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Viñeta: Aquellos años sesenta

Martes, 24 Feb 2026    Cali, Col.    Jorge Arturo Díaz Reyes | Cronicatoro   
"...Si quieres aprender a escribir sobre la vida y la muerte..."
Hacía frío y llovía sobre el aeropuerto de Barajas la noche del martes 11 de octubre de 1960. Ernest Hemingway conmovido se despedía, por última vez de España y de su veinteañera secretaria irlandesa, Valery Danby Smith. Testigo íntimo, nuera póstuma y cronista de sus tres años terminales, ("Correr con los toros").

El escritor había llegado en agosto, como a recoger sus pasos, en un viaje que resultó enfermizo, amargo y triste. Yendo y viniendo tras las corridas, los lugares queridos y los viejos amigos, con la finca de su anfitrión, Bill Davis, "La Consuela" en Churriana (Málaga) como base. Pero no, ya no, los alegres días no volverían jamás. Córdoba, Salamanca, Ronda, Jerez…, hasta refugiarse la última semana en una suite del central hotel Suecia de Madrid. Torturado por su psicosis alcohólica; insomnio, depresión, somatizaciones, delirios persecutorios y obsesión suicida.

Allí le alcanzó una pena más. Su última publicación en vida; relato por encargo de la rivalidad Luis Miguel–Ordóñez del año anterior, "Dangerous summer". Editado por la revista Life en tres entregas. Se sintió traicionado y expuesto por la recortada versión (10.000 palabras). Furioso rechazó todo: la portada, la diagramación, las fotos "que lo hacían ver como un bobo" y sobre todo el texto. Renegó el sesgo ordoñista, las apreciaciones taurinas inconsistentes y la infamación a Manolete, por usar "trucos baratos para cautivar el público". Creyó que lo entregaban inerme a manos de sus enemigos. Que los tenía muchos, reales y espectrales.

Recuerdo haberlo leído por aquellos días, (la primera entrega), con avidez, placer y sin tales prevenciones, en un manoseado ejemplar de peluquería en Bogotá. Era yo un adolescente, seducido por su mundo y estilo literarios... Todavía.

Y así salió para al aeropuerto esa lúgubre noche de octubre, con la temporada también en agonía. Solo el joven Paco Camino le había brindado uno de los pocos momentos de ilusión, quizá el único, con su toreo, en el que creyó descubrir al sucesor de su idolatrado Antonio Ordóñez, y quien a su vez, pocos días después, terminaría encabezando las estadísticas de la temporada de 1960, junto a Gregorio Sánchez, con setenta corridas cada uno.

Feble, avejentado, cargando sus fantasmas, abrazado a su cuarta esposa, Mary, abordó Ernest el vuelo de Iberia a New York. Ya no volvería jamás. Pero era sólo un adiós físico, no el definitivo a su episódica y entrañable relación con España. Iniciada cuatro décadas antes, empujado desde París, por Gertrud Stein. Si quieres aprender a escribir sobre la vida y la muerte, ve a España a ver los toros, le dijo. Lo hizo y aprendió.

En 1985, Editorial Planeta publicaría la traducción al español, en libro corto, 45 mil de las más de 120 mil palabras originales del manuscrito. Era el cierre que no vivió.

Estaba por cumplir sus 62 ajetreados años, cuando apenas Ocho meses después, tras intenso tratamiento psiquiátrico en la Clínica Mayo, electrochoques incluidos, y ser dado de alta por supuesta mejoría, se volaría la cabeza con una escopeta de caza a la madrugada del 2 de julio de 1961, en su casa de Ketchum, Idaho.

Este trágico y estrambótico final de uno de los más insignes narradores de la Fiesta, paradójicamente daría paso a una de las también más felices décadas de ella…


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