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El temple, la aportación mexicana al toreo

Sábado, 13 Jun 2026    CDMX    Antonio Casanueva | Foto: Archivo   
"...Descubrió las posibilidades que encerraba el toro de San Mateo..."
En junio de 2026 los taurinos mexicanos celebramos 500 años de la primera corrida de toros documentada en lo que hoy es México. Como anuncié la semana pasada, dedicaré estos artículos a recorrer algunas de las contribuciones de México a la historia de la tauromaquia. Hoy me detendré en una de las más importantes: la ganadería brava y su influencia en el desarrollo del temple.

Templar consiste en acompasar la embestida del toro al ritmo que marca el torero. No se trata de correrla ni de vencerla por fuerza, sino de gobernarla, prolongarla y conducirla hasta el final de la suerte.

Durante buena parte del siglo XIX, el toreo mexicano y el español evolucionaron por caminos paralelos. Compartían raíces, pero cada país forjó usos, costumbres y formas propias de entender la lidia. La convergencia llegó en 1889, cuando Ponciano Díaz viajó a España acompañado por su cuadrilla. Entre sus hombres iba Vicente Oropeza, un personaje que terminaría ejerciendo una huella inesperada en el desarrollo del toreo moderno.

Oropeza no era un picador formado en la plaza, sino en el campo. Provenía del mundo charro y de las haciendas ganaderas, donde había aprendido a montar, conducir ganado y enfrentarse a toros bravos desde el caballo. Esa experiencia produjo una forma distinta de ejecutar la suerte de varas. En una época en que los caballos acudían al ruedo sin peto, muchos picadores buscaban aliviar el encuentro o escapar de la embestida. Oropeza hacía lo contrario. Dejaba llegar al toro, sostenía la acometida y mandaba en el encuentro desde la montura. La vara dejaba de ser un instrumento de castigo. Servía también para ordenar la embestida y fijar la atención del animal.

José Guadalupe Posada dejó un grabado de Oropeza ejecutando la suerte de varas. La imagen conserva una de las innovaciones más influyentes de la tauromaquia de finales del siglo XIX.

Aquella manera de picar llamó la atención de Rafael Guerra "Guerrita". El califa advirtió que el toro salía del encuentro más templado y más fijo. Comprendió que esa condición podía aprovecharse tanto en la plaza como en las tientas y comenzó a exigirla a sus picadores. La observación acabó trasladándose a la selección ganadera. Poco a poco empezó a buscarse un toro capaz de mantener la acometida, seguir los engaños y sostener la repetición de las embestidas. De ese cambio surgirían muchas de las condiciones que hicieron posible el toreo de Juan Belmonte, Joselito y Rodolfo Gaona. Una innovación nacida en el campo mexicano había terminado influyendo en la transformación del toro bravo y del propio arte de torear.

A partir de Vicente Oropeza, las faenas del campo bravo entraron en una nueva etapa. La suerte de varas dejó de concebirse como un castigo encaminado a quebrantar al toro y comenzó a orientarse hacia la conservación de sus facultades para la lidia posterior. Sin proponérselo, aquel charro mexicano abrió una puerta decisiva para la maduración del espectáculo: la posibilidad de que el toro llegara al último tercio con la fuerza, la movilidad y el ánimo suficientes para expresar toda su bravura.

Pepe Alameda explica en "Los arquitectos del toreo moderno" que José Gómez Ortega "Gallito" comprendió mejor que nadie la relación entre el toro y la arquitectura de la faena. Por ello cultivó una estrecha relación con los ganaderos andaluces e influyó en la selección de reses que permitieran reducir las distancias, templar las embestidas y dar continuidad a los muletazos. La faena moderna exigía también un toro nuevo.

Tanto Guerrita como Gallito vislumbraron un toreo más ligado, más largo y más profundo. Ambos imaginaron una faena construida sobre la continuidad de las suertes, donde cada pase preparara el siguiente y el torero pudiera enlazar la embestida sin rupturas. Sin embargo, aquel ideal tropezaba con el toro de su tiempo que aún no reunía las condiciones necesarias para sostener esa forma de torear.

La situación cambió gracias a una nueva aportación mexicana. La contribución de México al nacimiento de la tauromaquia moderna no se limitó a la aparición de grandes toreros. También alcanzó el terreno ganadero, donde comenzó a forjarse un animal distinto, capaz de hacer realidad lo que hasta entonces había sido una aspiración estética.

La ganadería de San Mateo, fruto de la visión de don Antonio Llaguno, produjo un toro singular para su época. Conservaba bravura y emoción, pero añadía una embestida más acompasada, más franca y más apta para el temple. Aquellas reses permitían al torero permanecer en el sitio y prolongar el viaje del toro sin recurrir al recurso defensivo ni a la ventaja.

Cuando Manuel Jiménez "Chicuelo" llegó a México era ya un artista admirado por la gracia de sus formas. Sin embargo, su toreo aún no había encontrado la profundidad que habría de convertirlo en una figura decisiva para la historia.

Fue en México donde descubrió las posibilidades que encerraba el toro de San Mateo. Aquellas embestidas le permitieron afinar el temple y comprender que el secreto no residía en sumar pases, sino en ligarlos. Frente a esos toros encontró el ritmo necesario para mandar la embestida desde el principio hasta el final del muletazo.

Gracias a ese hallazgo pudo ligar naturales en redondo con una continuidad desconocida hasta entonces. Lo que antes aparecía de forma esporádica se convirtió en un sistema. La faena dejó de ser una sucesión de momentos brillantes para transformarse en una obra construida sobre la unidad, la ligazón y el mando.

La aportación mexicana, por tanto, fue mucho más profunda que la invención de una suerte o la aparición de una figura. México contribuyó a crear las condiciones que hicieron posible una nueva forma de torear. Primero, al transformar la suerte de varas por conducto de Vicente Oropeza. Después, al impulsar una nueva selección ganadera bajo la guía de don Antonio Llaguno. Chicuelo encontró en ese toro la pieza que faltaba para completar una intuición que venía gestándose desde Guerrita y Gallito.

Con ese aprendizaje regresó a España. Y cuando el 24 de mayo de 1928 se encontró en Madrid con Corchaíto, de Graciliano Pérez-Tabernero, estaba preparado para llevar aquella idea a su máxima expresión. La célebre faena no surgió de la improvisación ni del azar. Fue la culminación de un largo proceso de evolución técnica, ganadera y artística. Por ello muchos historiadores la consideran uno de los momentos fundacionales del toreo moderno.

La historia suele recordar el momento en que una idea triunfa. Con menos frecuencia recuerda el camino que la hizo posible.

La faena de Corchaíto y el toreo moderno no nacieron en Madrid. La antigua plaza de la carretera de Aragón fue el lugar donde aquella revolución se hizo visible. Había comenzado con Vicente Oropeza, con la intuición de Guerrita y Gallito, y en los potreros de San Mateo. Entre las grandes aportaciones mexicanas a la historia del toreo, pocas resultan tan significativas como el temple.


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