El comentario de Juan Antonio de Labra  

"...una categoría de torero veterano que goza de un respeto..."

Ignacio Garibay ha decidido poner fin a su carrera taurina a los 43 años de edad, y lo hará en el momento de mayor madurez artística de su vida, casi dos décadas después de haber tomado la alternativa en la plaza madrileña de Torrejón de Ardoz.

Se trata de una decisión meditada, y mucho antes de que se cumpla aquella vieja y realista sentencia de El Guerra cuando dijo: “No me voy, me echan”. A Garibay todavía no lo han echado, es verdad. Sin embargo, es preferible marcharse ahora, que sigue en el ánimo de la gente y con una categoría de torero veterano que goza de un respeto entre los profesionales y el público, a dejar pasar tres o cuatros años mirando como escasean cada vez más los contratos.

Desde luego que quitarse de los toros no es una tarea fácil para nadie, ya que se trata de una vocación muy profunda de la que resulta difícil apartarse para dedicarse a otra cosa si no se tiene una estrategia para hacer una transición que no tenga nada que ver con la Fiesta.

Pero en este caso concreto de Ignacio, él ya está satisfecho con lo que ha conseguido en el toreo, distinguiéndose como un torero que ha sabido dejar una huella entre el público, a través de un toreo de acento mexicano, cuyo concepto entronca con el sentimiento de los artistas de estas tierras.

Además, resultaría torpe negar que la fiesta de los toros atraviesa por un momento complicado y que las oportunidades para toreros como él suelen ser escasas, por esa manía, incomprensible por parte de ciertas empresas, a relegar a toreros que todavía pueden funcionar y aportar un toque diferente.

En esta campaña de despedida en la que actuará en plazas de importancia, donde muchas tardes demostró su hombría, será un agradable aliciente para que la gente disfrute de su toreo. Así que estás corridas tendrán un toque especial en las que Ignacio Garibay saldrá a entregarse como siempre lo ha hecho, consciente de la responsabilidad que entraña esta etapa final de su trayectoria en los ruedos.

Entre esos recuerdos puntuales está la tarde en que tuvo la gallardía de lidiar a un toro de Fernando de la Mora en la Plaza México, estando fracturado del peroné de una de sus piernas. Así aguantó el discurrir de la lidia hasta que le dio muerte al toro echándose encima de los pitones para tumbarle las orejas.

Y también aquella entrañable encerrona que con tanto cariño organizó el recordado Pablo Labastida cuando fue su apoderado. En esa corrida nocturna del año 1999, Garibay estuvo sensacional y dejó en claro que era un torero de los pies a la cabeza.

Esta temporada del adiós aportará ese punto de interés que favorece a la Fiesta, y en la que, seguramente, alrededor de la misma se confeccionarán carteles muy atractivos que van a dar un impulso a las ferias que están por venir. ¡Enhorabuena, torero! Y que tengas muchas suerte.






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