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Especial: El campo ecuatoriano sigue vigente

Martes, 20 Sep 2016    Quito, Ecuador    Santiago Aguilar | Foto: Lorena Calderón   
El ganadero Cristóbal Roldán

La crianza del toro de lidia en el Ecuador es una tarea difícil como pocas, solo viable por la fe y afición de los ganaderos que anclan en su mente el ideal del toro bravo y anidan en su corazón la forma y fondo del astado perfecto: sueño y quimera casi imposible de conseguir que exige y reclama tanto trabajo como sacrificio; sin embargo,  estos hombres de campo de mil amaneceres, lejos de desistir, allí siguen con la rienda firme recorriendo laderas y pastizales, cuidando con celo y apasionada entrega a vacas, becerros, novillos y toros.

En un sobrecogedor paraje de la sierra, flanqueados por imponentes cerros se encuentran los campos de Peñas Blancas y Santa Coloma, en los que de sol a sol se repiten las cuidadosas labores sanitarias y genéticas indispensables para manejar dos hierros de contrastado origen, diverso comportamiento y un propósito común: la bravura; concepto mayor de la fiesta de los toros y razón de vivir de Cristóbal Roldán que en las siguientes frases perfila sus anhelos materializados en el campo y los toros:

"Los ganaderos debemos criar un toro que se  distinga del resto de sus congéneres, no por su nobleza sino por su bravura. Porque usualmente cuando nos preguntan a los de nuestra `especie´  a qué te dedicas, contestamos: soy ganadero de toros bravos, y no decimos: soy ganadero de toros nobles.

"Mal haría yo analizar cómo han salido los ejemplares de Santa Coloma –esto es una sociedad con los herederos de José Luís Buendía de quien aprendí mucho, o de Peñas Blancas –procedencia Garcigrande-, las dos ganaderías que importé de España en el 97 y que actualmente  pastan en los páramos de Pifo. Lo único que les puedo decir es que en la familia Roldán Proaño trabajamos con ahínco y amamos a nuestros animales. Vivimos con ellos, esperamos que esta loca afición sirva para mantener la bravura de los Santacoloma y la nobleza de los Garcigrande”.

La bravura y la nobleza no son concepciones contrapuestas, lo cierto es que lo que se busca preservar -agrega el criador-  es la esencia del espectáculo taurino, entendiendo a la bravura como esa emoción superior que despierta la fiereza del toro en la arena.

Se dice fácil y rápido, pese a ello, detrás de las palabras del prestigioso ganadero hay toda una vida de idas y venidas buscando la bravura y la nobleza, los enigmas originales del toro bravo; veredas que solo pueden recorrer los escultores de la genética, los forjadores de la emoción, los hacedores de la belleza; al fin y al cabo, de eso se trata la fiesta de los toros.

El caso es que Cristóbal Roldán vivió el pasado sábado uno de aquellos días que sintetizan una vida: el calendario ofreció el motivo para que amigos y familiares, unidos en el ruedo, le digan su afecto y admiración a través de verónicas y naturales compartidos por un grupo de dos docenas de lidiadores que juntó desde bisoños adolescentes hasta encanecidos expertos.

La vibrante faena campera permitió valorar el comportamiento de seis becerras de los dos hierros de la casa; el temperamento combativo de las Santacoloma y la acometedora tersura  de las de Garcigrande, gustaron a unos y a otros y, sobre todo, permitieron que Cristóbal Roldán, el ganadero, el aficionado y el amigo, con las telas en sus manos, cumpla sus sueños y nos permita soñar. Al fin y al cabo de eso se trata la fiesta de los toros.


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