Por uno de esos caprichos del azar, estoy en Madrid. Y, como era inevitable, vine a la Plaza de Las Ventas: la catedral del toreo. Caminé la plaza sin prisa. Está en obras, afinándose para San Isidro, pero nada da sensación de descuido. Todo está en su sitio. Hay orden, intención, como si la plaza estuviera ya en disposición de lo que viene.
Las Ventas impone desde lo material. Casi veinticuatro mil localidades, uno de los ruedos más amplios que existen. El ladrillo, la cerámica, la traza neomudéjar. Da la sensación de estar ante algo pensado para sostenerse en el tiempo.
Recorrerla es entrar en capas. La historia aparece pronto. 1931, la inauguración en la que estuvo presente Fermín Espinosa "Armillita chico", el inicio de una época que la convirtió en referencia. Luego la memoria más concreta. El museo. Los trajes de luces, los capotes, las cabezas de toros. Todo eso acerca la épica y la vuelve visible.
También está la forma en que hoy se deja entender. Hay recorridos, explicaciones, espacios inmersivos. Incluso una experiencia de realidad virtual que permite intuir lo que significa ponerse delante de un toro. La plaza se ofrece sin complicaciones. El aficionado reconoce. El que llega por primera vez empieza a entender. Y eso no es menor.
Dentro de la propia plaza hay otro tipo de tentación. La Librería Rodríguez. Un refugio para quienes aspiramos a ser bibliófilos taurinos. Está ahí, casi escondida, en la Sala Antoñete, a un costado del museo. Entré por curiosidad y salí con varios libros bajo el brazo.
Ahí platiqué con Carlos Ballesteros, bisnieto del fundador y heredero de una tradición familiar que lleva generaciones custodiando la memoria escrita del toreo. Hay algo especial en esos lugares llenos de libros. Uno entra a mirar y termina eligiendo. O siendo elegido. La cartera lo resiente. La afición lo agradece.
En los pasillos de Las Ventas me encontré con Isaac Fonseca y con Jacobo Hernández, su apoderado. Venían de una entrevista previa al compromiso de este Domingo de Ramos, donde enfrentará los toros de Dolores Aguirre, un encierro que en Madrid no concede nada y mide de verdad a los toreros.
Isaac conserva el mismo carisma de sus años de novillero. Saluda, sonríe, se detiene con quien se le acerca. Hay cercanía sin cálculo. Al mismo tiempo, se le ve metido en lo suyo, con la cabeza puesta en el compromiso. Esa combinación no es común. En él, la actitud fuera del ruedo corresponde con lo que expresa dentro.
Alguna vez escribí que su principal rasgo es la autenticidad, entendida como la coincidencia entre lo que uno es y lo que uno hace. No actúa un personaje. No imita. Llega a Madrid siendo él mismo, que es, al final, la forma más exigente de presentarse en una plaza como esta. Y quizá también la única forma de perdurar.
Jacobo piensa en el futuro de la Fiesta en México. Habla de proyectos, de caminos posibles, de cómo sostener lo que merece permanecer. Iniciativas como la creación de un himno nacional taurino lo ilusionan porque apuntan a algo más hondo que la coyuntura: la posibilidad de reunir a la afición en torno a un sentido compartido...
Quiere sumar, convocar, darle forma a algo que trascienda lo inmediato. Como su torero, es valiente. Entiende que las ideas grandes despiertan resistencias, que incomodan, que exigen tiempo. Aun así, las empuja. Es magnánimo. Tiene claro que hay causas que deben sostenerse incluso cuando no ofrecen garantías.
Después me topé con el matador Raúl Gómez "Campero", quien preparó un número especial de La Temporada Taurina dedicado a los dos mexicanos que se presentan en Las Ventas. Raúl es entusiasta, alegre, movido por una afición genuina que no se queda en la contemplación. Esa energía lo ha llevado a comprometer a empresas tapatías para respaldar a los toreros mexicanos. Su revista cumple la función de difundir la Fiesta y acompañar el momento de personajes como Isaac Fonseca y Diego San Román.
Al salir de la plaza, pensé que Las Ventas no se sostiene sólo por su historia ni por su arquitectura. Vive en las personas que la habitan. En los que se juegan la vida en el ruedo, en los que piensan en el futuro, en los que empujan desde fuera.
Ahí comprendí que la tauromaquia no es únicamente un espectáculo. Es una forma de continuidad. Algo que pasa de unos a otros y que solo permanece si alguien decide asumirlo como propio.
Quizá por eso un mexicano en Las Ventas no es solo un visitante. Es parte de esa cadena. Lo que ocurra en el ruedo importa. Y también –y mucho– lo que cada uno esté dispuesto a hacer para que todo esto siga teniendo sentido.