Morante, carisma de consentido        

El sevillano cuajó una inspirada faena ante el delirio de la gente

La misma plaza, el mismo torero, y la misma ganadería. Los astros se alinearon. Y así surgió la magia del toreo. Una vez más, Morante acabó con el cuadro. La gente tiene ya un nuevo ídolo, el de La Puebla, que cada día torea mejor, con más empaque, más naturalidad, más arte. Y ante eso, no hay otra cosa que valga.

Ya desde que estuvo en La México en días pasados para grabar un video promocional, en sus palabras se advertía algo grande: "que la gente venga a la plaza con alegría…"  Y así fue. Parece como si esa estancia previa hubiese sido una premonición, sentir la frialdad del cemento, con la plaza vacía, evocando unos lances con la chaqueta… para unos cuantos días después: volcar ese sentimiento torero delante del toro, en este caso "Peregrino", de la divisa de Teófilo Gómez.

Porque antes, con el segundo de la tarde, Morante había demostrado unas ganas tremendas de expresarse, y si el toreo brillo en pasajes concretos, delante de ese primer toro, que protestaba cuando le hacía las cosas por arriba, ya apuntó detallazos de torero caro ante un público receptivo, sensible, que venía dispuesto a toparse nuevamente con el arte del sevillano, como ocurrió el reciente 17 de enero.

Pero ahora se la notaba todavía más feliz a José Antonio, que sacó la mejor cara de su inspirada tauromaquia, dotada de una fuerza que entronca con la esencia misma del toreo de otra época, ahí donde confluyen los artistas más consagrados de la historia, con la enorme salvedad de que este torero es más consistente que ninguno de los grandes artistas de años pasados.

Y la faena no tuvo desperdicio. Morante aprovechó la calidad del toreo por el pitón derecho, ahí por donde el toro queretano embestía con más ritmo, y se abandonó a sus sentimientos para cuajar muletazos de una hondura maravillosa que hicieron vibrar a toda la plaza. Qué pena por aquellos que se lo perdieron.

El éxtasis colectivo fue de una retroalimentación perfecta, y a cada pase de Morante sobrevenía el olé más sincero de esta plaza, que cuando se emociona como hoy, no tiene parangón en la faz del planeta de los toros. Morante lo sabía y por eso no dejó de hacer el toreo con esa misma despaciosidad y cadencia, aderezado de remates con chispa, desplantes con torería, y una estocada -en corto y por derecho- de la que “Peregrino” salió muerto de la mano.

En medio de esa pasión tan mexicana, José Antonio dio una vuelta al ruedo lenta, saboreada, devolviendo un sinfín de prendas de vestir, mientras la gente se regodeaba en ese sentimiento que él había provocado.
José Mari Manzanares le tocó el lote más cargado, compuesto por un primer toro acaballado y violentó cuyas hechuras no anunciaban nada bueno. Y tras el batacazo que le dio al picador español Pedro Morales, que luego se volvió a montar para colocar un soberbio puyazo, el hijo del maestro alicantino se vio obligado a abreviar. Fiel a su contundencia con la espada, colocó una estocada de magnífica ejecución, que fue lo más rescatable de su labor delante de ese primer toro ejemplar.

El otro era un roto regordío, hondo, sin cuello, y un tanto basto de hechuras, pero embistió con mucha transmisión. No alcanzó José Mari a cogerle el aire, a veces porque se quedaba muy encima entre pase y pase, sin perderle pasos, queriendo lugar lo pases en un palmo ante un toro que le pedía distancia.

Espoleado por el arrebatador triunfo de Morante, se le notó crispado y sin acabar de entenderse con el de Teófilo Gómez, al que despachó de una estocada trasera  y caída que emborronó la buena actitud que tenía, aunque hoy no le hayan salido las cosas como esperaba.

Gerardo Rivera se mostró solvente y muy decidido en esta tarde de tanto compromiso, la más importante de su incipiente carrera y apenas la segunda desde que tomó la alternativa en Tlaxcala. De haber estado fino con la espadas hubiera cortado la oreja del toreo de la ceremonia, pues lo hizo todo: larga cambiada a porta gayola, lance a la verónica, quite por saltilleras, recios pares de banderillas y, más tarde, una faena bien estructurada y valiente que no tuvo remate con el acero.

No se salvó e tlaxcalteca de una fuerte voltereta, al haber quedado atravesado, cerca de tablas, para dar una arrucina. Pero eso no le impidió abrochar el trasteo con unas luquesinas, ya cuando había enseñado sus firmes intenciones de triunfo ante un toro bueno, con calidad, que le permitió andar a gusto.

El sexto no tuvo fondo y aunque Rivera trató de agradar, ya la gente se aburría, otros espectadores buscaban la salida, y muchos más, casi la mayoría, permanecía en su lugar para ver salir a hombros a Morante, que se fue feliz de la vida luego de haberse convertido en el nuevo ídolo de esta afición. Ojalá que no tenga que pasar un año para volver a verlo. Porque éste, señores, es un torero para afición de La México. Es su nuevo torero consentido.

Ficha
Ciudad de México.- Plaza México. Octava corrida de la Temporada Grande. Un tercio de entrada (unas 14 mil personas) en tarde agradable. Toros de Teófilo Gómez, disparejos en presentación y hechuras, nobles en su conjunto, salvo el 3o., que resultó complicado. De mejor juego 1o., 4o. (premiado con arrastre lento), y 5o., que tuvo mucha transmisión. Pesos: 508, 491, 530, 520, 540 y 536 kilos. Morante de la Puebla (lila y azabache): Ovación y dos orejas. José Mari Manzanares (azul marino y oro): Palmas y silencio. Gerardo Rivera (sangre de toro y oro), que confirmó la alternativa: Palmas y silencio. Incidencias: Rivera confirmó con el toro "Agua Clara", número 359, cárdeno, con 508 kilos. Destacaron en varas César Morales y el español Pedro José Morales, que fueron ovacionados; con las banderillas, Gustavo Campos Diego Martínez, que saludaron, y en la lidia, José Antonio Carretero y Juan Ramón Saldaña.

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