Un gran suceso se constituyó la décima primera edición del Festival de la Virgen de la Esperanza de Triana celebrado ayer en la Plaza de Toros Belmonte de Quito, hecho taurino que bien puede marcarse como una efeméride por la sobresaliente actuación de los toreros y por un asombroso marco de público que llenó a tope los tendidos del coso.
El gran ambiente que reinó en la grada fue una respuesta a la categoría del espectáculo que se generó en el ruedo, aun minutos antes del paseíllo, con la realización de la conmovedora procesión encabezada por la imagen de la sagrada señora que aupada por los lidiadores recorrió el redondel mientras miles de velas encendían la fe y la afición expresadas en el coro unánime de Salve Rociera: olé, olé, olé, al Roció yo quiero volver a rezarle a la Virgen con fe, con un olé…
Tras el emotivo momento aparecieron las cuadrillas con los diestros vestidos de traje corto dispuestos a ofrecer una noche luminosa para el toreo que se materializó en la siempre sorprendente capacidad técnica de Enrique Ponce, el sentimiento de Morante de la Puebla, la entrega de Daniel Luque, la voluntad de José Antonio Bustamante y la emoción de Sebastián Peñaherrera; no en vano los actores se repartieron un total de siete orejas simbólicas tras establecer el gozo taurino en la grada.
Los lances de capote de Enrique Ponce ya dejaron entrever las dificultades del novillo de Huagrahuasi corrido en primer lugar que lejos de recomponer su comportamiento tras el tercio de varas, planteó una lidia compleja y exigente diagnosticada y recetada con precisión por el veterano maestro. Los doblones iniciales y la muleta presente a todo momento en la cara de la res fueron las claves para construir una faena insospechada de sólida estructura técnica y estético acabado. Así las cosas resultó merecido el trofeo final.
El clima andaluz y rociero del festival más la notable condición del segundo de la noche permitieron que el toreo genial de José Antonio Morante de la Puebla surja casi sin límite en la arena belmontina; ya de capote la creatividad se manifestó al recibir a la res con lances a una mano que se repitieron hasta llegar a los medios, instalado en el plató las rítmicas chicuelinas y la floritura de la serpentina sorprendieron a la parroquia, que brincó de la emoción con el inusual “quite de la cigarrera” inédito en estas tierras.
Con la muleta, Morante soñó el toreo en la noche quiteña, manejó la tela como un prestidigitador desde los estupendos ayudados por alto iniciales hasta las largas series de naturales y derechazos, poderosas primero y sutiles después, adobados con el volar de la tela en adornos y molinetes que reventaron en el graderío. El bravo “Heredero” de Huagrahusi fue homenajeado con una vuelta al ruedo, en tanto que el espada exhibió las dos orejeas.
El valor y la determinación le permitieron a Daniel Luque obtener las dos orejas del cuarto, un astado incierto y peligroso que no dio tregua a su oponente; las correosas embestidas que se repetían con fuerza sin que el animal se centre en los engaños condujeron a Luque a transitar por la calle de la garra, firme y quieto emocionó al público con imprevistos muletazos, desplantes y adornos.
La actuación de los compatriotas fue contrastada, el joven matador José Antonio Bustamante no logró centrarse con el bravo cuarto al que, por momentos, logró extraer buenos pases que le valieron el reconocimiento de la vuelta al ruedo. En tanto que el rejoneador Peñaherrera dejó, una vez más, una grata impresión; correcto al montar, reunirse y clavar las banderillas y el adorno de la rosa; su carisma y buenas maneras significaron el doble trofeo final.
El caso es que fue una noche de aquellas que dejan huella en la memoria y en el corazón de los aficionados, que el jueves abandonaron felices la centenaria plaza.