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Desde el barrio: El año de Manolete... y Chicuelo

"...Deberían leer más estos chicos de la desvirtuada izquierda..."

Hay efemérides y aniversarios del toreo que pasan prácticamente desapercibidos. No ha sido así, por cierto, con el centenario de Manolete, que se ha celebrado con tímidos y actos dispersos fuera de Córdoba y, afortunadamente, con todo un año de grandes e interesantes eventos en su ciudad natal. Y eso gracias, sobre todo, al empeño de Fernando González Viñas, que ha ejercido funciones de comisario más allá del tópico de y la caspa tan habituales en el gueto taurino.

La misma pero distinta caspa de errático progresismo y los idénticos pero opuestos tópicos baratos que, sumados a rancios prejuicios morales y mentales, han mostrado y guiado a los miembros de Podemos y sus adláteres en el ayuntamiento de la ciudad de los Califas para votar en contra del nombramiento de Manolete como hijo predilecto de esa Córdoba que tanto le debe. Deberían leer más estos chicos de la desvirtuada izquierda de nuestros días…

Por el contrario, entre la oficialidad de los aficionados, las autoridades sevillanas y la mayoría de los medios taurinos -donde también abunda la desmemoria, bien por desconocimiento de la historia del toreo o porque los muertos no se hacen publicidad- ha pasado desapercibido el cincuentenario de la muerte de uno de los toreros clave del siglo XX, como es el sevillano Manuel Jiménez "Chicuelo".

Dejando a un lado alguna escueta relación de fechas de su carrera, sin interpretación ni valoración alguna y publicada como de trámite, sólo Cuadernos de Tauromaquia, el recomendable trimestral que dirige Álvaro Acevedo, le ha dedicado al torero de la Alameda -de Hércules, que no de Osuna…- el suficiente y merecido espacio en estos días.

Primero, un amplio y exacto análisis sobre la tremenda trascendencia de la tauromaquia chicuelista, firmado, cómo no, por Santi Ortiz. Y ahora, en el último número recién publicado, una sabrosísima entrevista con su hijo, el también matador de toros Rafaelito Chicuelo, al que ha dejado hablar, y de qué manera, el propio Álvaro.

A sus 81 años de edad, el hijo del gran torero de la Edad de Plata evoca, con palabras sencillas y concisas pero cargadas de sabiduría, un concepto que, bebiendo de las fuentes paternas y de la vieja tradición sevillana, busca la esencia misma del arte del toreo.   

Habla despacio Rafaelito Chicuelo, como se torea, como se ama, como se piensa, y desgrana en cada frase, en cada párrafo de la entrevista, una filosofía, vivida y practicada, que puede parecer en desuso pero a la que habrá que ir recurriendo más a menudo para evitar la deriva hacia la intrascendencia y la comercialidad mal entendida que está tomando este espectáculo.

Le preocupa al maestro, ya desde la distancia, que desaparezcan formas valiosísimas del toreo, como la de ese inconfundible estilo sevillano que inauguró su padre, y del que solo reconoce ahora como representante a Morante de la Puebla. O, aún más, porque también opina que no ve a nadie más que a Diego Urdiales que sea capaz de torear con la cintura y con auténtica naturalidad.

No parece que sean los suyos lamentos de aficionado viejo o de taurino trasnochado y añorante, sino reflexiones de un amante del buen toreo que nació y se crió en el mismo manantial de una corriente que tuvo en México, allá por los años veinte del pasado siglo, la mejor oportunidad de crecer hasta convertirse en un amplio caudal de torería.

Por algo es que el hijo asegura que su padre, como gran amante del encaste Saltillo-Santa Coloma, reconocía a Julián Llaguno González como el mejor ganadero que había conocido. Y que fue con sus toros, en la vieja plaza de El Toreo, como encontró el camino que le llevó a cuajar a "Corchaíto", el año 29 en Madrid, la que se considera fundacional de la tauromaquia moderna.

Gallista de concepto -"como lo era Belmonte"- y admirador de Félix Rodríguez y de Curro Puya, el gran Chicuelo acabó por pasar a Manolete el testigo, de fondo que no de forma, del toreo ligado que acabaría por imponer el Monstruo. Un hilo del mejor toreo que ya vio perfectamente Pepe Alameda y que, mera coincidencia, tiene en los años terminados en 7, como este que se va, la fecha redonda de sus efemérides. Tanto monta, monta tanto.

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