La Fiesta Brava no es ajena a los tiempos de la Independencia. Igual que en la Conquista o en la Colonia, tal o cual batalla ganada se suele celebrar con festejos taurinos. Se sabe que Miguel Hidalgo llega a vender toros de lidia y hasta en una ocasión es visto en la plaza de San Luis Potosí.
Se cuenta que Ignacio Allende, tres días antes de que se diera el grito de Dolores, torea y lucha cuerpo a cuerpo con un burel en el palenque de gallos de dicha cuna. José María Morelos, por su parte, en su infancia tiene una estrecha relación con este tipo de ganado.
Así, entre los llamados Padres de la Patria hay colaboradores, otrora toreadores profesionales, tal como es el caso de Agustín Marroquín, famoso no por sus hazañas en el ruedo —de las cuales no se conserva noticia alguna—, sino por unirse a las huestes independentistas.
La historia de Agustín Marroquín, conocido durante la independencia como el Torero Marroquín, es más bien oscura: no tanto por la falta de datos en torno a su persona -ausencia, sin embargo, notable a la hora de escribir su biografía, cuyos primeros apuntes los encontramos en la obra Historia y tauromaquia mexicanas de José de Jesús Núñez y Domínguez-, sino por su sanguinaria leyenda de matador, y no exactamente de toros.
Varios autores coinciden en afirmar que llega a la Nueva España en 1803 para servir de criado al virrey José de Iturrigaray y Aróstegui para, después de caer de su gracia, convertirse en torero, tahúr, ladrón, presidiario y, por último, brazo ejecutor del cura Hidalgo (por lo que se desconoce cuándo, cómo y porqué Hidalgo se interesa por Agustín Marroquín, pero parece que su existe una relación entre ambos nacida antes de la misma conspiración de la Independencia), quien al entrar a Jalisco lo libera de la cárcel, lo vuelve su mozo de estribo, coronel y verdugo de los enemigos de la Independencia hasta que, el 10 de mayo de 1811, en Chihuahua, Marroquín es fusilado por la espalda, motivo por el cual también se recuerda la presente efeméride.
Así lo recuerda el autor Terencio Higareda e Ijar en uno de los considerados primeros corridos mexicanos en el que quedó incorporado el tema taurino:
Corrido (Romance) del Torero Marroquín.
LA INHUMANIDAD DEL TORERO MARROQUÍN.
Quando el hombre a las pasiones
les concede franca rienda,
labra su propio destino
para una fortuna adversa.
La historia de Marroquín
ha sido bien manifiesta:
Tubo padres muy honrados…
¡Oxalá (sic) no sucediera
asi, puesto que a los mismos
que el ser le dieron, de afrenta,
de vituperio cubrió
con su conducta perversa!
Dotóle el cielo de aliento
¿Quién pensará revolviera
este favor contra el propio
que le concedió tal prenda?
Sirvió algún tiempo en las tropas
logrando ascensos en ellas,
Hasta que sus travesuras,
según comúnmente cuentan,
lo apartaron del servicio
consiguiendo la licencia.
Entonces tomó el oficio
de Torero, donde encuentra,
con peligro de la vida,
deshago a su soberbia
exercitando (sic) en las plazas
aquella índole sangrienta.
Ni persuasiones, ni ruegos
de los suyos, aprovechan
para desviarle del rumbo
de tan riesgosa carrera.
Los aplausos de la plebe,
admirando su destreza,
dieron a la vanidad
de este osado más vehemencia.
Montaba bien a caballo
en medio de la carrera
desensillaba, y volvía
a ensillar, sin que pudiera
haber quien le compitiese
con galopa a media rienda
sobre dos brutos parado
andaba; finalmente era
muy afamado en la lucha
de las irritadas fieras.
(. . . . . . . . . .)
Las pocas referencias en torno de este popular torero, más de nombre que de hazañas taurinas, se dan en su relación enfermiza con la muerte. Y el ejemplo más claro lo proporciona uno de los personajes en La vida civil en México, obra de Luis de Bellamare o Gabriel Ferry su seudónimo que, en torno al matador, señala:
“…Con una mano sostenía una antorcha, y con la otra blandía una de esas largas espadas de dos filos, que se emplean en las corridas de toros (…) Cubría su rostro una espesa barba, y su camisa, húmeda y ensangrentada, marcaba sus robustas espaldas. Sus ojos brillantes y la feroz expresión de su fisonomía, me hacían creer en una aparición diabólica”.
Más adelante, Ferry pone el siguiente comentario en boca del torero:
"Escucha, amigo. Has de saber que no he degollado esta noche (…) Esos doscientos españoles decían, como tú, que eran amigos del general, lo cual no ha impedido que… ¿creerás que aún tengo sed? El aguardiente puro no embriaga tanto como la sangre”.
Y el otro personaje describe:
"El robusto torero, a quien había visto paralizar con mano poderosa los esfuerzos de los toros en las plazas, me venció de nuevo cuando un caballero…", tal y como nos lo comparte nuestro ya conocido Núñez y Domínguez.
Valgan, pues, tales párrafos, propios más de la ficción que de la realidad, para lograr un perfil de un toreador que, pese a sus inconfesables vicios, representa una parte confusa de la historia no sólo Patria, sino tauromáquica, época en donde nada es lo que parece y en la que cualquier bandolero o no, con el arrojo y la fuerza corporal necesaria para enfrentar a un toro o asesinar a un hombre, puede participar en lo público o en lo privado en el espectáculo y evolución de la fiesta brava.
Algunos datos más acerca de su vida, los encontramos en la tesis de licenciatura en Historia que Benjamín Flores Hernández presentó en 1976 y cuyo título es “Con la fiesta nacional. Por el siglo de las luces. Un acercamiento a lo que fueron y significaron las corridas de toros en la Nueva España del siglo XVIII”. México, UNAM, Facultad de Filosofía y Letras. Flores Hernández apunta:
"De origen español (aunque existen claras evidencias de que nació en el estado de Veracruz), quizás ya en su patria había ejercido la profesión de torero. En 1803 pasó a México, adonde vino acompañando a don José de Iturrigaray, en calidad de su criado. Aquí se encargaba de llevar a pasear a los hijos del virrey. Más adelante se hizo tahúr y luego lidiador profesional. No he encontrado noticias sobre las ocasiones en que entrara a bregar con toros en las plazas: sin embargo, parece que llegó a gozar de cierta fama.
"Tiempo después se convirtió en bandolero. Por un robo que hizo en México debió salir huyendo de la capital, logrando mantenerse oculto por un tiempo gracias a la ayuda que le prestó su antiguo amigo Antonio San Román –tío abuelo del sacerdote historiador Agustín Rivera-, quien lo escondió en Guadalajara. Aprehendido por fin en dicha ciudad, permaneció preso por espacio de algunos años hasta que lo libertó el cabecilla insurgente José Antonio Torres. Tal vez Miguel Hidalgo y Costilla lo conocía ya desde antes; el caso es que al entrar a la capital tapatía en noviembre de 1810 lo declaró públicamente libre de toda culpa y le encargó organizar la matanza de españoles en la propia Guadalajara. En las que él llamaba pomposamente sus operaciones, llegó a privar de la vida a más de 700 peninsulares.
"Alcanzó grado de coronel. Siguió con la comitiva de Hidalgo hasta que todos los que iban en ella fueron aprehendidos en Acatita de Baján. Tras ser juzgado, fue fusilado en Chihuahua, al lado del mariscal Ignacio Camargo, el 10 de mayo de 1811".