El pasado domingo, durante la transmisión oficial desde la Plaza México vía audio, destacábamos el interesante comportamiento del tercer toro de Jaral de Peñas, de nombre "Bienvenido", y sobre todo nos llamó la atención su pelea en la suerte de varas.
Este ejemplar fue al que, a la postre, Arturo Saldívar terminó por cortarle una oreja, aprovechando su boyante alegría durante la lidia.
En el caballo, que es el tema central de esta columna, el toro de Jaral de Peñas no cabeceó, sino que metió la cara abajo y peleó empujando con los riñones, creciéndose sin intentar quitarse la vara. Cierto es que el castigo ordenado por el espada en turno fue breve, pero ahí quedó el comportamiento del astado.
A veces no confundimos, pues aunque parece espectacular, no es un comportamiento de verdadera pelea cuando el toro echa la cara arriba, tirando derrotes para hacer sonar espectacularmente el estribo. Vamos, que esto es sinónimo de quererse quitar el palo, de no afrontar pelea y defenderse.
Esto último tiende más al concepto de "genio", desde nuestra óptica. El toro bravo va hacia adelante y persigue los engaños humillando (como de suyo pelea un toro, por ejemplo, con otro astado en el campo). En el caballo -al bajar la cara- empuja con los riñones. Ya lo decía alguna columna nuestro admirado compañero Paco Aguado: "La bravura es de tracción trasera.
Cuando el toro es bravo presenta rasgos ofensivos más que defensivos. En primer lugar destaca la fijeza, que no es otra cosa que estar atento a los objetos que le citan y quedarse en el sitio donde se le remata en las suertes, y en segundo la obediencia a los toques, acudir con prontitud y boyantía a los movimientos, sin recular.
La bravura es exigente, dado que el toro embiste al movimiento donde es citado, de tal forma que si el torero no se queda quieto, o comete errores técnicos en el manejo de los engaños, puede salir volando. Además, no es fácil estar a tono ante un toro que tiene fondo, que acomete con alegría, humillando y repitiendo, momentos en los que juega un papel básico la colocación entre pase y pase, además del pulso para poder templar.
Cuando el toro tiene verdadera bravura y en circunstancias correctas, suele tener duración y embestir en repetidas ocasiones, y como sucede en el toro mexicano, ir a más y ofrecer faenas de una gran cantidad de muletazos.
Naturalmente que el toro bravo tras la lidia y ya hacia el final de ésta, puede tender a desarrollar sentido. El problema de la poca casta es que el toro, al defenderse constantemente, puede llegar a buscar el bulto desde los primeros compases.
Siempre ha sido la bravura del toro el eje fundamental de la Fiesta, ya que permite disfrutar dentro del redondel. Y es importante, dentro de los diferentes matices de una Fiesta tan subjetiva, comprender las características que definen al toro de lidia, sin duda el más bello de los animales y el que muere con una mayor dignidad