Del temple al drama        

Juan Pablo Sánchez firmó dos faenas de sedoso temple

La tarde empezó con una primera faena muy templada de Juan Pablo Sánchez, y terminó de manera dramática cuando Ginés Marín estuvo a merced de los pitones de un toro sobrero de Montecristo. Así que en medio de la seda de estos muletazos de tisú del torero hidrocálido, y la angustia vivida por el jerezano, la corrida transitó de la calma a la tormenta. Literalmente, pues cayó la noche y con ella el chubasco que estaba pronosticado.

Dicen que "el hubiera" no existe. Pero si Juan Pablo Sánchez "hubiera" firmado ese terso trasteo al toro que abrió plaza, y hecho otro tanto con el cuarto, otro gallo le hubiera cantado, ya que “hubiera” cortado sendas orejas. Es más, hasta "hubiera" conseguido el anhelado puesto del 5 de febrero. Lo dicho: el hubiera no existe. Y al final todo quedó en una actuación brillante, de toreo de muchos kilates… sin remate con la espada.

La faena a ese primer toro de Fernando de la Mora que abrió boca tuvo pulso y suavidad, la máxima para no mermar su diezmada fuerza, que ese fue el mayor atributo de lo hecho por Sánchez. Y la del cuarto fue un portento de sabrosura y temple a la mexicana, tanto por su trazo largo como por la delicadeza de sus toques.

La gente, como es natural, se entregó al temple que tanto gusta en esta plaza: el temple lento; ese que han prodigado otros toreros conocedores del toro mexicano de clase -y, en este caso, poquísima transmisión- que embiste como dormido, paso a paso, como con desgana de querer coger la muleta.

A ese toro Juan Pablo lo entiende a la perfección, y desde que bosquejó una sonrisa en los compases iniciales de su primera faena, la tarde se le fue en detener el tiempo de tan despacio como toreó… hasta que su falta de convicción con la espada le echó a perder el triunfo. Fue una pena, la verdad.

Arturo Saldívar había estado centrado con el segundo, un toro que no duró casi nada y acabó rajado, cerca del burladero de matadores. Y fue ahí donde el otro torero de Aguascalientes del cartel le cuajó algunos pasajes valientes, dosantinas ligadas en un palmo, echando mano de recursos para levantar el ánimo de la gente.

El quinto, un remiendo del hierro de Xajay, lo obligó a saltar apresuradamente la barrera tras la larga cambiada que le dio cerca de las tablas, y de milagro se salvó de ser empitonado cuando el toro le arrebató el capote de las manos y le embistió con fiereza.

A pesar del buen puyazo de Jorge Morales, el toro se hizo el amo en el tercio de banderillas y anunció que no iba a ser nada fácil en la muleta. Así que Arturo comenzó a tratar de someterlo, pero quizá sin la fibra necesaria hasta que terminó desdibujándose luego de la entonada actitud que había mostrado.

Ginés Marín había estado francamente bien con el tercero, al que le plantó cara para hacerle una faena de menos a más que el público le coreó con entrega, la misma que el jerezano había desplegado ante un toro que tenía voluntad de embestir y escasa fuerza.

A base de valor y colocación, Ginés le robó muletazos de mucho mérito al de Fernando de la Mora con ese buen concepto del toreo que atesora, sumado a la seguridad que le ha dado torear con frecuencia. Y cuando pudo haber cortado una oreja, la mácula en la colocación de la estocada se lo impidió. No obstante, la gente le recompensó con una cariñosa ovación.

Cuando la gente estaba deseosa de verlo de nuevo, el sexto toro fue rechazado por su falta de trapío. Entonces saltó a la arena un sobrero de Montecristo que, en el comienzo del trasteo, le echó mano hasta en dos ocasiones, de muy fea manera, y hasta sacó de un burladero a su apoderado, Jorge Cutiño, en el momento en que éste intentaba refugiarse tras haber saltado al ruedo a hacerle el quite a su torero. El susto fue de órdago.

La gente quedó impresionada con este trance tan espeluznante, y justo en ese momento comenzó a caer un chubasco que hizo correr a todo mundo. Ahí se torcieron las buenas intenciones de Marín, que estaba muy maltrecho por la paliza recibida y la rabia de verse con el santo de espaldas.

Minutos más tarde, el joven diestro español se eternizó con el descabello hasta que se escuchó el tercer aviso, resultado que no refleja la entonada actuación que había tenido con el primer toro de su lote. Así es la mala suerte, a veces sumamente caprichosa.

Ficha
Ciudad de México.- Plaza México. Decimoprimera corrida de la Temporada Grande. Unas 4 mil personas en tarde nublada y fría, con lluvia a partir del último tercio del 6o. Cuatro toros de Fernando de la Mora, desiguales en presentación (el 5o. devuelto por su falta de trapío), uno de Xajay, encastado, y uno más de Montecristo (6o., sobrero sustituto). Pesos: 456, 478, 545, 542, 530 y 545 kilos. Juan Pablo Sánchez (lila y oro): Palmas tras aviso y ovación tras aviso. Arturo Saldívar (violeta y oro): Palmas y silencio. Ginés Marín (turquesa y azabache): Ovación tras ligera petición y pitos tras tres avisos. Incidencias: sobresalió en varas Jorge Morales, que picó bien al 4o. Al finalizar el paseíllo se tributó un minuto de aplausos a la memoria del ganadero de Barralva, Luis Álvarez Bilbao, y al matador Ricardo Balderas, fallecidos en días pasados.






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