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Historias: Toros famosos en México (I)

"…Dichos registros son abundantísimos y si bien no en todos…"

En la "Galería de toros famosos y toros indultados en México. Del siglo XVI a 1946" que vengo formando, encuentro entre aquellos viejos documentos virreinales, una notoria exaltación al ganado que entonces salía a las plazas, donde fundamentalmente se realizaban suertes a caballo (como la lanzada, rejoneo y espada, al uso de los tratados de la jineta y la brida; y aquellas donde los plebeyos, dábanse la oportunidad de lucir sus galas con suerte a pie).

No es común encontrar la procedencia de esos toros, salvo contadas excepciones, pero se resuelve el elogioso comentario, en verso o en prosa, que ubicamos, sobre todo, en "Relaciones de sucesos".

Dichos registros son abundantísimos y si bien no en todos se percibe la misma intención al describir las fiestas, no escapa a la vista de sus autores la perceptible presencia de aquellos toros que dieron realce al festejo o festejos reseñado.

Dada la generalidad del asunto, que ya conocemos casos concretos y más detallados, conviene recoger esas citas elogiosas y entender en esa forma, la interpretación literaria de que nos proveen autores impresionados por el juego, o quizá la casta o la bravura, componentes que dieron motivo a sus elevadas descripciones.

Comienzo con Matías de Bocanegra, quien nació en la Puebla de los Ángeles, y fue uno de los jesuitas de la provincia de México de más vivo ingenio, y de más instrucción en las letras humanas y en las ciencias sagradas, muy estimado de los virreyes y obispos de la Nueva España, según apunta Beristain de Souza. En 1640 escribió nuestro autor lo siguiente:

Si el toro belicoso

Si el toro belicoso
ensangrienta sus puntas en el coso
para lograr las eras,
le pone el labrador en sus manseras
(. . . . . . . . . .)

Si le detienen (al caballo), vuela,
reacio pára, si le dan espuela,
y en fin es más difícil gobernallo
que al ave, al pez, al toro y al caballo.
...no hay quien pretenda ser rey de animales;
y regirlos se tiene en más decoro,
que no al caballo, al ave, al pez y al toro.

La ya conocida María de Estrada Medinilla, viene hasta aquí, y nos obsequia su interpretación, la que observó en las FIESTAS / DE TOROS, / IVEGO DE CAÑAS, / y alcancías, que celebrò la No- / Bilifsima Ciudad de Mexico, à / veinte y fiete de Noviembre / defte Año de 1640 / EN / CELEBRACIÓN DE LA / venida a efte Reyno, el Excelléntifsimo Señor / Don Diego Lopez Pacheco, Marques de / Villena, Duque de Efcalona, Virrey / y Capitan General defta Nueva / Efpaña, &c. / Por Doña Maria de Eftrada / Medinilla.

Oy el Toro fogoso, horror del cielo,
Por feftejar la Indiana Monarchia,
Dexa fu azul dehefa, y baja al fuelo,
Y al robador de Europa defafia:
Todos ayudan con ygual desvelo,
A la solemnidad de tan gran dia,
Marte dá lanças. Y el Amor fabores,
Cañas Siringa, el Iris da colores,
Caballos, y jaezes matizados;
Cordova dió, la Perfia los plumajes,
Telas Milan, Manila diò Brocados,
Las Indias Oro, el Africa los trajes,
Primaveras obftentan los tablados,
Diverfidad de flores fon los pajes,
La plaça conduxera a fu grandeza,
Las de la Inquificion por fu limpieza.

En la forma del dia antecedente,
A fu afsiento llegò el Marques, apenas
Quando un toro enma[n]tado falio ardie[n]te,
Que incendio palpitaua por las venas:
Quexabafe abrafado, y a la gente
No mouia a laftima fus penas,
Siendo el gemido que formaua en vano,
El del toro Falaris tyrano.

Toca el turno a don Alonso Ramírez de Vargas, quien en 1677 escribe su Romance de los Rejoneadores que es parte de la Sencilla Narración… de las Fiestas Grandes… de haber entrado… D. Carlos II, q. D. G., en el Gobierno, México, Vda. De Calderón, 1677. Dicha obra celebra las Fiestas por la mayoridad de D. Carlos II, 1677. Ramírez de Vargas ofrece una delectación indigenista en esta Sencilla Narración… y refulgen los romances para los rejoneadores –una de las más garbosas relaciones taurinas al gusto de Calderón–… Respetando la ortografía original:

"Diose al primer lunado bruto libertad limitada, y hallándose en la arena, que humeaba ardiente a las sacudidas de su formidable huella, empezaron los señuelos y silbos de los toreadores de a pie, que siempre son éstos el estreno de su furia burlada con la agilidad de hurtarles –al ejecutar la arremetida– el cuerpo; entreteniéndolos con la capa, intacta de las dos aguzadas puntas que esgrimen; librando su inmunidad en la ligereza de los movimientos; dando el golpe en vago, de donde alientan más el coraje; doblando embestidas, que frustradas todas del sosiego con que los llaman y compases con que los huyen, se dan por vencidos de cansados sin necesidad de heridas que los desalienten.
 
Siguiéronse a éstos los rejoneadores, hijos robustos de la selva, que ganaron en toda la lid generales aplausos de los cortesanos de buen gusto y de las algarazas vulgares. Y principalmente las dos últimas tardes, que siendo los toros más cerriles, de mayor coraje, valentía y ligereza, dieron lugar a la destreza de los toreadores; de suerte que midiéndose el brío de éstos con la osadía de aquéllos, logrando el intento de que se viese hasta dónde rayaban sus primores, pasaron más allá de admirados porque saliendo un toro (cuyo feros orgullo pudo licionar de agilidad y violencia al más denodado parto de Jarama), al irritarle uno con el amago del rejón, sin respetar la punta ni recatear el choque, se le partió furioso redoblando rugosa la testa. Esperóle el rejoneador sosegado e intrépido, con que a un tiempo aplicándole éste la mojarra en la nuca, y barbeando en la tierra precipitado el otro, se vio dos veces menguante su media luna, eclipsándole todo el viviente coraje.
 
Quedó tendido por inmóvil el bruto y aclamado por indemne el vaquero; no siendo éste solo triunfo de su brazo, que al estímulo de la primera suerte saboreado, saliendo luego otro toro –como a sustentar el duelo del compañero vencido–, halló en la primera testarada igual ruina, midiendo el suelo con la tosca pesadumbre y exhalando por la boca de la herida el aliento.

Ardió más el deseo de la venganza con el irracional instinto en otros dos, no menos valientes, que sucesivamente desocuparon el coso como explorando en el circo [a] los agresores, y encontrándo[se] con otros igualmente animosos y expertos; hallaron súbitamente a dos certeros botes, castigado su encono y postrada su osadía, sirviendo tanto bruto despojo de común aclamación al juego.

Admirado juzgó el concurso no haber más que hacer, así en la humana industria como en la natural fuerza, y a poco espacio se vio la admiración desengañada de otra mayor que ocasionó el expectáculo siguiente.

Fulminóse a la horrible palestra un rayo en un bruto cenceño y vivo, disparando fuego de sus retorcidas fatales armas, a cuyo bramoso estruendo, opuesto un alanceador montaraz tan diestro como membrudo, a pie y empuñada una asta con las dos manos, cara a cara, le seseó con un silbo a cuyo atractivo se fue el animal con notable violencia; y el rústico –prendiéndole el lomo con osadía y destreza, firme roca en los pies, sin apelar a fuga o estratagema– se testereó con él, deteniéndole con el fresno por tres veces el movimiento, sin que el toro –más colérico cuanto más detenido– pudiese dar un paso adelante; tan sujeto que, agobiando el cuerpo para desprenderse del hierro, se valió deste efugio para el escape, dejando al victorioso por más fuerte, que no contento aspiraba a más triunfo buscándole la cola para rendirlo, acompañado deotro, que con una capa –imperturbable- lo llamaba y ágil lo entretenía. 

Afijóse en su greñudo espacio, y dando a fuerza de brazos en el suelo con aquella ferocidad brumosa, se le trabaron ambos de las dos llaves; y concediéndole la ventaja de levantarse, le llevaron como domesticado de aquella racional coyunda a presentar a Su Excelencia, con tanto desenfado que –ocupado el uno en quitarse la melena de los ojos– lo llevó sujeto el otro sin haber menester al compañero por algún rato; siguiéndose a esto, que caballero el uno sobre el toro, sin más silla que el adusto lomo ni más freno que la enmarañada cerviz, rodeó mucha parte de la plaza, aplaudidos entrambos con víctores y premios; siendo éstos muy parecidos a los tesalos, que concurrían en el Circo Máximo, como cuenta Suetonio Praeterea Thesalos equites, qui feros tauros perspatia circi agunt, insiliuntque de fesos et ad terram cornibus detrabunt.
 
Ni paró el festivo juego sólo en la orgullosa fiereza de los toros, valor y maestría de los rejonistas (que fueron premiados con los mismos despojos de su brazo), sino que sirvió también de admiración entretenida ver a uno déstos correr una tarde no menos regocijada que las demás en un ligero caballo hijo del viento; y en el mismo arrebatado curso, saltar de la silla al suelo y del suelo a la silla por varias veces, ya a la diestra, ya a la sinistra, sin que le estorbase la velocidad al bruto ni el jinete le impidiese la carrera; ante sí lo paró y sujetó cuando quiso. Este ejercicio de agilidad conseguían felizmente los romanos, licionados en unos ecúleos de madera; haciendo a bajar y subir sin tardanza en las escaramuzas y tumultos de la guerra, como toca Virgilio".

La monja jerónima sor Juana Inés de la Cruz también es invitada especial en estas apreciaciones, así que dejo a ustedes la lectura de estos dos poemas escritos por ella en 1685:

Encarece de animosidad la elección de estado durable hasta la muerte.

Si los riesgos del mar considerara,
ninguno se embarcara; si antes viera
bien su peligro, nadie se atreviera
ni al bravo toro osado provocara.

Si del fogoso bruto ponderara
la furia desbocada en la carrera
el jinete prudente, nunca hubiera
quien con discreta mano la enfrentara.

Pero si hubiera alguno tan osado
que, no obstante el peligro, al mismo Apolo
quisiere gobernar con atrevida

mano el rápido carro en luz bañado,
todo lo hiciera y no tomara sólo
estado que ha de ser toda la vida.

Habiendo muerto un toro, el caballo a un caballero toreador

El que Hipogrifo de mejor Rugero
ave de Ganímedes más hermoso,
pegaso de Perseo más airoso,
de más dulce arion delfín ligero

fue, ya sin vida yace al golpe fiero
de transformado Jove que celoso
los rayos disimula belicoso,
solo en un semicírculo de acero.

Rindió el fogoso postrimero aliento
el veloz bruto a impulso soberano:
pero de su dolor, que tuvo, siento

más de activo y menos de inhumano,
pues fue de vergonzoso sentimiento
de ser bruto, rigiéndole tal mano.

Sor Juana –la décima musa– incorpora en su poesía infinidad de elementos de la mitología clásica. Los mejores poetas y prosistas de la época eran escogidos para depositar en sus obras no sólo su estilo personal. También –y entre otras– la influencia que venía desde el Renacimiento y que en la Edad Barroca fue seña de devota religiosidad. Por eso la mitología se convirtió en un elemento que se añadió y enriqueció a las letras.

Caballeros y protagonistas en fiestas de aquella época lo fueron: D. Diego Madrazo, D. Francisco Goñi de Peralta y el mismo conde de Santiago, don Juan de Velasco.
 
¿Buscaba sor Juana quedarse en la publicidad del siglo?

De revelarlo nos profundizaríamos en vericuetos y laberintos, llegando a alguna respuesta. Por ahora no dejo más que sorprenderme al admirar su construcción creativa. Pero dice mucho que la obra de una mujer estuviese por encima de la vida común, que fuera el centro de atención y de ataques inclusive –por tratarse de alguien con una vida limitada a razones silenciosas y silenciadas (me parece que nacer mujer en aquellos tiempos significaba nacer en medio o dentro de un pecado). La vida doméstica –casarse con dote–, o la religiosa–casarse con Cristo–, eran dos destinos rígidamente trazados; aunque la prostitución fue otra alternativa.

Otros escritos del autor, pueden encontrarse en: https://ahtm.wordpress.com/.

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