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Armillita y Garza: aportación a la faena moderna

Sábado, 27 Jun 2026    CDMX    Antonio Casanueva | Foto: Archivo   
"...Despertó admiración entre los aficionados y temor entre..."
Muchos historiadores coinciden en que el toreo moderno, ligado y en redondo, se forjó en la línea que une a Gallito, Chicuelo y Manolete. Sin embargo, suelen pasar por alto la aportación decisiva de dos toreros mexicanos a esa evolución. En el marco del aniversario de los quinientos años de la primera corrida de toros documentada en lo que hoy es México, vale la pena volver la mirada hacia Fermín Espinosa "Armillita Chico" y Lorenzo Garza, dos figuras que enriquecieron de forma decisiva la arquitectura de la faena moderna.

El sobrenombre de "Armillita" nació por la comparación entre su padre y el banderillero madrileño Esteban Argüelles "Armilla". Con el tiempo, ese nombre terminaría identificando a una de las dinastías más influyentes del toreo.

Fermín Espinosa "Armillita Chico" fue el gran prodigio del toreo mexicano. Desde niño mostró una intuición fuera de lo común para entender a los toros. Su padre descubrió muy pronto aquel don y procuró darle una sólida formación práctica en el campo y en el rastro. Había, además, algo que no se aprende en ninguna escuela: entender las distancias, los tiempos y el comportamiento del toro. Sobre esa condición natural edificó una técnica depurada y un dominio que marcarían una época.

Cuando llegó a España en 1928 tenía apenas dieciséis años. La crítica lo recibió con un entusiasmo poco frecuente para un torero extranjero. Después de su alternativa en Barcelona escribió que no era una promesa, sino "un torero hecho", del que incluso podían aprender muchas figuras españolas. Eduardo Pagés, tras verlo confirmar en Madrid, afirmó que desde la muerte de Joselito no había contemplado un torero tan completo. Aquel adolescente mexicano no tardó en ocupar un lugar entre las grandes figuras del momento.

La evolución de Armillita hacia la faena moderna puede seguirse en dos tardes decisivas de Madrid. La primera tuvo lugar el 24 de mayo de 1931, apenas tres años después de la histórica faena de Chicuelo a "Corchaíto". Frente a un toro de Terrones que se defendía y había manseado en varas, el mexicano construyó una faena que sorprendió por la continuidad de los muletazos. El crítico Don Quijote describió una primera serie por la derecha ligada sin rectificar el terreno, rematada con el pase de pecho, seguida de otra de cinco naturales en redondo que volvieron a desembocar en el pase de pecho. La ovación estalló porque el público advertía que allí había algo distinto.

Aquella tauromaquia dejaba atrás el toreo de parón y se apoyaba en la quietud y en la ligazón de las suertes. Los muletazos de Armillita no sólo se enlazaban: se remataban detrás de la cadera y preparaban el siguiente pase. Eran muletazos largos. El toro, tardo en el primer cite, exigía presentar la muleta muy adelantada para embarcar la embestida desde mayor distancia y conducirla hasta el final del recorrido. La ligazón dejaba de ser una suma de pases aislados y pasaba a convertirse en la estructura misma de la faena.

Un año después, el 5 de junio de 1932, aquella intuición alcanzó su plenitud con la célebre faena al toro "Centello", de Aleas. José Carlos Arévalo la considera uno de los momentos fundacionales del toreo moderno. La clave volvió a estar en dos series de naturales. Armillita citaba con el compás abierto y la muleta retrasada; prendía la embestida con un leve toque, la llevaba muy reunida hasta rematarla detrás de la cadera y, sin perder la colocación, enlazaba el siguiente natural. Aquellas series mostraban un toreo más profundo, más largo y más ligado que el conocido hasta entonces. Por eso la línea que conduce de Gallito a Chicuelo no termina en "Corchaíto": encuentra en Armillita uno de sus desarrollos más altos y abre el camino que después culminaría Manolete.

Las grandes transformaciones de un arte rara vez aparecen completas desde el principio. Se van afinando en manos de quienes reciben una idea y descubren hasta dónde puede llegar.

La importancia de Armillita va mucho más allá de aquellos dos triunfos madrileños. A partir de entonces se consolidó como la primera figura del toreo y como uno de los grandes evolucionadores de la faena moderna. José Morente resume esa continuidad al afirmar que Joselito redescubrió el toreo en redondo y lo transmitió a Chicuelo, a Armillita y, después, a Manolete. Domingo Delgado de la Cámara coincide en esa lectura al situar al mexicano como el verdadero continuador de la línea de Gallito: un torero más largo y poderoso que Manolo Granero, capaz de desarrollar una tauromaquia basada en el dominio, el temple y la ligazón. La historia del toreo moderno no puede entenderse sin ese eslabón mexicano.

La evolución de la faena no dependió de un solo torero. Mientras Armillita desarrollaba una vía, Lorenzo Garza abría otra.

La aportación de Lorenzo Garza al toreo moderno siguió un camino distinto al de Armillita. Si el saltillense llevó la ligazón de la faena a un nuevo grado de perfección, el regiomontano hizo otro tanto con el pase natural. Su gran innovación consistió en fundir las dos grandes corrientes de la Edad de Oro. Lorenzo Garza asimiló la estética y la colocación de Juan Belmonte, pero logró ligar el pase natural con la continuidad que Chicuelo había dado al toreo en redondo. En esa síntesis radica una de las grandes aportaciones mexicanas a la evolución del toreo.

La demostración llegó el 29 de septiembre de 1935, en Madrid, frente al toro "Guitarrero", de Martín Alonso. Las crónicas de la época coinciden en describir una faena fuera de lo común. Federico M. Alcázar destacó la forma en que Garza ligó varias series por ambos pitones sin perder la colocación, mientras Alfonso Muñoz habló de unos naturales en los que adelantaba la mano para prender la embestida y conducirla con el temple de la muñeca. El público terminó invadiendo el ruedo para sacarlo en hombros. Aquella tarde el pase natural de Lorenzo Garza adquirió una dimensión histórica.

Pronto comenzó a repetirse una expresión que resumía la influencia del regiomontano: "agarzarse o morir". Diversos cronistas españoles coincidieron en que su tauromaquia representaba la evolución del pase natural de Belmonte. No porque lo imitara, sino porque había llevado su hallazgo un paso más allá. El natural dejaba de ser un instante aislado para integrarse en la arquitectura de la faena. En Lorenzo Garza convergían las dos grandes corrientes de la Edad de Oro: la emoción estética de Belmonte y la ligazón concebida por Gallito y desarrollada por Chicuelo

Por eso Lorenzo Garza ocupa un lugar singular en la historia del toreo. No fue sólo un torero de personalidad arrolladora ni un innovador de recursos aislados. Su mayor legado consistió en convertir el pase natural en una nueva síntesis estética, destinada a influir en las generaciones siguientes. Si Armillita perfeccionó la estructura de la faena moderna, Garza hizo del pase natural la expresión más acabada de esa misma evolución. Entre ambos, México dejó una huella decisiva en la forma de concebir el toreo del siglo XX. 

Armillita y Garza habían alcanzado la cima del toreo. Su éxito despertó admiración entre los aficionados y temor entre quienes veían amenazada su posición. El llamado boicot del miedo terminó cerrando las plazas españolas a los toreros mexicanos en 1936. La decisión buscaba frenar una competencia que los había rebasado en los ruedos. Pero produjo el efecto contrario. Expulsados de España, los mexicanos regresaron a nuestro país y fortalecieron una tauromaquia con personalidad propia. Luego vino la Guerra Civil española, que agravó la crisis del toreo peninsular y terminó por acelerar la independencia taurina de México.

El veto pretendía detener el avance de aquellos toreros. No podía borrar lo que ya habían cambiado dentro del ruedo. La faena moderna había incorporado para siempre una manera mexicana de entender el toreo.


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