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Inteligente y torera tarde de Castella en Lima
Por: Juan Antonio de Labra | Enviado
Domingo, 01 Dic 2019 | Lima, Perú
Tras cortar sendas orejas durante la última corrida de feria
El ambientazo que se vivió esta tarde en Lima se vio compensado con un importante triunfo de Sebastián Castella, que tuvo la suerte de llevarse los dos toros más manejables del encierro compuesto por los hierros hermanos de La Viña y El Olivar.

Y gracias a su inteligencia y capacidad, el torero francés consiguió cortar sendas orejas que le abrieron la Puerta Grande de la bicenteneria plaza de Acho, lo que le provocó una sonrisa de satisfacción cuando fue izado a hombros al final del festejo.

En verdad fue una pena que el resto de los ejemplares no funcionaran para sus compañeros de cartel Morante de la Puebla y Andrés Roca Rey porque el público estaba animoso, y con el deseo de cantar triunfos de relieve, y por lo menos pudo saborear esa sólida actuación de Sebastián, que anduvo a gusto, centrado y torero, durante toda la tarde.

La inclusión de Morante en el cartel se dio un tanto con calzador, porque venía de una bronca de hace dos años, y su presencia no correspondía, por ahora, a la expectativa que supuesto la presencia de José María Manzanares, que continúa convaleciente de una operación de espalda.

Por desgracia, el lote del torero de La Puebla dio al traste con su deseo de resarcirse con el público limeño, y en contraparte tuvo que aguantar una bronca que no llegó a subir tanto de tono, porque cabe decir, en su descargo, que intentó solventar la papeleta y lidiar con decoro a esos dos toros que presentaron nulas posibilidades de lucimiento.

El primero fue un ejemplar que parecía estar reparado de la vista, acusó mansedumbre y acabó refugiándose en tablas. Salía de las telas doblando contario, y desentendiéndose de la muleta del torero sevillano. El otro fue un castaño aldinegro, muy serio de pitones que fue un dechado de sosería. Así, ni el que inventó el toreo, por más que Morante intentó buscarle las vueltas.

Como con este toro no estuvo eficaz a la hora de matar, de ahí se agarró el público para increparlo, y lo más lamentable fue que ni siquiera pudo gustarse, un hecho que, seguramente, le granjeó ese mal sabor de boca que dejan las tardes como la de hoy.

A diferencia de la mala suerte de Morante en el sorteo, Sebastián Castella se llevó el lote más manejable de la corrida, compuesto por un primer toro noble, dócil, que embestía con la cara alta, pero que dejó estar a gusto al torero en una primera faena larga, en la que porfió con entrega hasta sacarle provecho cerca de las tablas, por allá del rumbo del tendido 14, donde el público se le entregó a rabiar.

La faena tuvo tersura, mimo y encanto, en medio de la algarabía de la gente, que siguió con mucho interés cada uno de los pasajes de un trasteo inteligente por donde se mire. Además, Castella le puso mucho gusto a lo que hizo; acompañó los muletazos con la cintura y el pecho, y ejecutó varios desdenes y cambios de mano en los que salió andando con torería de las suertes, antes de colocar una estocada que le valió el corte de ese primer trofeo.

El quinto no acabó de romper del toro, pero tuvo momentos buenos que permitieron a Sebastián entregarse desde que se abrió de capote, y así como el ceñido quite por chicuelinas que había hecho al segundo calentó el ambiente, también lo consiguió cuando cogió la muleta para hacer otra faena en la que intercaló emocionantes muletazos cambiados por la espalda con una gran precisión.

El trasteo tuvo temple y valor.  Sebastián se ancló en los medios con el compás abierto y le dio confianza al toro para que rematar las embestidas. Y así surgieron redondos templados y mandones que compusieron otra faena sólida que le llegó mucho al público. A pesar del pinchazo previo a la estocada, le concedieron esa segunda oreja que le abrió la Puerta Grande, luego de un esfuerzo que sí tuvo la recompensa merecida.

A Roca Rey se le recibió como lo que es: la primera figura de esta patria tan taurina, y uno de los toreros más relevantes del momento. Y él venía con el deseo de agradar a su gente; de mostrar su madurez y de rivalizar por el Escapulario de Oro.

Y cuando parecía que su primera faena iba a coger vuelo, pues el toro había tenido dos prometedores primeros tercios, acabó desarrollando una violencia inesperada que puso a prueba el granítico valor de Andrés, que le aguantó frenazos y tarascadas, una de las que le ocasionó un fuerte golpe debajo del labio inferior.

Sacudido en todo su ser por este derrote tan inesperado, buscó seguir en la línea de fuego y alcanzó a robarle algunos pases en los que se estaba jugando el físico. Al poco tiempo de percibir que el toro no iba a enmendar la violencia que había desarrollado, optó por abreviar y así fue como saludó una cariñosa ovación en el tercio, poco premio ante el esfuerzo realizado.

El sexto era un dije, por armonioso de hechuras, bajo y reunido, de preciosa lámina, pero acusaba algún problema en las manos: las echaba hacia delante de forma extraña, como si tuviera una descoordinación general que le impedía tirar hacia adelante con la buena voluntad que tenía para acudir a las telas.

Sólo en el saludo capotero se pudo lucir Roca Rey, ya que toreó con temple a la verónica, en una nueva demostración de que va avanzando en esta asignatura. Y luego, en la faena de muleta, cuando trató de ligar las embestidas en los medios, el toro comenzó a claudicar de continuo, lo que generó la desesperación del público al ver que perdía las manos una y otra vez.

Entonces Roca Rey tomó la decisión de dirigirse al palco del juez de plaza para solicitar un toro de regalo, a sabiendas de que el reglamento taurino vigente lo tiene prohibido, y la petición fue denegada. 

Al público le pesó en su ánimo esta inflexible normativa, pues bien valía la pena regalar un toro en virtud del ambiente y el lleno que reinaba en la plaza. Andrés se tuvo que conformar con ejecutar una notable estocada para dar fin a una corrida que no acabó de redondearse, salvo por el incuestionable triunfo de Sebastián Castella, al que se nota muy ilusionado de buscar nuevos caminos expresivos.

A las pocas horas de concluida la Feria del Señor de los Milagros 2019, el jurado que designa la entrega del Escapulario de Oro a la mejor faena, y el Escapulario de Plata al mejor toro, tomó la decisión de declarar desiertos ambos trofeos.

Al margen de este lamentable desenlace, ahí queda la magnífica entrada de hoy, que fue la más numerosa de las cinco corridas celebradas, y de una afición seria y entendida, que tiene una sensibilidad especial para ver toros. Por eso Acho sigue siendo una joya histórica en todos los sentidos, y es preciso preservar su enorme tradición taurina.
Ficha
Lima, Perú. Plaza de Acho. Quinto y último festejo de la Feria del Señor de los Milagros. Corrida goyesca en homenaje a Pancho Fierro. Casi lleno en tarde soleada y cálida. Cuatro toros de La Viña (1o., 3o. 4o. y 6o.) y dos de El Olivar (2o. y 5o.), bien presentados, de escaso juego en su conjunto, algunos resultaron complicados y deslucidos, y el más manejable fue el 5o. Pesos: 522, 581, 526, 562, 536 y 563 kilos. Morante de la Puebla (caña y azabache), que sustituía a José María Manzanares: Pitos y bronca. Sebastián Castella (azul cobalto y oro): Oreja y oreja. Andrés Roca Rey (gris plomo y pasamanería blanca): Ovación y palmas. Incidencias: Al finalizar el paseíllo el Batallón de infantería Juan Fanning cantó el himno nacional acompañado de la Banda de la Marina de Guerra del Perú. Destacaron en banderillas Denis Castillo Santiago de la Rosa, que saludaron. Y también lució en banderillas, y con el capote, José Chacón. Antes de concluir la lidia del 6o., Andrés Roca Rey solicitó el regalo de un toro, petición prohibida por el reglamento taurino vigente, motivo por el cual el Juez de Plaza Martín Campos Falconi lo denegó. El ruedo y la barrera estuvieron adornados con una pintura obra de la artista mexicana Isabel Garfias Montero.