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Hacia un himno de los 500 años

Sábado, 31 Ene 2026    CDMX    Antonio Casanueva | Foto: Archivo   
"...estamos llamados a escribir el nuevo verso de esta tradición..."
En 2026 se conmemoran cinco siglos del primer festejo taurino documentado en México. No se trata de un hito exclusivo de ganaderos o empresarios: es parte de nuestra memoria cultural compartida, un rito fundacional que ha acompañado la construcción de identidad en este territorio.

Por eso es tan valiosa la iniciativa de convocar a la creación del Himno Taurino de México. Más allá de sus méritos musicales o poéticos, esta propuesta tiene un gran acierto: invita a participar. Y en momentos como el que vivimos, eso es clave.

Como escribí hace tiempo en este mismo medio, involucrar a la afición es uno de los pilares para revitalizar la tauromaquia. Y no solo como espectadores: involucrarla en los valores, en la defensa y en la creación. Hacerla parte del presente, no solo del recuerdo.

La importancia de un himno

El himno es una forma simbólica que consagra lo heroico o lo identitario a través del lenguaje poético-musical. Un himno no surge en tiempos de comodidad, sino cuando una comunidad necesita afirmar su identidad frente a la incertidumbre. No es solo una composición estética, sino un acto que articula una comunidad en torno a valores compartidos. En este marco, la convocatoria para crear un Himno Taurino de México puede entenderse como un esfuerzo por elevar la tauromaquia —concebida aquí como patrimonio cultural tangible e intangible— a una expresión de trascendencia simbólica y afirmación colectiva, en especial en el contexto del 500 aniversario de su presencia en México.

Este proyecto puede vincularse con obras como la Sinfonía "Eroica" de Beethoven, que exalta la figura del héroe en clave trágica, y el "Himno a la Alegría" de Schiller, que plantea una utopía de fraternidad universal. Ambas obras muestran que la música no acompaña a la historia: la interpreta y la orienta. La Eroica representa la lucha del individuo frente al destino, mientras que el Himno a la Alegría canta a la unión de los pueblos. Un himno taurino, en este sentido, no defiende una práctica: articula una visión del hombre frente al riesgo, la muerte y la responsabilidad. Pretende exaltar la grandeza, el valor trágico y la identidad mestiza y policultural mexicana que encarna la fiesta brava.

Así, este himno no es solo un canto conmemorativo, sino una forma de resistencia cultural y proyección simbólica. Funciona como un acto análogo al rito, en el que se reactualiza una memoria viva. Desde esta perspectiva, la creación del himno es también un ejercicio filosófico —una poética de la identidad— que busca instituir sentido en un tiempo donde lo tradicional y lo moderno están en constante tensión.

Fonseca y Hernández: los toreros que dan la cara

Esta idea surge de dos toreros que no solo dan la cara en la plaza: Isaac Fonseca y Jacobo Hernández. En lugar de esperar a que otros resuelvan, proponen. En lugar de deslindarse de la defensa pública, se involucran. Fonseca, en particular, ha sido un pilar en todos los frentes: se juega la vida con todos los encastes, torea en cada rincón del mundo y también se planta con claridad frente a quienes intentan deslegitimar la Fiesta desde el discurso ideológico. Su iniciativa señala un cambio de época: la defensa de la tauromaquia ya no puede delegarse; debe asumirse.

Mientras otros se esconden detrás del silencio o de los flashes, ellos asumen la responsabilidad de ser toreros también fuera del ruedo. Esa actitud trasciende el aplauso: exige un compromiso colectivo.

Este himno será nuestro si lo hacemos nuestro

Nos toca a los demás apoyar esta iniciativa. Compartirla. Mandarla a músicos, poetas, compositores. Difundirla en nuestras peñas, en las bandas que suenan en las plazas, en las escuelas de música. Porque si el himno se construye con voces diversas, será más representativo. Será, de verdad, un himno nacional taurino.

Será también una oportunidad para despertar el interés de nuevas generaciones. Y no solo como una consigna defensiva, sino como una afirmación artística de orgullo, belleza y pertenencia.

Los toros no se sostienen desde arriba

La Fiesta no se sostiene desde arriba, sino desde la base. Y cuando esa base se siente convocada, escuchada e incluida, responde. No hay mejor ejemplo que este: una convocatoria abierta, incluyente, con reglas claras y con un incentivo simbólico y económico bien estructurado.

Cinco siglos después, estamos llamados a escribir el nuevo verso de esta tradición. Que resuene en las plazas, pero también en las aulas, en las bandas, en las redes. Que sea un canto de unión y de fuerza. No para repetir el pasado, sino para darle forma audible al futuro.

Porque si algo necesita hoy la tauromaquia en México, es un lenguaje común, un símbolo compartido, una voz que cante lo que somos. Unidad para sostenerse. Sentido para explicarse. Voz para no desaparecer.


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