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El comentario de Juan Antonio de Labra

Jueves, 22 Jun 2017    CDMX    Juan Antonio de Labra | Opinión     
...La Fiesta es un fiel reflejo de la vida; del acontecer diario de...
La fiesta de los toros es a veces tan cruel y despiadada, pero casi siempre tan grande y maravillosa, capaz de conceder la inmortalidad a aquellos que se atreven a vestirse de luces. Como ha ocurrido con Iván Fandiño. Y la muerte de un torero siempre duele; cala en lo más hondo. Es algo que nos deja vacíos de ánimo, tristes, meditabundos.

Sin embargo, esa muerte gloriosa, a la que ellos no temen, viene a ser la reivindicación de un espectáculo deliberadamente anacrónico que nos hace recordar la importancia de la vida.

El rito sacrificial de la corrida, encarnado en la muerte de seis toros, representa, precisamente, la grandeza humana; la de la entrega de la vida de un ser que busca expresar sus sentimientos a través del riesgo. Por eso el torero es un hombre subversivo que puede elegir la manera de acercarse a la muerte, de afrontarla, y de esa manera sentirse vivo delante del toro.

La Fiesta es un fiel reflejo de la vida; del acontecer diario de todos nosotros, que ahí vamos cada uno con nuestros problemas a cuestas, tratando de resolverlos con la mayor inteligencia posible; afrontado muchas veces las injusticias o las dificultades, y plantándole cara a todo aquello que nos aqueja. Es una escuela de valores para aquellos que sabemos apreciarla.

La terrible cornada sufrida por Iván Fandiño nos recuerda a las que segaron la vida de Alberto Balderas; de Yiyo y Manolo Montoliú, o la de  Víctor Barrio, al que llorábamos apenas hace un año.

Y una vez más, como también ocurrió cuando el inolvidable Rodolfo Rodríguez "El Pana" dejó este mundo, la vileza del antitaurinismo se vuelve a manifestar con todo su odio en las redes sociales, a través de mensajes que demuestran su preocupante perversidad.

Ahora que Iván Fandiño ascendió a otra dimensión, su figura valiente y gallarda será un ejemplo de independencia, de confianza en sí mismo, pues trató de mantenerse al margen de las empresas y se contrataba por la libre con la valiosa ayuda del único apoderado que tuvo desde novillero, Nestor, que para él fue como un hermano mayor.

Y aunque en las últimas dos temporadas Iván se encontraba a la baja, marginado de las grandes ferias, trataba de recuperar el sitio que le correspondía por derecho propio.

Hoy su muerte nos deja inmersos en la tristeza, reconfortados sólo por la esperanza de saber que Iván así lo quiso… porque murió con grandeza, haciendo lo que amaba. Y eso siempre será un privilegio para los toreros, esos héroes literarios que son un baluarte en la convulsa e hipócrita sociedad de nuestros días.


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