Ocho larguísimos años duró la ruptura entre las torerías de España y México provocada por el famoso boicot del miedo promovido por Marcial Lalanda y adláteres en contra de la participación de coletas aztecas en las temporadas hispanas. Puede suponerse la mutua sensación de entusiasmo que, en el verano de 1944, saludó la noticia de un acuerdo amistoso, firmado por el empresario de "El Toreo" Antonio Algara y el Sindicato del Espectáculo español. Se acordó como condición que fuesen los mexicanos los primeros en actuar en cosos peninsulares ya que tan groseramente habían sido expulsados de ellos en 1936.
Si los públicos de allá recibieron con júbilo a las nuevas hornadas de matadores y novilleros mexicanos, encabezados por Carlos Arruza y su éxito arrollador no bien compareció en Madrid (18-07-44), en nuestro país no fue menor el alborozo ante la posibilidad de conocer a los nuevos valores de la baraja española, que aterrizaron en nuestra capital arropados por Cagancho, el viejo ídolo de la afición mexicana, cabeza del cartel que reanudó el intercambio en la segunda corrida de la temporada grande de 1944-45; del gitano apenas hubo esa tarde tenues destellos y Arruza cortó la primera oreja de la campaña, en tanto sufría una muy grave cornada en el orbital del ojo derecho el regiomontano Luis Briones, cuyas altas posibilidades artísticas chocaron siempre contra toda clase de obstáculos e infortunios (03-12-44).
De la ilusión a la decepción
En el elenco hispano que anunció Algara pesaba la ausencia de Manuel Rodríguez "Manolete", de quien se decía era el torero más grande surgido en España desde Gallito y Belmonte. Pero si la primera temporada del Convenio se fue muy pronto al barranco se debió, por un lado, el mal juego del ganado, pero también al hecho de que de las novedades hispanas resultaron un fiasco. Pepe Luis Vázquez, el más renombrado de ellos, con fama de artista finísimo, se hizo esperar para medio justificarla hasta su quinta aparición, con un toro de Piedras Negras (11-02-45). Era, por cierto, la primera oreja que cortaban los hispanos y habían transcurrido ya 13 corridas. Y para que Cagancho cobrara otro apéndice hubo que esperar hasta abril, pues Gitanillo de Triana (Rafael) y Rafael Ortega "Gallito" no vieron la suya y fueron de fracaso en fracaso. Y aparte Procuna, amplio triunfador del ciclo, tampoco la torería mexicana veía la suya. Para que hubiera algo digno de aplauso tuvo que reaparecer Lorenzo Garza, allá por el festejo número 22, puesto que Fermín Espinosa, tradicionalmente inmune a los pitones de las reses, se pasó casi toda la campaña convaleciendo del cornadón que le infligió un Zotoluca en San Luis Potosí (20-11-44), y El Soldado sólo se sacudió la abulia para inmortalizar a "Famoso" de San Mateo (07-01-45). La Oreja de Oro la ganó en buena lid Antonio Velázquez, un diestro casi sin contratos que entró por sorteo en la tradicional corrida anual de seis matadores (28-02-45). Durante casi toda la temporada, el tedio y las broncas fueron sucediendo entre el desencanto del respetable.
Del luto a la apoteosis
Pero no podía faltar, en medio de aquel desierto, el oasis de la tarde soñada, ésa de la que la gente sale toreando de la plaza. Llegó tras un domingo sin toros, ya que Algara decidió cerrar la plaza en señal de luto por el deceso del general Maximino Ávila Camacho, temible cacique poblano que no sólo era hermano del presidente de la república sino quien manipulaba, con mano férrea, los destinos de la fiesta brava mexicana. Debido a su fallecimiento, la corrida anunciada para el 18 de febrero se pospuso para el domingo siguiente.
El cartel no era como para lanzar cuetes. A Silverio Pérez, que lo encabezaba, le seguía doliendo la cornada de "Zapatero" de La Punta y daba más muestras de decadencia que de recuperación. David Liceaga sumaba ya tres lustros tratando en vano de codearse con los mandones pese a puntuales faenas dignas de recuerdo. Y a nadie había convencido Antoñito Bienvenida con su estilo académico, como llamaban entonces los cronistas a la corrección técnica sin aristas capaces de prender en el tendido. Eso sí, los toros de Torrecilla llevaban una buena racha embistiendo, no por nada pertenecían a la famosa estirpe Llaguno. No hubo llenó en El Toreo, apenas tres cuartos de aforo más o menos cubiertos.
Silverio y "Escultor"
El texcocano, que había continuado en plan gris con el abreplaza, se inspiró ante el cuarto y acabó bordándolo. Toro de notables clase y nobleza, "Escultor" –a cuyos restos se les dio la vuelta al ruedo-- facilitó la resurrección artística del Faraón, cuyo emotivo trasteo provocó descomunal alboroto –el privilegio de los artistas con sello, temple y mucho que sentir y decir-; el eficaz espadazo final le permitió cortar el primer rabo de la tarde entre el júbilo de la multitud, feliz de haberse reencontrado con su torero predilecto.
David y "Florista"
El segundo rabo fue para David Liceaga; su faena a "Florista" (5o), cuyas singulares dotes de calidad, transmisión y fijeza le valdrían asimismo triunfal paseo en torno al anillo, ha quedado fija en los anales de El Toreo porque en ningún momento se puso la muleta en la mano derecha. Cerca de veinte naturales, repartidos en tres o cuatro tandas, orlaron su memorable trasteo, rematado con estoconazo a un tiempo y cantado largamente como una de las cumbres en la historia del coso de la colonia Condesa. Naturalmente –nunca mejor empleado el término—Liceaga se alzó con los máximos trofeos y requirió la presencia del ganadero de Torrecilla Julián Llaguno González y, con él la de sus alternantes: los cuatro triunfadores recorrieron la pista bajo el peso de una auténtica apoteosis.
Bienvenida se destapa
El heredero del Papa Negro –tenido por español aunque naciera en Caracas– dejó en el hotel todo lo almidonado de sus tres comparecencias y, por una vez, su toreo cobró expresión y alma. Y como a la decisión aunó suavidad de seda en su hacer –quites de acentuada finura, faenas dotadas de color y gracia-- sus dos toros se fueron con una oreja de menos al destazadero y conquistó al fin al púbico de México.
Creo que fue este mismo Antonio quien, preguntado acerca del arte del toreo, respondió: "es lo que queda cuando le quitamos todo lo que pueda tener de técnica". Lamentablemente, en sus dos posteriores actuaciones en El Toreo no sólo recuperó el academicismo inexpresivo y frío sino, además, extremó demás las precauciones, provocando broncas y abucheos. Y jamás volvió a México, ni siquiera como turista. Pero en este 25 de febrero se rebeló y reveló toda su capacidad torera.
Coincidencias y discrepancias
Entre las abundantes publicaciones taurinas del México de los años 40 sobresalían los semanarios La Lidia y La Fiesta, de formato muy similar –magazines a tinta verde-; la segunda era el resultado de una escisión de la primera por diferencias irreconciliables entre sus cofundadores Pablo B. Ochoa y Roque Armando Sosa Ferreiro "Don Tancredo", que al romperse la sociedad creó La Fiesta, de la que sería cronista titular. El de La Lidia –que bien pudo ser el propio Ochoa—se enrtrecomillaba como "Francisco Montes". Las líneas que vamos a recuperar correponden a ambas: La Fiesta (28–02–45) y La Lidia (02–03–45).
Ambos críticos coinciden al elogiar la calidad excepcinal del encierro de Torrecilla como causa principal del éxito del memorable festejo. Para Don Tancredo "Los de Torrecilla, que fueron picados hasta hacerles sangre en abundancia, dieron estrepitosos tumbos y embistieron con magnífico estilo y bravura, dieron los siguientes pesos al ser desencajhonados: "Artista", 517 kilos; "Potosino", 460; "Cafetero", 47; "Escultor", 454; "Florista", 492; y "Sabroso, 536." Por su parte, "Francisco Montes" apuntaba en La Lidia que "Cafetero", "Escultor", "Florista" y "Sabroso" son cuatro nombres que desde el domingo (…) figuran en el libro de oro de la ganadería de Torrecilla.
También concuerdan en catalogar las actuaciones de Liceaga y Bienvenida. Don Tancredo: "Con “Florista", David escribió una de las páginas más notables de en la historia de nuestra tauromaquia (…) Ligó una faena exclusivamente izquierdista: diecinueve naturales, cinco pases de pecho, un afarolado y un molinete, coronándola con una estocada honda y desprendida que le valió los máximos galardones." Para "Francisco Montes", “A "Florista", número 18, negro zaino (…) Liceaga lo recibe con un cambio de rodillas (…) se ciñe bárbaramente al quitar por gaoneras (…) y viene la faena más clásica que hayamos visto de muchos años a la fecha (…) el toreo izquierdista en su mejor expresión (…) no se acordó de la mano derecha más que para entrar a matar (…) la plaza entera, emocionada, pide los máximos apéndices para David (que) con el ganadero y los otros dos alternantes recorre la pista entre una verdadera apoteosis."
El mismo "Montes" elogia asimismo a Antonio Bienvenida: "Ha triunfado clamorosamente en México, ha cambiado la onza y ha demostrado que la casta de la casa Bienvenida es casta de buenos toreros." , en tanto Don Tancredo señalaba: "Antoñito Bienvenida tuvo una tarde de apoteosis (…) que lo consagra en la admiración de los aficionados mexicanos ¡Ya era tiempo de que uno siquiera de los diestros españoles que figuran en el elenco de la temporada justificara su renombre!" Ambos detallan cómo Antonio, en plan desconocido, no desperdició ninguno de sus turnos en quites para ceñir dhicuelinas y gaoneras de muy fina factura, así como el hecho de que, contra su costumbre, decidiera cubrir el segundo tercio del cárdeno "Cafetero", así como la injusticia de quienes protestaron el orotorgamiento de una oreja del mismo, protesta atribuible al pinchazo que precedió a la estocada definitiva.
Distinto, en cambio fue el juicio que mereció a ambos críticos la actuación de Silverio Pérez. No con su primer toro, al que no quiso ni ver, pero sí en su triunfal faena a "Escultor", el cuarto de la tarde. Para "Francisco Montes", "Después de una larga cadena de fracasos (…) el domingo resurgió arrollador el toreo silverista que, con su cortedad y defectos, es hondamente bello y trágicamente hermoso (…) Con "Escultor", número 41, cárdeno oscuro y bravísimo (…) principió su trasteo dudando, y cuando todo hacía suponer un nuevo fracaso (…) liga una serie de derechazos en los que se despatarra, para, templa y manda en forma sensacional (…) nuevos derechazos de suavidad extraordinaria (…) lasernistas silveristas, trágicamente bellos y diferentes a los de los demás toreros (…) El toro iba para arriba y así lo comprendió Silverio (que) no queriendo prodigarse y con mucha precipitación deja el estoque caído y delantero (…) Cuando rueda "Escultor" la plaza está convertida en un manicomio y se conceden al diestto de Texcoco la oreja y el rabo de su enemigo." Evidentemente, hay en esta reseña un sí-pero-no que no acaba de definirse y, en todo aso, despide cierto tufo de antipatía hacia el texcocano.
Por contraste, Don Tancredo no se ahorra elogios al situar la de "Escultor" como la gran faena silverista que la gente llevaba tiempo esperando; advierte que "Poco hizo con el capotillo, pero lo que hizo fue de calidad extraordinaria: un quite por chicuelinas de seda, de temple prodigioso y calidad única, y otro por fregolinas, ajustado, preciso, señorial (…) Y con "Escultor" una faena de escándalo, de clase imponderable (…) No hubo tanto la angustiosa sensación de tragedia que distingue su toreo, sino la emotiva plasticidad de ir creando muletazos bellísimos, escultóricos, de una majestuosidad y una hondura de asombro (…) A pesar de ser totalmente derechista, sembró el delirio en el tendido."
El mismo Sosa Ferreiro señala que "Para nuestro gusto, el faenón del texcocano fue de superior calidad; pero el de Liceaga tuvo mayor mérito, al trazar con "Florista", a base de pases naturales, una de las obras más notables en la historia del toreo en México"