Al Toro México | Versión Imprimible
El comentario de Juan Antonio de Labra
Por: Juan Antonio de Labra | Opinión
Jueves, 13 Sep 2018 | ZAC., Zac.
...Al primero lo escuché decir misa a las afueras de la plaza...
La afición a los toros se mete por los ojos y llega hasta el corazón. Es ahí donde toca esas fibras que nos emocionan cuando asistimos a una corrida y vemos algo que nos gusta. A veces, ni siquiera sabemos explicarlo; suele ser también algo íntimo, muy personal.

Al cabo de los años, ese momento mágico se recrea en nuestra memoria, tocado por la pátina del tiempo y nos vuelve a remover la emoción que sentimos en su día cuando lo presenciamos. Es el arte del toreo un recuerdo efímero que nos obliga a ir otra vez a la plaza, con la necesidad de experimentarlo de nuevo.

Y es así como nuestros recuerdos se van tejiendo y conforman un conjunto de imágenes que se acumulan en el crisol del sentimiento de los aficionados, aquellos que buscamos la experiencia sensorial que representa ese momento tan especial cuando una nota de clarín desgarra el cielo antes del paseíllo.

La afición a los toros no conoce condición social, económica, de credo, o de ninguna otra especie. Simplemente habita esas almas sensibles que comprenden el juego del toro con el hombre; el azar que persiste en cada una de las suertes, de los tercios de la lidia, que se suceden a lo largo del desarrollo de una liturgia cargada de simbolismos.

En apenas unos cuantos días conocí a dos sacerdotes con alma de toreros; los dos se llaman Juan Carlos, curiosamente; uno es de Zacatecas, y el otro, de Morelia. Ambos sienten el gusanillo del toro en sus venas, y cuando hay oportunidad no se lo piensan dos veces: se "echan al agua" para dar rienda suelta a sus emociones, a ese placer mundano como es el toreo, uno de los más bellos y profundos.

Al primero lo escuché decir misa a las afueras de la plaza de tientas de la ganadería de Pozo Hondo, en ese asolerado terruño de Zacatecas donde Manolete toreó por primera vez cuando vino a México, delante de don Julián Llaguno González, el amo de Torrecilla. Al segundo, lo escuché decir misa en la capilla de la plaza Monumental, la de cantera rosa, y luego participar con gran conocimiento de causa en una tertulia radiofónica.

En los dos casos, estos sacerdotes hablaban con pasión acerca de la vida, y también se mostraban apasionados ante su gozo taurino. Desde luego que el primero no sólo explicó en su homilía que en esta vida debemos de disfrutar todo aquello que nos hace felices, sino expresarlo en las cosas que hacemos.

Y él mismo lo demostró minutos más tarde, sin titubeos, muleta en mano, delante de una becerra. El segundo rememoró sus días de maletilla en los que recorrió la legua en busca de la gloria taurina al lado de otros tantos soñadores de una generación perdida.

Se trataba dos hombres sensibles; sacerdotes ejecutantes de otra liturgia, la de la religión, pero tocados por este duende tan sublime como es la afición a los toros…. y al toreo, esa adicción divina.