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El comentario de Juan Antonio de Labra  

...dejar de torear y abandonar una vocación tan profunda...

La triste muerte de Mario Aguilar ha sacudido al mundo de los toros, sobre todo al de Aguascalientes, su tierra, ahí donde ocurrió esta inesperada tragedia. Y ahora resulta inevitable hacernos una pregunta: ¿Por qué un joven decide poner punto final a su vida? La respuesta flota en el aire, estira sus invisibles tentáculos y nos asfixia con varias interrogantes.

Mario era un hombre sensible; un ser taciturno que hablaba poco. Sólo reía de vez en cuando, presa de esa timidez tan propia de los niños que crecen en un ambiente familiar complejo, tocado por la escasez de recursos económicos y, peor aún, por la desesperanza que siempre estuvo al acecho.

Quizá por ello, y casi sin pensarlo, abrazó la profesión de torero. Y se la tomó muy a pecho, a pesar de su corta edad. Fue entonces que llegó a Tauromagia Mexicana siendo apenas un chiquillo. Y en ese maravilloso proyecto de escuela taurina sui generis que parió varias figuras, encontró un refugio, comprensión y aliento, hasta convertirse en un novillero de alto bordo que años después cayó en el olvido de las empresas y del público.

Los toreros suelen ser seres extraños, cuyos recovecos mentales muchas veces son inescrutables. En ese laberinto de pasiones, al que quizá nadie tiene acceso, se fragua una recia filosofía de vida que les permite seguir adelante, inmersos, como artistas, en la incomprensión de la generalidad de la gente.

Ahí se esconden, sufren, se deprimen, sienten que existen fuera de un contexto alejando de lo que cualquier "persona normal" elegiría como forma de expresión: Torear; es decir, sortear la furia de la naturaleza representada por el toro; esquivar las acometidas de sus propias inseguridades para encontrar, en este intenso camino, una manera de ser, de sentirse, de transitar por el mundo, de ser fieles a sí mismos y edificar un profundo rasgo de identidad. Sí, los toreros son seres extraños, incomprendidos.

Y en esa forma de acabar con su vida no hay ninguna diferencia entre la que eligieron Juan Belmonte, Nimeño o David Silveti, entre otros. Cada uno tuvo que lidiar con ese monstruo interno del hastío hasta convertirse en polvo de estrellas. Y así, en distintas épocas; en diferentes circunstancias. Ser torero es sumamente difícil, pero quizá lo es más dejar de torear y abandonar una vocación tan profunda.

Desde que comenzó su carrera, Mario Aguilar tuvo una gran proyección, aquella que se sustentaba en un valor sereno, en claridad de ideas, en la sensibilidad para torear con temple… y despertó una tremenda ilusión no sólo en sus mentores, sino en una gran cantidad de aficionados que veían en su toreo ese impetuoso caballo negro tan distinto de El Payo y Arturo Saldívar, sus amigos, sus rivales. Había que esperarlo, ya cuajaría.

Pero la falta de estructura social, la ausencia de cariño, la necesaria ayuda de un siquiatra nunca llegó. Y en cambio, la parca se adelantó ya cuando el pobre de Mario era presa de su fatal destino.

No olvidaré aquella cena en Sevilla, la víspera de su presentación en la Maestranza. Mario estaba serio y circunspecto, muy responsabilizado. Se había recuperado con urgencia de una fractura de clavícula para no perderse su debut en Sevilla, y anhelaba dejar huella sobre aquel dorado albero en esa tarde del 8 de junio de 2008, hace exactamente una década.

Y sí que lo consiguió porque estuvo tan firme, tan decidido, tan artista, que la empresa le ofreció la repetición nada más dar muerte al primer novillo de su lote, que tenía marcado en la pierna derecha el añejo hierro de Villamarta.

Así lo pudimos contar, con encendida emoción, durante la transmisión de radio que ese día hicimos para México en la grata compañía de mi amigo Álvaro Borbolla, el entusiasta y buen aficionado queretano.

Al cabo de los años, sólo se trata de un archivo de fonoteca; un recuerdo que ahora parece difuso y que forma parte de la historia taurina de Mario, al que me topé un año después en la finca de Pablo Mayoral, adonde acudió con su maestro, Juan Cubero, a matar un toro a puerta cerrada antes de hacer el paseíllo en Las Ventas de Madrid, en el marco de la Feria de San Isidro de 2009, donde dejó constancia de su valía.

Aquellos eran días soleados, cuando la ilusión de Mario Aguilar por ser alguien en la vida latía con fuerza, lejos, aún muy lejos del fantasma de la depresión que el domingo pasado encarnó en la áspera piel del cinturón que acabó con todo. Así, de golpe. Sin aviso previo. Ni siquiera el de haber ofrecido una nueva oportunidad a la esperanza.

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