El gran aficionado práctico Lalo Azcué falleció ayer de causas naturales en su casa de la Ciudad de México, cuando contaba 92 años y luego de una larga y buena vida de la que dedicó sus momentos estelares a disfrutar de la Fiesta Brava en su faceta como torero sin alternativa, ya que nunca toreó de luces, pero lo hizo de corto con una enorme categoría a lo largo de más de 50 años.
Lalo había nacido en esta capital en 1933, y desde niño se aficionó a los toros de la mano de su padre, que lo introdujo en el ambiente de los profesionales, gracias a sus amistades con distintos personajes del medio.
Estudió Derecho en la Universidad Nacional Autónoma de México, y fue un excelente abogado que durante muchos años le llevó asuntos a la compañía de aviación Iberia. Fue entonces que comenzó a torear festivales con mucha frecuencia en aquella magnífica Peña Taurina de Aficionados Prácticos de la Ciudad de México, en la que alternaba con otros toreros prácticos de la talla y calidad de Humberto Peraza, Jesús Dávila, Paul Armand, Pepe Murillo Alvírez, Germán Le Batard, entre otros.
Invitado especial en distintas ganaderías, donde se le daba turno, Lalo aprendió a tentar y pronto se convirtió en un buen torero, valiente y decidido, que llegó a estoquear con solvencia toros con trapío, y tampoco se salvó de sufrir percances, como aquella fractura de clavícula en la desaparecida ganadería de Vicencio, probando un toro para semental, que pesaba unos 500 kilos, del hierro de San Mateo.
A lo largo de su vida en los ruedos, que abarcó más de medio siglo en activo, Lalo se granjeó el cariño de varias generaciones de aficionados prácticos, pues se le quería y respetaba, pues era dueño de un trato muy afable, cariñoso y educado. Entre sus amigos íntimos se contaban varios ganaderos, tales como Raúl González, de Piedras Negras o Adolfo Lugo Verduzco, de Huichapan, con los que compartió muchos momentos de gozo en el campo bravo.
Sus restos serán velados en el Panteón Francés, a partir de hoy a las 09:00 horas. Le sobrevive su viuda, Nora Funtanet, y sus hijos Daniela, Nora y Lalo, a quienes enviamos el pésame por la pérdida de un hombre que vivió por y para el toro. Descanse en paz tan insigne aficionado.