Teorías sobre la montera

“…Se elaboraban en fina labor de pasamanería, las más corrientes..."

El siglo XVII, como podía leerse en el Thesoro de la Lengua de Cobarrubias, entendió por montera  a "la cobertura de cabeza de que usan los monteros, y a su imitación a los demás de la ciudad". Para Cobarubias está claro que es un sombrero montaraz que con el tiempo es adoptado en la ciudad (hoy en día, cazadoras, loden, barbur, etc., responden quizá al mismo impulso:  cierta nostalgia de una naturaleza perdida).

Un siglo después el Diccionario de Autoridades –la primera versión del vocabulario de la Academia de la Lengua– realizado a principios del siglo XVIII y vigente durante muchas décadas, nos dice que es la "cobertura de la cabeza, con un casquete redondo, cortado en cuatro cascos, para poderlos unir y coser más fácilmente con una vuelta o caída alrededor para cubrir la frente y las orejas" es lo que debía entenderse por montera.
 
Es decir define un sombrero encasquetado, con un reborde que podía utilizarse como protector de las orejas. Ese mismo  criterio pragmático que orienta hacia un sombrero adaptado lo más posible a la cabeza, de tamaño reducido, cómodo, se puede confirmar contemplando la montera que lleva unos de los tres cazadores que ocupan el primer plano del óleo de Goya titulado: "La partida de caza", fechada (1775).

El sombrero de dos picos fue en la época muy codiciado (Napoleón lo utilizó) y con una difusión tan amplia que incluso lo llevaron las mujeres En consecuencia, la montera podría encontrar la explicación de su forma en el resultado de la evolución sintética de dos sombreros: el tocado de caza y el sombrero militar.

En efecto, de la observación de estampas, grabados y lienzos producidos en el siglo XVIII y en los comienzos del XIX concluimos que el sombrero más popular, en cualquier circunstancia, fue el que se denominaba chambergo, un sombrero de anchas y flexibles alas cuya utilización fue compartida en España como en el extranjero y que, a pesar de su procedencia europea, llegó a ser conocido como sombrero español.

Llegados a este punto es conveniente recordar que el XVIII fue un siglo de pelo largo, fue la centuria de generosas pelucas en los hombres y de sofisticados peinados de las mujeres, auténticas arquitecturas pilosas, incluso el siglo XVIII resultó una centuria de más pelo que sombrero. Por eso mismo, en los retratos de la época, nos encontramos a los caballeros y toreros muchas veces con el sombrero bajo el brazo.

Es así que, a medida que avanza el siglo XVIII, el tratamiento del cabello por los toreros será, siguiendo la moda de la sociedad a la que pertenecen, dejárselo crecer, quizá, lo más largo posible y, para la brega, recogerlo dentro de una vistosa redecilla. La albanega o redecilla se sujetaba con una cinta que terminaba en un lazo encima de la cabeza y la utilizaban indistintamente hombres y mujeres. Podrá observarse, por ejemplo, el tocado de los mozos que participan en la fiesta que Goya representa en el cartón titulado "La Novillada".

En el espectacular retrato realizado, también por Goya, al diestro Francisco Romero, fundador de la dinastía de los Romero de Ronda, se percibe, con toda claridad, tanto las dimensiones de la redecilla como la importancia del lazo.

Aunque las monteras de mayor mérito o más alto postín se elaboraban en fina labor de pasamanería, las más corrientes, llamadas de astracán, se hacían de piel de negro cordero nonato. Es decir, la misma elaboración de las monteras sugiere, de acuerdo con Pedro Romero de Solís que son artificios para que el hombre, disfrazándose de animal, le sea más fácil terminar por identificarse con él. 

Su evolución es más sutil eimperceptible, porque sintetiza y confunde la pequeña peluca con el sombrero de dos picos en un intento de dotar a la cabeza, aumentada, de una apariencia, a la vez, animal y femenina, feroz y delicada. En los mismos años en que se publicaban las Tauromaquias, es decir, que se intenta la formulación científica del toreo sobre la base del conocimiento del animal, con la adopción de la montera.

La evolución posterior de la montera parece transitar esa significación pues su primer paso fue el encasquetamiento delantero cubriendo toda la frente de modo que no hubiese solución de continuidad entre las cejas y una pilosa frente como ostentan los rizos del testuz de un toro. Posteriormente, comenzó a crecer en el sentido horizontal, por los extremos, merced a dos especie de orejas móviles que surgieron lateralmente, dotadas de una gran flexibilidad y movimiento .

Esta evolución no dejó de actualizarse, a lo largo del primer tercio del siglo XIX, en la indumentaria utilizada por los toreros en las plazas y así, por otra parte, hubo de expresarla la imaginación de algunos artistas. Véase, por ejemplo, cómo vio la montera Ignacio Zuloaga en el fragmento de su obra  "Toreros de pueblo" que se guarda en el Museo de Arte Moderno de Madrid.

Hasta que el torero no se "desmontera" y lanza el disfraz, que transformaba su cabeza, lejos de sí no aparece el matador, absolutamente hablando. Es ese un instante solemne que concentra todas las miradas del público. Todos siguen, angustiados, el caprichoso movimiento de la montera, como si del sortilegio de  su recorrido fuera a quedar prendido el hilo del futuro y de la vida.

Bibliografía

Cobarrubias, S. (1611). "Thesoro de la Lengua Castellana o Española", edición. facsimilar en Madrid, Turner, 1977.

Martínez Novillo, Álvaro. "El pintor y la tauromaquia". Madrid. Turner. 1988.

Real Academia Española (1732). "Diccionario de la Lengua Castellana en que se explica el verdadero sentido de las voces, su naturaleza y calidad, con las phrases o modos de hablar, los proverbios o refranes y otras cosas convenientes al uso de la Lengua". Edición facsimilar en Madrid, Gredos, cuarta reimpresión, 1976.

Romero de Solís, Pedro. "La montera, un complemento indumentario entre la naturaleza y la cultura". Revista de Estudios Taurinos, No. 16, Universidad de Sevilla, 2003.







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