Efemérides: Una tarde para el recuerdo

Miguel Espinosa le cortó el rabo al toro "Vidriero", de De Santiago

El 26 de marzo de 1995, hace 25 años, la Plaza México vivió una tarde inolvidable y que ha sido de las más importantes en los últimos tiempos, enmarcada por los máximos trofeos que cosecharon Miguel Espinosa "Armillita" y Federico Pizarro.

Penúltima corrida de la Temporada Grande 1994-1995, los tendidos numerados del coso lucían llenos para ver una combinación de cuatro toreros, todos ellos triunfadores del ciclo: los mencionados Armillita y Pizarro, así como Manolo Mejía y Arturo Gilio, con cuatro toros de Xajay y cuatro de De Santiago.

La tarde de toros transcurría con pocos momentos de emoción, pero saltó a la arena el quinto, un ejemplar de De Santiago de nombre "Vidriero", herrado con el 70 y 506 kilos de peso, de una pinta espectacular al ser berrendo en castaño, y que correspondía en suerte a Miguel.

Armillita cuajó una faena de altos vuelos, no sin antes suscitarse el episodio de un espontáneo que abrió al ruedo apenas cambiarse al tercer tercio. Literalmente, Miguel abrió el frasco de las esencias en un trasteo de magnífico temple, mientras que el toro, bravo y codicioso, fue siempre a más.

El público disfrutó enormemente la sinfonía artística del hidrocálido, que hizo gala de su famoso toreo al natural y endilgó trazos con la zurda dueños de un empaque muy particular. Y aunque un amplio sector del público solicitaba el indulto, se tiró a matar y con tres cuartos de acero liquidó al de De Santiago y se llevó las orejas y el rabo.

Ésta fue la segunda vez –y última– que Miguel paseó los máximos trofeos en el monumental coso. Cuando todo parecía que se consagraba como el único triunfador de aquella corrida, apareció un muy joven Federico Pizarro que se encontró con "Consentido", de Xajay, octavo toro de la tarde, número 47 y 503 kilos, negro de pinta.

El astado queretano contó con alta dosis de bravura y transmisión, mientras que Pizarro regaló una faena que se desarrolló entre el toreo artístico y también algunos momentos de arrebato, prenda de la emoción que surgió naturalmente en el diestro capitalino mientras sentía la entrega de la afición.

Federico Pizarro se consolidaba como uno de los toreros jóvenes más importantes del momento, y no escatimó esfuerzo alguno delante del de Xajay, al que despeñó de estocada entera para también, entre lágrimas incontenibles, pasear las orejas y el rabo, segundos máximos trofeos de la tarde.

Cabe señalar que estos rabos fueron los 107 y 108 en la historia de la Plaza México, y tanto los restos de "Vidriero" como los de "Consentido" fueron galardonados con la vuelta al ruedo, premio a la bravura y al magnífico juego que manifestaron en el ruedo de Insurgentes.

Mientras el éxtasis estaba en su punto máximo, Manolo Mejía no quiso quedarse fuera de la fiesta y regaló un toro, que salió al ruedo en noveno lugar, redondeando una maratónica función taurina. Aquel astado llevó por nombre "Lajeño", de Xajay, y puso la cereza al pastel.

Con entrega y haciendo gala de técnica y recursos, Manolo logró sujetar las embestidas para emocionar a los tendidos y lograr cortar dos orejas, rematando una tarde magnífica que, numéricamente, contó con seis orejas y dos rabos, y que tuvo el colofón de la salida por volandas compartida por Armillita, Pizarro y Mejía.






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