En lo que fue la última corrida de la temporada en la ciudad colombiana de Medellín, Morante de la Puebla (foto) y Sebastián Castella brillaron con luz propia y ambos compartieron la salida en volandas tras pasear dos orejas cada uno en lo que resultó una tarde entretenida.
Sebastián Castella desorejó al tercero de la tarde, uno de los dos únicos buenos del encierro, después de una faena de dos partes, las dos buenas. La primera mostró a un Castella aguerrido y entregado y la segunda reposado y disfrutando de la superioridad con la que condujo la faena.
Castella es maestro por lo que sabe, también por lo que aguanta, y el inicio de faena sentado en el estribo y llevando con poder al toro de las tablas a los medios, fue compendio de firmeza y buen pulso del toque al remate. Y a pesar de que el toro manseó al final y buscó las tablas, el Castella impuesto, reposado y aguerrido no dejó caer la intensidad de la faena y llevó al público a coserse en cada pase con él. La estocada fue excelente y las dos orejas de nuevo premio justo.
En el sexto, y con la puerta grande esperando por su salida, anduvo decidido ante un toro con poco motor, al que tuvo que obligar con mucha técnica. Metió pronto al público en la faena y construyó una obra de importancia. No siempre la importancia es sinónimo de intensidad, y esta vez fue identidad de seriedad y esfuerzo. Valió muy poco el toro, y eso cotizó la voluntad del torero que otra vez estuvo a la altura del cierre de la feria y con la casta que no puso el manso de Ernesto Gutiérrez.
Llegaron aficionados de muchos lugares del país y de América para ver la única comparecencia de Morante de la Puebla en plazas suramericanas, en medio de un alboroto, ó ambientazo como dicen los taurinos, que siguió la línea de las ciudades mexicanas, con recibimiento de estrella a su llegada al aeropuerto de Medellín. Y esta tarde Morante, en un atípico esfuerzo, correspondió en gratitud al público, pese a la mala suerte de su cuadrilla en el sorteo que puso en los chiqueros el peor lote para él.
En el segundo de la tarde, bregó con suficiencia el tercio de capa, sin apuro y con esfuerzo logró dos chicuelinas preciosas. A la muleta llegó sin clase y protestando, sin dejarse ni dejar componer la faena. Pero la espera valió y Morante sacó el poco fondo que tuvo el toro por el pitón derecho y dejó para los aficionados, muletazos con hondura y el sello personalísimo de su tauromaquia.
Los naturales tuvieron firmeza y empaque a media altura. Se distrajo el toro, no Morante, que vino atento a sus aficionados y descubrió toreando las pobres condiciones del toro. Quedó claro que el presidente es mal aficionado y le perdonó la mala estocada, y la oreja llegó sin petición.
El quinto, manso y sin clase, fue buen pretexto para agradecer a la afición con otra porfía larga. Pocas veces tienen los morantistas la oportunidad de verlo alargar una faena ante un manso sin remedio, y el resultado fue muy bueno; series de gran temple de los medios a las tablas, aunque corticas para demorar un poco la rajada del animal. La técnica quedó de lado ante la entrega de la plaza con el torero.
Ya era ganancia que no hubiera elegido el camino expedito que hace parte de su personalidad en el ruedo, abreviar. Lo único corto fue el descabello, pues ante la sorpresa de la gente, pidió la puntilla en lugar del verduguillo, y acertó literalmente al primer intento; era la primera vez que lo hacía en una corrida. Antes lo intentó en un festival y falló. Ese detalle afirmó la petición que por supuesto el presidente que desatiende a veces al público, no iba a negar.
Pepe Manrique parece haber aprendido un triste libreto, en el que parece que el protagonista es el héroe, pero después llega un villano a cambiar la historia y a no dejar que nuestro protagonista se salga con la suya. La suya en el cuarto era la de toreo templado, ligado y firme. Y cuando todo apuntaba al triunfo, él solo cambió el libreto y renunció a la lidia por el pitón izquierdo. Apenas dos toques y apareció el villano a descomponerlo todo, y llevarlo a menos.
Cuando la faena fue intensa y el ambiente estaba a su favor, Manrique de nuevo no se entregó a la intensidad de la faena. La estocada no fue efectiva y debió intentar siete veces con el descabello para evitar el segundo aviso. Y lo que hubiera podido ser una oreja de peso, se tradujo en dividido saludo y una vuelta al ruedo al toro, que terminó de dramatizar el libreto de Manrique.
Al que abrió plaza lo toreó sin ligazón, pero con gusto. El toro apenas tragaba dos ó tres muletazos en cada serie, y no tuvo ni clase ni codicia. También su fuerza era poca y terminó agarrado a la arena. Cuando pasó no humillaba y la faena tuvo recursos a media altura. El público reconoció la voluntad del colombiano y acompañó con fervor el inicio de faena, porque el final se apagó con el toro.