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Ir a los toros...

Sábado, 14 Feb 2026    CDMX    Antonio Casanueva | Foto: Archivo   
"...Pienso en mi padre, en sus manos sudorosas antes de la corrida..."
Para algunos taurinos, las corridas de toros son más que una afición. Son una forma de ser y de estar en el mundo. Imaginamos faenas. Soñamos lances. Y cuando tenemos boletos para una corrida, desde días antes la vivimos como si ya estuviera ocurriendo, en una especie de anticipación onírica. 

A mi papá le sudaban las manos el día de la corrida. Le gustaba llegar temprano a la plaza y ver cómo se iba llenando poco a poco, como quien presencia el nacimiento de algo irrepetible. Agustín Lara lo dijo mejor en el pasodoble dedicado a Silverio: "Con la garganta sequita, / muy sequita la garganta, / seca de tanto gritar…"

Estábamos acostumbrados a que febrero significara Plaza México. Pero las autoridades —decididas a imponer una moral uniforme inspirada en la nueva ortodoxia animalista— cerraron esa posibilidad y no solo limitaron nuestra libertad de elegir, sino que han interferido una tradición íntima que forma parte de nuestra identidad. Así que ahora nos toca mirar hacia otros ruedos, buscar en otras plazas la emoción que antes encontrábamos en casa.

No conozco la Plaza de la Luz, en León, Guanajuato. Es casi irónico: por motivos de trabajo, durante muchos años iba con frecuencia a esa ciudad, una de las más prósperas del Bajío, y nunca crucé el umbral de su coso.  

Desde que se anunciaron los carteles, hubo dos fechas que me atrajeron de inmediato: una corrida y una novillada. Y para mi buen fario, quedaron reunidas el mismo fin de semana. 

La corrida está bien armada: una figura española, Emilio de Justo; un joven que despierta interés, Arturo Gilio; y una de las promesas más sólidas de la torería nacional, Bruno Aloi, con toros de Santín. La novillada no se queda atrás: el tapatío Jairo López, de personalidad marcada, alternará con Mariam Cabas —la llamada "princesa del toreo"— ante novillos de Xarama.

Ahora, mientras hago la maleta y reviso por tercera vez que los boletos estén en la cartera –ahora digital–, siento ese nervio antiguo que no ha cambiado con los años. El aeropuerto ya no es solo un trámite: es la antesala de algo que me altera y me devuelve a lo esencial. Viajar a los toros no es trasladarse de ciudad, es ponerse en disposición. Es aceptar que, durante unas horas, el mundo se reducirá al ruedo y a lo que ahí ocurra. Pienso en mi padre, en sus manos sudorosas antes de la corrida, y entiendo que esa emoción no era ansiedad sino una forma de estar vivo. Ir a los toros —tomar un avión para ver una corrida— es reafirmar esa manera de habitar el mundo: con expectativa, con riesgo, con la esperanza intacta de que algo extraordinario pueda suceder.

Por paradójico que parezca, sé de antemano que lo más probable es que regrese con una leve desilusión.  Que los toros resulten deslucidos, que el viento estorbe, que los diestros no estén a la altura, que el público confunda júbilo con exigencia…

Ya lo explicaba Savater: el taurino está, de algún modo, condenado a la frustración. Persigue una faena perfecta que casi nunca llega. Su pasión se alimenta de la misma materia que la nostalgia, la esperanza y la desesperación: una extraña mezcla entre lo que fue, lo que pudo ser y lo que todavía creemos posible. Ir a los toros es aceptar de antemano la posibilidad del fracaso y, pese a ello, volver.

Paloma me apura para salir al aeropuerto. Es fin de semana del 14 de febrero y ha querido celebrar San Valentín regalándome este viaje.

No vamos solos. Nos acompañan las tardes de febrero en La México, el recuerdo de mi padre y esa fe testaruda de que ocurra lo improbable: que un toro bravo embista con emoción y que un torero tenga el valor y el temple para bordarlo.


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