Luis David rompe el hielo        

Cortó una oreja de peso y sacó su fondo expresivo en La México

Luis David Adame salió volando por los aires a las primeras de cambio de la faena al sexto toro de La Joya. El golpe en la arena fue violento, y en medio del revuelo de capotes se incorporó el hidrocálido, dolorido y maltrecho. Pero fue esa inesperada "sacudida" la que necesitaba; es decir, sentir que aquí debía entregarse sin reserva. A partir de entonces rompió el hielo y conectó con la gente.

La faena ante ese toro tuvo su miga, ya que lo esperó mucho y se muy quedó quieto para robarle redondos templados, con el compás abierto, y el sentimiento a flor de piel. Fueron los muletazos más sentidos que ha dado en esta plaza desde la faena con el toro de su confirmación.

Pero ahora hubo drama, y después del drama vino el asentamiento. Eso es lo que vale. La gente reaccionó de manera favorable y le coreó olés rotundos, en medio de esa expectación por el final de un trasteo que rubricó de una estocada atracándose de toro, cuya travesía hacia el costillar contrario obligó al uso del descabello. Y esa tardanza en la muerte del toro le arrebató la oportunidad de que el público pidiera una segunda oreja.

No importa. Lo que cuenta es el arrojo desplegado por Luis David, y que se haya dado cuenta de que el toreo es, como en esas sensacionales zapopinas, dejarse el alma en el ruedo… pero claridad de ideas. En suma, con causa. 

Y ya lo había intentado el hermano de José. Sólo eso, con el primero de su lote, un toro muy deslucido a partir del cual la corrida de encaste Domecq comenzó a desmoronarse luego del buen juego del segundo, con el que Andrés Roca Rey estuvo centrado y temerario -fiel a su impactante tauromaquia- con aquel escalofriante inicio de faena que cautivó al público. Mas luego de un par de tandas buenas vino demasiado toreo por la espalda, y aunque suele gustar a un amplio sector del público, no es lo mismo que pasarse al toro por la bragueta, como mandan los cánones.

El quinto fue una prenda desde que el peruano intentó darle una desdeñosa tijerilla con el capote, al hilo de las tablas. El de La Joya se orientó y mostró su guasa en una faena en la que Andrés moderó su frenético ímpetu para no acabar en la enfermería. Menos mal que "aprudentó", como debe hacerse en esas madrugadas de juerga cuando la posibilidad de "ir a más" ya no aparece en el incierto horizonte.

Sólo buenos detalles había bosquejado Diego Silveti con el noble ejemplar que abrió plaza porque duró poco. Y casi nada con el dócil cuarto, que de haber tenido fuerza hubiese sido un caramelo. Así que el nieto de Juan se vio obligado a regalar un sobrero de Xajay que fue manejable, y con ese buscó agradar a la concurrencia sin demasiado eco en el tendido porque el toro no tuvo fondo.

Espoleado por la ausencia de triunfo, en una plaza cuya puerta grande se le resiste, Roca Rey apostó por obsequiar otro sobrero, del hierro de La Joya, que tal vez se quedó fuera del lote titular porque tenía menos trapío. Y como suele suceder: fue el mejor de la corrida.
En un alarde de valentía y exceso de confianza, el peruano quiso sacárselo por la espalda en la parte inicial de la faena y se llevó una voltereta de órdago, misma que estaba cantada.

Su ambición, su valor temerario, y el impacto que su puesta en escena genera en el público, muchas veces no están al nivel de la lucidez que se requiere para evitar momentos como ése, de grave riesgo. Y en vez de un caballo de paso fino, Andrés parece un potro rebelde que quiere comerse el mundo a puños.

Enrabietado por haber sido volteado de esa manera, Roca Rey se levantó echo un jabato y dio muletazos recios, mandones, de "abajo-abajo", embraguetado, llevado embebido al toro y obligándolo mucho, hasta que éste le pidió una tregua, hasta que vino a menos el "Alquimista" de La Joya, y el no haber dosificado la intensidad de la faena echó por tierra que aquello llegara al clímax.

Bien dicen que en el óptimo acabado de una obra artística, es imperativo que exista un planteamiento, un desarrollo, un clímax y un desenlace. Y parece que Andrés se afana en encontrar el clímax saltándose todo el proceso. De cualquier manera, el peruano espanta de valiente ¿como Carmelo? Lo suyo sería buscar más el "oleeé" que el "¡ayyy!". Porque sí puede. ¡Desde luego que puede! Es una cuestión de enfoques.

Ficha
Ciudad de México.- Plaza México. Décima corrida de la Temporada Grande. Un tercio de entrada (unas 14 mil personas), en tarde soleada y fresca, con algunas ráfagas de viento. Siete toros de La Joya (el 8o. como regalo), bien presentados, de variado comportamiento, de los que destacó el 2o. por su bravura. Y otro de Xajay (7o. de regalo), manejable. Pesos: 520, 514, 489, 485, 480, 519, 501 y 519 kilos. Diego Silveti (blanco y plata): Palmas, silencio y silencio en el de regalo. Andrés Roca Rey (tabaco toro): Palmas tras aviso, división y ovación en el de regalo. Luis David Adame (canela y oro): División y oreja. Incidencias: Destacó en varas David Vázquez, que picó al 5o. con torería. Y en banderillas, Ángel González, que lo hizo con eficacia y discreción.






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