El barroco no es solo un estilo artístico; forma parte de la identidad cultural de México. Es una manera de concebir la belleza mediante el movimiento, la complejidad, el contraste y la invención. En Identidad nacional (1998), Héctor Zagal y Luis Xavier López-Farjeat sostienen que el barroquismo criollo encontró un lenguaje capaz de expresar "los claroscuros y contrarios tan propios de un pueblo joven, fruto de uniones y conquistas".
Añaden que el ethos de una nación se manifiesta en su cultura, su arte, su lengua y sus costumbres antes que en los sistemas abstractos de pensamiento. Desde esa perspectiva, pocas expresiones revelan con tanta claridad el barroco mexicano como el toreo de capa.
En esta quinta entrega de la serie dedicada a los quinientos años de la primera corrida documentada en territorio mexicano conviene detenerse en una de las contribuciones más originales de nuestro país a la tauromaquia universal. España fijó el repertorio clásico del toreo de capa; México demostró que ese repertorio seguía abierto a la creación. Mientras la tradición peninsular tendía a conservar un repertorio depurado durante siglos, los toreros mexicanos hicieron del primer tercio un laboratorio donde aparecieron nuevas trayectorias, vuelos y distintas maneras de interpretar el engaño.
Ningún torero encarnó mejor ese impulso creador que José Ortiz Puga.
La aportación de Pepe Ortiz no consistió únicamente en aumentar el repertorio del toreo. Su mayor hallazgo fue modificar la concepción misma del capote. Dejó de entenderlo como un instrumento preparatorio para convertirlo en un medio de expresión artística. En sus manos, los lances dejaron de ser movimientos aislados y comenzaron a formar secuencias donde ritmo, armonía y continuidad producían una belleza nueva.
No es casual que Carlos Septién García lo definiera como el "Orfebre Tapatío". Sus lances de recibo, tapatías, orticinas, guadalupanas y remates respondían a una misma concepción estética: depurar el movimiento hasta hacerlo parecer natural. Sus quites poseían una cadencia casi musical. No buscaban el efectismo, sino la elegancia del trazo. Aquella suavidad resultaba todavía más admirable si se considera el tipo de toro que le correspondió lidiar: un toro poderoso, violento y con gran sentido, que hizo de las décadas de 1920 y 1930 una de las épocas más dramáticas de la historia del toreo.
La demostración más acabada de esa tauromaquia llegó el 28 de enero de 1934, durante la corrida de la Oreja de Oro en El Toreo de la Condesa. Frente al toro Periodista, de La Laguna, ejecutó por primera vez el quite de oro. La suerte sorprendió por su aparente sencillez: el capote por la espalda, el toro enlazado en una serie continua de giros y un remate de impecable naturalidad. La plaza estalló. Rafael Solana escribiría años después que aquel instante bastó para eclipsar toda la temporada y convertir el quite de oro en una de las grandes creaciones de la tauromaquia del siglo XX. Aquel quite confirmó que el capote todavía podía seguir escribiendo páginas nuevas en la historia del toreo.
La Saltillera de Armillita, la Caleserina de Alfonso Ramírez "El Calesero", la Vizcaína de Arturo Álvarez o las Altaneras de Javier Liceaga muestran que Pepe Ortiz no fue una excepción. Después vendrían Antonio Campos "El Imposible", Luis Briones, Valente Arellano, Rodolfo Rodríguez "El Pana", Miguel Ángel Martínez "Zapopan" y Humberto Flores. Durante décadas, el toreo mexicano siguió inventando suertes nuevas con una fecundidad creadora que no encuentra paralelo en otra escuela taurina.
Detrás de estos lances no estaba el deseo de añadir adornos. Había una manera distinta de imaginar el capote y de explorar hasta dónde podía llegar. Eugenio d" Ors sostenía que el barroco aparece cuando una forma descubre que todavía puede seguir creando. Eso fue eso lo que ocurrió con el capote en México. Cuando parecía que el repertorio clásico había alcanzado su plenitud, los toreros mexicanos demostraron que aún existían nuevas trayectorias, nuevos vuelos y nuevas posibilidades expresivas.
Vista en conjunto, esa capacidad de invención permite afirmar que el barroco mexicano encontró en el toreo una de sus manifestaciones más originales. Así como la arquitectura novohispana multiplicó columnas salomónicas, retablos y juegos de luz, el capote mexicano abrió nuevos vuelos, remates, giros y geometrías alrededor del toro. Cada nueva suerte ensanchaba un lenguaje que muchos creían agotado. En el capote mexicano, el barroco encontró una forma propia de expresarse.