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La belleza no basta

Sábado, 30 May 2026    CDMX    Antonio Casanueva | Foto: Plaza 1   
"...Porque toda propuesta artística busca algo más que ser..."
Lo bello no está solo en las cosas; también está en quien las mira. Por eso se discute sobre poesía, pintura, música o toros y, muchas veces, no hay acuerdo. Kant advirtió que el juicio de lo bello nace en cada persona. Pero eso no significa que todas las opiniones tengan el mismo peso. La sensibilidad también se educa. Aprende a distinguir, a comparar y a descubrir matices que antes pasaban inadvertidos. Hay subjetividad, sí, pero también discernimiento.

El lunes pasado el novillero mexiquense Emiliano Osornio tuvo una actuación en Madrid de notable refinamiento estético. Tanto con el capote como con la muleta destacó por el ajuste en los cites, el temple y la limpieza con la que ejecuta las suertes. Su concepto se basa en el embroque. Jugó los brazos con compás, cargando la suerte, con el pecho por delante, la cabeza baja y la barbilla encajada entre los hombros.

La faena al cuarto novillo de la tarde fue una sucesión de muletazos exquisitos. Vertical, acompasado, con ritmo, siempre reunido, mandando en la embestida y llevándola hasta el final del viaje. Hubo además cambios de mano, pases de trinchera y otros adornos de pellizco y torería. Finalizó la faena con naturales a pies juntos, rematados por abajo, de buen gusto y sentimiento.

José Luis Arruego en la crónica de Cultoro escribió que había pegado "sin duda, los mejores muletazos de lo que va de San Isidro." Paco Aguado, en Al Toro México, coincidió: "el toreo de más calidad y temple que se ha visto hasta ahora en este abono madrileño".

Pero en el tendido venteño la respuesta fue fría. Apenas algunos olés aislados. Antes había toreado en Valencia, Córdoba, Sevilla y Nimes, con un resultado parecido. Las crónicas insisten en la belleza de su toreo. El entusiasmo del público, en cambio, sigue siendo esquivo y los trofeos no llegan. Osornio posee una depuración poco común para un novillero, pero todavía no termina de conmover.

Desde que vi la faena del lunes no he dejado de preguntarme por qué. ¿ Qué le falta a un torero valiente, entregado y con semejante dominio de su oficio para terminar de conectar?

Hubo quien me dijo que a la faena le faltó ligazón. El argumento me sorprendió. Madrid ha sido históricamente una plaza donde se valoran el cite, el embroque, el cruce y la colocación más que la continuidad de los muletazos. Otros apuntaron hacia una imagen de suficiencia —incluso soberbia— que el tendido percibe como distancia. Un amigo fue todavía más duro. Despachó la actuación con una frase despectiva: "estuvo en maestrito".

La situación no es nueva en el toreo mexicano. Un antecedente es Jesús Córdoba. Matador pulcro, de excelente corte y valor sereno, emergió como un torero clásico. Dentro de los Tres Mosqueteros aportaba la cuota artística: era el más fino y elegante. Toreaba con la muleta con sobriedad y firmeza de pies. Se cruzaba y, cuando el toro humillaba, le corría la mano con temple y remataba el muletazo detrás de la cadera. Su tauromaquia se distinguía por una técnica impoluta y un notable sello artístico.

Buscó siempre la limpieza y la pureza. Tanto, que algunos llegaron a acusarlo de ser un torero académico: impecable en las formas, pero incapaz de transmitir emoción al gran público con la misma intensidad con la que cautivaba a los aficionados más exigentes.

Después de darle vueltas varios días, no estoy seguro de que la cuestión sea solo qué le falta a Osornio.

Cuando alguien dice que una faena es bella, no habla únicamente de una preferencia personal. Espera que otros vean lo mismo. Pero entre la belleza y la emoción no siempre hay correspondencia inmediata. Hay toreros cuya calidad se reconoce al instante y otros que necesitan tiempo. No porque el público esté equivocado ni porque el artista tenga necesariamente razón, sino porque toda propuesta artística busca algo más que ser ejecutada: busca ser compartida.

La sensibilidad se educa. Pero el arte también necesita encontrar el camino hacia quien lo contempla. La historia está llena de artistas que dominaron su oficio antes de aprender a comunicarlo. Quizá ahí resida una parte del desafío. No en elegir entre pureza y emoción, sino en lograr que la belleza conmueva.


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