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Tauromaquia: Escenarios después de la batalla (I)

"...los están azuzando, abasteciendo y utilizando como meros..."

En buena lógica ocurrió lo justo: que luego de una votación democrática la propuesta por abolir la fiesta brava en Puebla quedara en vana pretensión. No prosperó la celada minuciosamente preparada desde Palacio y los taurinos estamos de enhorabuena. Y no tanto en cuanto taurinos como en cuanto poblanos preocupados por la defensa de nuestro patrimonio cultural, atacado desde fuera con saña unas veces sorda y otras, como la presente, en uso de misiles de largo alcance, persuasivos desde lo sensiblero y convenientemente alineados con lo políticamente correcto y con la ética utilitaria y mercantil que trajo la globalización, corriente neoliberal y anglosajona por antonomasia.

Hasta aquí, todo claro. Pero no ocurre lo mismo si se vuelven los ojos al porvenir y los oídos a la promesa de nuevas y más furiosas ofensivas en contra de la tauromaquia tal como lo prometen los animalistas con artero revanchismo y obsesivos sentimientos de odio hacia las tres comunidades que han sostenido tradicionalmente a la fiesta de toros: una comunidad laboral –directamente relacionada con las corridas y su organización, la ganadería brava y su mantenimiento–, una comunidad artística –que envuelve a todos los profesionales del toreo pero también a infinidad de creadores de obra de arte y artesanías inspiradas en motivos taurinos–, y, la más numerosa, la comunidad de cofrades que integramos la afición, hacia quienes la taurofobia profesional y sus fanatizados seguidores no se ahorran insultos y descalificaciones impregnadas de violencia y odio. Por no hablar de su visceralidad elemental y su palmaria ignorancia acerca del objeto de sus diatribas.

Tienen ellos, sin embargo, esta ventaja fundamental: se trata de un pequeño ejército de activistas perfectamente nutrido de pertrechos y consignas por los centros de poder donde se cuece el mercado global, con su pensamiento único y su evidente intención de menoscabar las culturas y valores de la periferia para mejor someterlos a su hegemonía. Todo lo cual forma parte de un plan muy bien orquestado y dotado de medios económicos y propagandísticos muy vastos. No es casual que su puesta en marcha –que, por supuesto apunta más allá de la supresión de la tauromaquia– haya coincidido con la explosión tecnológica que desde la implantación formal del Consenso de Washington estamos viviendo. Que nos están haciendo vivir.

¿Qué hacer frente a esto?

Ante lo inevitable, reconocer que todo mal tiene su antídoto. Y descubrir éste cuanto antes para ponerlo en práctica sin demora. A condición de que, efectivamente, sirva para desnudar y contrarrestar el envite del adversario de manera adecuada y duradera. Y con un objetivo primario: desarmar los argumentos del adversario no ante sus incondicionales, que no están para razonar sino para agredir, sino ante una opinión pública debidamente informada y enfocada de manera consciente y decidida al reconocimiento y defensa de su propia visión del mundo, que eso y no otra cosa es lo que tiende a reflejar todo acto cultural vivo y legítimo. Ante la negación, la reafirmación. Contra la tentación de replegarse, la firme resolución del paso al frente.

Qué se requiere

Como no estamos en condiciones de competir con la taurofobia organizada en poderío económico ni propagandístico, habrá que enfocar nuestros recursos con mucha mayor precisión y sutileza. Esto último no ofrece, en apariencia, mayor dificultad, pues nada tiene de sutil la prédica de ellos, monocorde y machacante en su monótona repetición de consignas al mejor estilo Goebbels, cuyo jefe, Adolf Hitler, por cierto, amaba tiernamente a sus mascotas. Empero, el apuntalamiento de la tauromaquia en estos tiempos de franca retirada de sus actores y factores de la escena pública –gravísimo error del que casi nadie supo percatarse a tiempo–, convierte esta tarea en un desafío formidable.

Y sin embargo, ¿no es verdad que el mito que sustenta la corrida reúne en su ética valores como el arrojo, el coraje, el pundonor, el sentido de alerta, la serenidad y la creatividad indispensables para dominar la animalidad interna y externa al ser humano? Pues llegó el momento de demostrar que esta ética alienta no sólo en aquellos que buscan hacer arte al filo de la muerte, sino asimismo en quienes, desde el otro lado de la barrera, estamos dispuestos a defender nuestra fiesta de una amenaza potencialmente terminal utilizando sus mismos atributos, única forma de honrar, en horas extremas, nuestro amor por la fiesta y su permanencia entre nosotros. Porque somos cultura y sin la cultura no seríamos sino la sombra en que sueñan convertirnos nuestros verdaderos adversarios, que no son los taurófobos –todo lo agresivos que se quiera pero ingenuos en el fondo– sino los poderes dominantes que, desde la opacidad, los están azuzando, abasteciendo y utilizando como meros proyectiles.

Hay mucho por hacer

Una vez superada en Puebla una batalla vital para la supervivencia de las corridas, el reto que la contraparte propone nos obliga a trabajar en y por la unidad del taurinismo responsable y auténtico. Y hacerlo en cuando menos tres frentes: el cultural, el legal y el propiamente taurino. Ellos cubrirán la temática de esta columna en las siguientes semanas. Bajo la advertencia de no precipitar juicios y dominar cualquier impulso visceral, así como descalificaciones y salidas de tono centradas en personas o en hechos coyunturales. En eso consiste la tauromaquia: para poder parar, templar, mandar y dar su espacio y extensión al toreo se requieren juicio sereno y técnica precisa: cerebro, corazón y algo más. Y que al análisis realista y a la coherencia mental se una la resolución de alcanzar un objetivo concreto sin titubeos ni desviaciones.

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