Hay trayectorias que no se explican únicamente por el paso del tiempo, sino por la fidelidad a una vocación. En la tauromaquia mexicana, pocas voces han encarnado con tanta claridad esa lealtad al oficio como la de Ramón Francisco Ávila Rivera, mejor conocido en los círculos taurinos como Yiyo.
Su historia comenzó mucho antes de los micrófonos y las cabinas. Siendo apenas un niño –entre los ocho y diez años– descubrió que la fiesta de los toros no era solo un espectáculo, sino una forma de entender la vida. Ese aprendizaje ocurrió al lado de su padre, don Ramón Ávila Salceda, quien resguardaba una de las filmotecas taurinas más importantes de México. Entre esas imágenes, faenas memorables y voces del pasado, Yiyo entendió que el toreo también se piensa, se recuerda y se defiende.
Aquel temprano contacto con la memoria taurina terminaría marcando su destino. Con el paso de los años, su voz encontró los micrófonos y comenzó a abrirse camino en el periodismo especializado. Su primer programa, Fiesta Brava, en su natal Aguascalientes, confirmó lo que ya se intuía: Yiyo no era un aficionado improvisado, sino un cronista formado para el oficio.
Para finales de los años ochenta su voz ya resonaba en la Ciudad de México a través de la XEW, donde su estilo directo, crítico y profundamente conocedor comenzó a distinguirse dentro del panorama taurino.
Porque Yiyo pertenece a una estirpe de cronistas cada vez más escasa: la de quienes no confunden pasión con complacencia. Periodista agudo, de los que no dan coba, ha hablado con la misma franqueza frente a toreros y frente a políticos, siempre con la convicción de que la crónica taurina debe cuidar, antes que nada, la verdad y la dignidad de la fiesta.
Programas como 6 Toros 6 marcaron una época al demostrar que la narración del toreo también podía convertirse en reflexión. En su voz, la emoción del ruedo adquirió forma didáctica y se transformó en pensamiento taurino, una rara capacidad para explicar la profundidad de un arte que muchas veces se reduce a la simple anécdota.
Romántico y bohemio empedernido, impulsor constante de su tierra y de sus toreros, Yiyo ha llevado siempre consigo el espíritu de Aguascalientes. No es exagerado decir que su voz y su ciudad se explican mutuamente: Yiyo es Aguascalientes y Aguascalientes, de algún modo, también es Yiyo.
Hace unos días, el propio cronista recordó el momento que cambió su vida:
“Un día como hoy, 4 de marzo, pero de hace 40 años debuté por primera vez en vivo, con la sección taurina en el programa Deportrece. Nunca dejaré de agradecer a mi padre, don Ramón Ávila Salceda, me haya puesto en este camino".
En esa gratitud se resume buena parte de su historia. Porque detrás del cronista hay también una herencia, una vocación transmitida y una vida dedicada a cuidar la memoria de la fiesta.
Cuarenta años después, su voz sigue recordándonos algo esencial: la crónica taurina no consiste únicamente en narrar lo que sucede en el ruedo, sino en salvar del olvido la emoción de cada tarde.
Y en ese territorio –el de la memoria, la palabra y la verdad– Ramón Ávila "Yiyo" ha hecho del recuerdo un auténtico oficio de vida.