lo fijado por los amos del tinglado. Su plan de despedirse a lo grande no tenía visos de cuajar. Pero ya que estaba ahí, decidió tomarles la palabra a esos pocos empresarios marginales y dejarse anunciar en sus plazas. Al final solamente pudo torear tres corridas, dos en la Barceloneta y otra en Alicante.

El retorno. Pero antes pasó por Madrid, su casa durante tantos años. Y una tarde de corrida se apersonó en la venerable plaza de la carretera de Aragón como un aficionado más. Dejemos que Clarito (César Jalón), el gran cronista riojano, nos lo relate:

"Abajo, en el ruedo, cundía el desánimo (…) Aun en otros tiempos, más viril el toreo, más esforzados los novilleros, ya que no torear, al menos se hubieran dejado coger. Pero antes… era antes (…) Nos dábamos a estas reflexiones cuando (…) al estallar una ovación en los tendidos 1 y 10 y seguir el curso de las miradas de los que aplaudían descubrí, en pie, asomado a una delantera de grada, sombrero en mano, a… uno de los de la época cumbre: al propio Rodolfo Gaona, recién llegado de México, después de tres años de ausencia (…) Del 1 y el 10 se contagiaron las palmas a los tendidos aledaños. Yo miré al diestro con detenimiento ¡Cuán torerísima su figura y su altivez estética, contrastando con algunos de los sacacorchos al uso! (…) Gaona es el único superviviente para el arte de aquel triunvirato que inmortalizó el ruedo en aquella célebre corrida del Montepío… Al lado del dominio inconcebible del malogrado "Gallito", enfrente de la asombrosa fuerza emocional de Belmonte (…) Si Gaona, a su paso por esta tierra madre, no nos hace el regalo de una actuación permanente, por lo menos esperamos la cortesía de un adiós desde el ruedo (…)".

Pero, como decíamos, ese "regalo" no pudo cumplirse, ni ante la cátedra madrileña ni en ninguna otra plaza de primera, acaparadas todas por la Unión empresarial y sus restricciones económicas. En todo caso, el escritor Rafael Hernández, en su "Historia de la plaza de toros de Madrid", rememora ese retorno de Gaona volvió al coso capitalino como espectador, y cómo la gente, al reconocerlo, le tributó espontánea ovación, "El público estuvo bien, porque una cosa fue el desastre de "Barrenero" y otra la labor de conjunto del gran torero mejicano".

Su última tarde

El cartel era obligadamente modesto –Diego Mazquiarán "Fortuna" y Rubio de Valencia, dos diestros no asociados, como alternantes de Rodolfo, toros de Arribas–. Naturalmente, el cupo de la Barceloneta fue insuficiente para contener el entusiasmo desbordante de la afición catalana. Fortuna y el Rubio hicieron lo que pudieron con el encastado y corpulento encierro. Por suerte, hubo un cuarto toro, "Beato" de nombre, el destinado al adiós a España del astro mexicano, que resultó propicio. Y Gaona pudo abandonarse a la inspiración y demostrar a los asistentes hasta qué punto había madurado y se encontraba puesto al día su arte tan personal en materia de dominio, refinamiento y estética.

Lo que sigue es la crónica de la faena de Rodolfo Gaona con "Beato", su último toro, en la versión –sin firma– del diario barcelonés "El Noticiero Universal":

"¡Quién lo dijera! Para el día de la despedida hubo de reservarnos Rodolfo la mejor faena que le vimos; sin duda una de las mejores que se han hecho en los toros.
El toro “Beato”, un cárdeno de buen tipo, no fue un portento de bravura. Fue más noble que bravo, aunque se arrancó pronto y bien a los caballos. Lo que hizo a pedir de boca fue embestir, dando lugar a que Gaona nos extasiara, primero con unos lances de capa que fueron modelo de temple, de arte, de finura, y que se premiaron con una atronadora ovación (…) Hubo un quite de Fortuna de tres buenísimos lances de rodillas, y dos de Gaona en que el héroe de la corrida toreó con una suavidad y un arte inconmensurables. Hasta "El Rubio" terció, toreando discretamente al delantal para ser aplaudido. El toro estaba bueno para todo.

Cambiado el tercio, cogió banderillas Gaona y en un santiamén, ligero y elegante, para no agotar al toro, con su arte peculiar y su pasmosa seguridad clavó cuatro soberanos pares, premiados con otras tantas explosiones de júbilo.

Pero con ser lo relatado hasta aquí tan extraordinario, dejó Rodolfo lo más asombroso para el final (…) El público acogió con entusiasta ovación su brindis desde el centro del redondel, y guardó enseguida religioso silencio. Como preparándose para el acontecimiento.

Y el acontecimiento fue un faenón enorme. El soberbio ayudado con que Rodolfo lo empezó levantó un olé, y a ese olé siguió una formidable ovación por tres naturales magnos que dio Gaona ligó admirablemente, a los que siguieron un alto finísimo y otro de pecho estupendo. Enloquecido, el público pidió música, y a sus acordes prosiguió el mejicano su magnífica labor con dos prodigiosos pases cambiándose la muleta de mano, tras de lo cual cayeron gorras y sombreros a la arena; dos ayudados finísimos, uno de rodillas, un molinete, dos de costado al modo de gaoneras (pase del centenario: nota del columnista), dos de pecho con la izquierda y uno con la derecha, todos ellos con un porte soberano y una suavidad y un temple superiores a toda ponderación. El entusiasmo que la faena provocó fue delirante.

No tuvo Rodolfo completa suerte al matar. Aunque arrancó con decisión, caló poco su estoque en dos viajes y tuvo que descabellar; pero no por eso dejó de ser la ovación final tan enorme como la faena misma, viéndose obligado el artista a dar la vuelta triunfal y salir tres veces a saludar a los medios, tan atronadores eran los vítores y aclamaciones.

¡La mejor faena de su vida! No se oía otra cosa cuando cesaron los gritos de ¡No te retires! Y ¡Que vuelvas! La verdad es que tratándose de un torero como Rodolfo Gaona, en plenitud de facultades y tal como está con el toro, no puede uno resignarse a dejarle marchar (…) Se le acompañó hasta el coche con una ovación tan cariñosa como la que lo había recibido hora y media antes. En caso de despedida, la que se le hizo no pudo ser más entusiasta". (El Noticiero Universal, 4 de julio de 1923).

Así culminó la última de las 539 corridas que Rodolfo Gaona Jiménez toreó en España.


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