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Tarde de toreros... ¡y toros!        

Los Encinos envió una corrida ejemplar que hizo surgir el toreo

El aniversario 73 de la Plaza México resultó triunfal por dónde se mire, y a reserva de discutir la concesión de algunas orejas un tanto benévolas, lo más importante es que hubo toreros... ¡y toros!, así como un público muy entusiasta que acudió en menor número que la tarde de ayer, quizá porque hoy era un día de trabajo como cualquier otro.

Un encierro como el de Los Encinos debe llenar de esperanza al buen aficionado, pues disfrutar de una corrida como la que trajo Eduardo Martínez Urquidi, por tipo y hechuras, ya no resulta fácil de ve con frecuencia, y más aún si hablamos de ocho toros y no sólo seis, que es lo habitual en cualquier corrida.

Así que, por principio de cuentas, todo estaba organizado de la manera en que deben hacerse las cosas: con seriedad y profesionalismo. Y partiendo de esa sólida base, ya lo que ocurra después con el juego que aporten los toros, o lo que hagan los toreros, es otro cantar. Pero ahí estaban, de entrada, los elementos necesarios para propiciar el triunfo que se dio gracias a la desmedida entrega de los toreros.

Vaya una sincera felicitación para el ganadero de Los Encinos por apartar una corrida de toros como ésta para un acontecimiento de este calibre. No hay que olvidar que la base de la Fiesta es el toro, y sin eso no hay nada. Absolutamente nada.

Si es verdad que a determinados ejemplares les faltó un punto más de transmisión para que ciertas faenas hubiesen tenido un acabado más redondo, resulta innegable afirmar que esta divisa queretana ya consiguió lo más difícil en la crianza del toro bravo: la definición. Y no únicamente en la finura de su morfología, sino sobre todo de su comportamiento, lo que le confiere un mayor mérito a esta dificilísima y apasionada actividad del campo donde se cría -y también se modela- la conducta de este fascinante animal.

Pablo Hermoso tuvo la inteligencia de no traer toros de otro hierro, y elegir los dos del encierro de Los a Encinos que mejor se iban a prestar a su toreo. Y con ambos rayó a un gran nivel, tanto por la cadencia de los aires de sus caballos, como por la suavidad de sus embroques, y también por la destreza de sus adornos, que se tradujeron en un espectáculo donde habita la difícil facilidad de lo bien hecho. Maestría, en suma.

Los pasajes de más expresión los consiguió montando a "Berlín", sobre el que se recreó en las suertes en las que hasta se dio el lujo de dar ventajas a sus dos toros. De haber estado fino con el rejón de muerte, otro gallo le hubiera cantado, pero eso es lo de menos cuando se torea con tal elegancia, en la que el conocimiento de los terrenos y las distancias, sólo es una extensión más de un concepto total a caballo.

El otro gran consentido de la afición le vasto guiñar un ojo a sus miles de seguidores para dar pie a esa tauromaquia coreográfica que tanto gusta al público de La México.

Ahí estaba Enrique Ponce con toda su veteranía a tope para realizar una primera faena de temple y calidad a un noble toro llamado "García Márquez", y otra más de cara al público con un toro huidizo al que le hizo toda clase de fiestas propias de esta celebración de la que puede ser considerada como "su plaza".

Al lado de esas dos figuras consumadas, los dos jóvenes espadas mexicanos hicieron un magnífico papel. Y si Sergio Flores cuajó la faena más importante de la tarde, Luis David convenció con su ambición.

El tlaxcalteca volvió a pisar con fuerza el ruedo del coso capitalino, y mostró la madurez adquirida en estos últimos dos años, pues el trasteo que hizo al séptimo estuvo cargada de un convencimiento pleno de vocación. Las pausas, los toques precisos y el tiempo que dio al toro, sirvieron para edificar una de esas obras en las que cada uno de los argumentos esgrimidos, tanto técnicos como artísticos, conllevan un sólido sustento.

Y en un palmo de terreno incitó Sergio una y otra vez a embestir a "Wolff" que terminó por desarrollar el gran fondo de nobleza que atesoraba, muy en el estilo de sus hermanos de camada, que en general se distinguieron por lo mismo.

El acabado de sus muletazos y la redondez de sus series fueron parte de un todo que se sumó a la reciedumbre de una primera faena en la que el toro más encastrado de la corrida no le había regalado ninguna embestida.

Luis David venía de presenciar el rotundo triunfo de su hermano José la tarde anterior, y afrontó esta nueva comparecencia en La México con el ánimo de dar pelea a sus compañeros de cartel, y al final lo consiguió no obstante que sorteó el lote menos propicio al lucimiento.

Pero a ese primer ejemplar se lo zumbó con empaque, quedándose en el sitio para lugar muletazos templados y largos que le llegaron a un público que valoró muy bien lo que hizo el hidrocálido.

En las bernadinas finales arriesgó tanto que no se salvó de ser feamente empitonado por un muslo, trance del que sacaría una cornada de las llamadas "cerradas", antes de volcarse detrás de la espada en una contundente estocada.

El octavo de la función parecía tener lastimada una mano, así que no embistió con ritmo a la muleta de Luis David, que se afanó en agradar pero sin poder concretar ningún muletazo completo debido a esa ausencia de acometividad del toro. De cualquier manera, ya tenía aseguradas dos orejas en la espuerta y la triunfal salida a hombros al lado de Enrique Ponce, Sergio Flores y Eduardo Martínez Urquidi, para enmarcar una foto a la que, para haber sido perfecta, sólo le faltó la presencia de Pablo Hermoso.

Ficha
Ciudad de México.- Plaza México. Corrida de aniversario. Decimoquinta de la Temporada Grande. Media entrada (unas 23 mil personas) en tarde espléndida. Toros de Los Encinos, de impecable presentación, bonitos de lámina y en tipo, nobles en su conjunto. Destacaron el 1o. 2o., 3o. y 7o., de los que 1o. y 7o. fueron premiados con arrastre lento. Pesos: 546, 535, 510, 512, 476, 502, 502, 523 y 535 kilos. El rejoneador Pablo Hermoso de Mendoza: Silencio y oreja. Enrique Ponce (azul turquesa y oro): Dos orejas y vuelta. Sergio Flores (verde botella y oro): Oreja y oreja. Luis David (azul marino): Dos orejas y silencio. Incidencias: El matador Luis David sufrió una cornada cerrada en la cara externa del muslo izquierdo durante la lidia del primero de su lote, tras la valoración médica que recibió en la enfermería de la plaza, no ameritó intervención quirúrgica, razón por la cual pudo salir a lidiar al 8o. Su estado de salud será valorado durante las próximas horas. Por otra parte, destacó en banderillas Gustavo Campos, que saludó en el 3o., y Fernando García hijo, que cuajó un soberbio tercio de banderillas con el 8o.

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