Los griegos tenían dos palabras para hablar de lo imprevisible de la vida: týchē (τύχη) y moîra (μοῖρα). Týchē –la diosa de la fortuna– representaba la fuerza caprichosa que gobierna los sucesos inesperados: el azar, aquello que ocurre sin que nadie lo prevea ni lo controle. Moîra –vinculada a las diosas del destino (Cloto, Láquesis y Átropos)– se entendía como el principio que ordena la vida humana, como si respondiera a un designio inevitable.
Cuando una racha se prolonga demasiado, el azar empieza a parecer destino. Lo que en términos estadísticos es una coincidencia termina convirtiéndose, en la imaginación colectiva, en una maldición compartida.
En el deporte abundan estas leyendas. El béisbol estadounidense ofrece dos de los más conocidos: la "maldición del Bambino", que mantuvo a los Medias Rojas de Boston 86 años sin título, y la llamada "de la cabra", que persiguió a los Chicago Cubs durante décadas. En el futbol europeo persiste la advertencia de Béla Guttmann al Benfica en 1962: que el club no volvería a ganar un trofeo continental en cien años. En México, el Atlas rompió apenas en 2021 una sequía de setenta años sin campeonato.
En el toreo –donde el azar de la embestida convive con la idea de destino– estas historias aparecen con especial facilidad. Desde que Eloy Cavazos abrió la Puerta Grande de Madrid en 1972, ningún torero mexicano ha logrado repetir la hazaña. Han pasado más de cinco décadas y han desfilado diestros de distintas generaciones. Lo que comenzó siendo un simple registro ha terminado adquiriendo otro peso: el aficionado empieza a sentirlo como una deuda pendiente de la historia.
Las "maldiciones", en realidad, no son más que largos periodos de espera. Siempre llega el momento en que alguien surge para romper la inercia del tiempo.
En las próximas semanas, dos toreros mexicanos volverán a pisar el ruedo de Las Ventas: Isaac Fonseca (el Domingo de Ramos) y Diego San Román (el Domingo de Resurrección). Ambos representan una nueva generación que entiende que Madrid no es sólo una plaza: es una prueba de carácter.
En el cartel de inicio de temporada de Las Ventas se lee una frase sencilla y poderosa: "Vuelve el toro". Y con él regresan historias cuyo desenlace el tiempo aún no ha resuelto.
Quizá ninguno logre abrir la Puerta Grande. Madrid es una plaza demasiado exigente para prometer nada. Nadie sabe si gobierna Týchē o Moîra: el azar de la embestida o el designio del destino. Pero hay tardes en que ambas fuerzas se cruzan y la historia cambia.
Cada vez que un mexicano cita un toro en ese ruedo, la esperanza vuelve a ponerse en marcha. Las maldiciones no desaparecen por decreto: se rompen el día en que alguien emerge con el talento –y el valor– de desafiarlas… y, claro está, con algo de suerte.
Así que deseamos que Týchē –o, mejor aún, a la manera taurina– que Dios Nuestro Señor reparta suerte a Fonseca y San Román.