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El comentario de Juan Antonio de Labra  

...es un fenómeno más propio de un líder religioso o político...

La actuación de Enrique Ponce del domingo anterior deja sobre la mesa de discusión varias reflexiones interesantes de observar. Por principio de cuentas, la inigualable intensidad del romance que vive con la afición de la Plaza México, algo que es innegable y, por si fuera poco, raya a niveles de apasionamiento difíciles de superar.

Y aunque esta relación ha vivido distintas etapas, y algunos sinsabores, como es lógico que así sea después de 25 años de tener una presencia continuada en la Temporada Grande, el grado de locura colectiva que suscitó en esta última corrida fue superior al de otras comparecencias en las que también ha triunfado.

Desde luego que la tarde tenía diversas connotaciones que bien pudieron aumentar el tono de la entrega por parte del público, como fue el hecho de que Ponce haya quedado marginado de actuar en la Corrida Guadalupana del próximo martes, donde tenía sobrados merecimientos para haber ocupado un puesto en ese cartel. O también porque anunció que iba a donar sus honorarios de esta reciente actuación para aportar su ayuda a los damnificados del sismo.

Al margen de estas circunstancias, resulta admirable la fantástica comunión que tuvo con la gente, que fue muy especial, no obstante que la plaza no estuviera llena, que sí es algo que se echa en falta considerando la calidad de los carteles que se han confeccionado.

Pero hablando en términos de mercadotecnia, cabe destacar la capacidad de generar tantas emociones y mantener la mirada del público puesta en su figura durante toda la corrida, sólo como pocas figuras lo han conseguido a lo largo de la historia de la tauromaquia. 

Esa forma de estar en la plaza y de comunicarse -y embelesar al público- es un fenómeno más propio de un líder religioso o político que de un torero, cuyo conocimiento de la psicología de las masas tiene una enorme valía. Y aunque a los más exigentes les gustaría verlo con un toro con mayor trapío, a la inmensa mayoría eso le importa un bledo y celebra, inclusive a ciegas, cualquier guiño del valenciano.

El inusual epíteto de "consentido" que le pertenece por derecho propio, es la muestra fehaciente de que su toreo y el impacto que su personalidad provoca en la gente, se han convertido en un referente de esta afición.

Y es que cuando una pasión tan inmensa se apodera del sentimiento de la gente, ya no hay razonamiento alguno que permita encontrar el equilibrio que otorga la ecuanimidad. Eso fue lo que provocó Enrique Ponce el otro día con el toro "Vivaracho", de Teófilo Gómez, una locura colectiva de enormes proporciones.

Ahora tendrá que esperar a que llegue el mes de febrero para regresar a este escenario, la plaza donde sigue siendo el torero más querido después de Manolo Martínez. Y eso, amigos, para quienes conocen la trayectoria del mandón en esta plaza, saben bien a qué me refiero. Así las cosas.

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