Mirando el juego de varios de los astados de Xajay lidiados el domingo en la México, recordé sin querer una diatriba sobre la toreabilidad como incompatible con la bravura, leída a los pocos días de haber publicado por este medio mi somera descripción de cualquier toro digno de indulto, que incluía el vocablo de referencia como una de tantas condiciones de idoneidad para el toro de lidia.
El autor del texto mencionado razonaba que, precisamente, la tal toreabilidad había dado al traste con la bravura. Eruditamente, remontaba el uso del término a los tiempos del ganadero andaluz Fernando Parladé, alborada del siglo XX, al hilo de las apasionadas discusiones que despertara Rafael Guerra “Guerrita” con su declarada preferencia por el ganado del Marqués de Saltillo, que se distinguía por una embestida más fija y prolongada que la generalidad de los morlacos de la época, de fiereza defensiva y casi nula toreabilidad. Entendida ésta como la cualidad propiciatoria del toreo y su evolución hacia el terreno del arte, como querían El Guerra y los numerosos partidarios de una superación de la lucha, la lid abierta entre toro y torero –bestia y matador en oposición férrea y mortal--, características de la tauromaquia decimonónica.
Vamos a ver
A partir de ahí puede opinarse libremente sobre lo que vino después. Una de las narrativas posibles sería que la evolución del toro condujo el arte de torear a la cumbre, pero también, irremediablemente, hacia una posterior y progresiva decadencia. Bajo esta perspectiva, cabría la posibilidad de considerar la toreabilidad como una mácula o una fatalidad. Creo entender que por ahí va el razonamiento que la impugna como indeseable, al ser insertada por la selección ganadera entre los rasgos de comportamiento del nuevo toro de lidia. Pues más allá de cierta dosis límite, daría paso al llamado toro comercial, pariente cercano del medio toro… y del post toro de lidia.
Sin embargo, descreo enfáticamente que bravura y toreabilidad sean excluyentes entre sí. Y, por tanto, que la segunda resulte inevitablemente nociva. Afirmarlo equivaldría a postular el retorno al combate gladiatorio anterior a El Guerra, en clara traición a lo que ya Curro Cúchares y Lagartijo, tan distintos entre sí, habían vislumbrado y ejecutado, cada cual de acuerdo con su tiempo y manera. Una involución en toda regla, pues. Por el contrario, la bravura, entendida en los términos que le asignamos durante la pasada centuria – el siglo de oro de la tauromaquia, ese que inaugura Belmonte hacia 1912-13, o puede que Gaona un poco antes--, tiene que incluir la toreabilidad como elemento indispensable para pasar de la escueta lidia al expansivo toreo.
Pero ojo, no hay que confundir toreabilidad con el cansino y desganado pasar de, por (mal) ejemplo, el post toro de lidia mexicano. Sencillamente porque para torear –torear de verdad, no de salón-- se requieren astados con empuje y con bravura que sólo el verdadero torero sea capaz de domeñar para, disponiendo creativamente de dichas cualidades para orientarlas en favor de la obra artística que la mayoría de los aficionados estamos deseando disfrutar cuando acudimos a la plaza.
Porque toreabilidad no es candidez ni sosería: es bravura ordenada en función de la voluntad del artista que disponga de la técnica precisa, la claridad mental y el valor necesarios para doblegar la naturaleza agresiva de un burel hasta transformarlo en colaborador. A esa cualidad del toro de lidia –inherente a sus condiciones de raza con el complemento de la resistencia física adecuada--, es a lo que llamo toreabilidad. A un animal que sencillamente pase le da pases cualquier aficionado medianamente enterado y resuelto; al toreable pero con su casta íntegra, solamente un torero en plenitud de facultades taurinas y con el corazón bien puesto. Porque toreabilidad no es fácil entrega, sino exigencia de toreo. Bravura y riesgo dominables como requisito esencial del arte.
Ecos de una tarde de toros
Al “sensible y conocedor” público de México –eso sería antes-- lo primero que le pasó de noche fue el interés que encerraba un cartel de mexicanos jóvenes y en alza con un hierro que suele encerrar una promesa cierta de bravura. Sólo así se explica que haya hecho la entrada más pobre del ciclo, unas cuatro mil personas. Pero Xajay no falló y ha sido el suyo el sexteto más encastado de la temporada. No fue un encierro completo ni de presentación irreprochable, pero su variedad de comportamientos representó constante reto para los alternantes y reclamó continua atención de los escasos aficionados. Y los seis, cada cual de distinta manera, eran toreables. Aunque los hubo tan exigentes que se crecieron y se fueron sin torear.
Esto no debe entenderse como reproche a los alternantes. Los tres dieron fe de sus posibilidades, y si coyunturalmente ciertas circunstancias los superaran, cúlpese al escaso rodaje que les ha impuesto un medio sin claridad de conceptos ni imaginación ni amor por la Fiesta. Atenidos, como ellos, a la buena de dios, pocas figuras históricas habrían alcanzado las alturas que finalmente escalaron. Las que uno desea siempre para jóvenes con tantas posibilidades como Fermín Rivera, Mario Aguilar y Arturo Saldívar, en lucha contra estructuras anquilosadas y sin visión de futuro.
El potosino volvió a exhibir una tauromaquia rebosante de autenticidad y elegancia. Por colocación, firmeza de planta, temple y capacidad para mandar ceñida y largamente sobre embestidas dubitativas y cortas, como las de “Colino”, el noble abreplaza, en la frontera entre toreabilidad y sosería. Su estocada cayó trasera, pero la convencida petición justificaba la oreja.
Claro, cuando “Rehilete” le cambió el guion, Fermín acusó desconcierto. Lo había lanceado con buen gusto y Ángel Reyna lo picó muy bien, en torera pugna con el empuje de un burel que pedía más castigo para atemperar su revoltosa codicia. Cambiado el tercio con ese solo puyazo, Rivera, con el toreo en la cabeza y tan buenas hechuras, no acertó a dominarlo muleta en mano. En cuanto tuvo una duda, la bravura de “Rehilete” se tornó en aspereza y lo desbordó. Aun tras un aviso, sufriría serio acosón al descabellar, tan duro de patas y de casta estaba el bicho.
Peor aún la pasó Mario Aguilar con el 5º por parecidas razones. Lejos de torearse solo, “Hojalata”, insuficientemente picado, la cabeza como devanadera y más temperamento incluso que el anterior, representó un problema irresoluble para el hidrocálido –que debe adelgazar con urgencia--. También pasó apuros al estoquear y escuchó un aviso. Menos mal que ya tenía en la espuerta la oreja del cárdeno “Nevadito”, el más toreable de los seis, con el que la decisión y la buena clase de Mario rindieron el jugoso fruto de una estupenda faena, entendiendo cuándo había que citar de largo y cuándo aguantar en corto algún frenazo para reconducir suavemente al embestida. Lució su excelente corte torero, lo estoqueó a ley y mereció el apéndice.
También hubiera sido la oreja premio adecuado para la faena de Saldívar al cierraplaza. Como a sus alternantes, lo habían avisado por prolongar de más su valerosa pugna con el castaño “Cielo Rojo”, escarbador y de cabeza siempre suelta. Pero “Nuriesco” era el más completo de los seis. No obstante, su encastada embestida pedía mayor continuidad de la que suelen tener las tandas en redondo de Arturo, con su tendencia a cortarlas justo cuando la bravura empieza a volverse entrega, más allá del tercer o cuarto muletazo. Más larga que redonda, la faena mostró al Saldívar dispuesto y bien plantado siempre, concluyó de espadazo trasero y desprendido y sólo el despiste de Jorge Ramos explica los dos protestadísimos trofeos que concedió. Pasaporte para una triste salida en hombros, a la que el torero, por pundonor, debió negarse.