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Tauromaquia: En la peña El Toreo de Monterrey

"...en medio de la debacle, sobreviven aficionados cuyo principal..."

Ciudad de carácter muy singular, Monterrey fue capital taurina de México en más de una ocasión. Baste para demostrarlo la simple mención  de estos tres nombres: Lorenzo Garza Arrambide, Manuel Martínez Ancira, Eloy Américo Cavazos Ramírez. Que cada quien los coloque y jerarquice según su leal saber y entender, que en gustos se rompen géneros y por mayo corazones. Habrá neoaficionados a los que poco o nada diga la mención de tan ilustre terna, mas lo cierto es que ningún otro punto del país puede presumir otra de semejante envergadura.

Por ahí comienza, precisamente, el drama actual de nuestra Fiesta. Si la historia ya le dice poco a la gente, cómo vamos a pretender que los millenials se interesen por un espectáculo que, al dejar de generar emociones, ha perdido visibilidad social y poder de convocatoria. En realidad son varias las pérdidas que, sumadas al déficit de plumas y voces capaces de contar la riquísima historia de nuestra tauromaquia, documentan la debacle.

Pero si buscamos el núcleo duro de la misma, allí campa, con su talante apacible y bofo, el lamentable post toro de lidia mexicano. Y, a partir de dicho cuerpo extraño, todo lo demás: la desaparición del tema taurino de la escena pública –vía medios de difusión–, la errónea concepción de un espectáculo-rito de raigambre eminentemente popular como asunto al exclusivo alcance de élites adineradas, el apocamiento de la fértil cantera mexicana, desprovista no de buenos toreros –que los sigue habiendo–, sino de aquellos figuras legendarias que sabían concentrar miradas y crecerse en los momentos clave a fuerza de carácter, carisma, fe y autoestima, cuatro atributos sin los cuales nadie puede aspirar a mandón de la fiesta.

De ahí, de esa ausencia de sello y fuego personal, la resignación con que nuestros toreros se fueron convirtiendo en actores secundarios, a la sombra de los foráneos en quienes se amparan actualmente unas empresas que tampoco han sabido honrar ni la historia ni la dignidad de la Fiesta Brava mexicana, arrasando su pasado, presente y futuro a ciencia y paciencia de todo mundo. Entreguismo por demás estéril, dado que tales importados ni aportan un esfuerzo revitalizador ni llenan las plazas. Estamos, pues, ante un drama que antes de desembocar en tragedia –en el sentido clásico del término–, está adquiriendo perfiles de comedia, distorsión en la que alguna participación hemos tenido todos los involucrados, ya sea por acción u omisión, por falta de agallas, por perversidad manifiesta  o por ingenuidad culpable. A elegir.

Y sin embargo…

Y sin embargo, en medio de la debacle, sobreviven aficionados cuyo principal interés consiste en trabajar apasionada y denodadamente por revertir una situación cuya gravedad reconocen con franqueza sin plantearse ni por asomo la posibilidad de rendir la plaza. Nada de resignación ante lo inevitable. Tampoco el autoengaño de celebrar como bueno lo decadente y vicioso. Su amor por la Fiesta es tan irreductible como lúcido. Y lo nutren mediante la estrategia de no perderle huella a lo bueno allí donde se dé –los tiempos podrán ser malos, pero el toreo sigue su curso–, y, sobre todo, agrupándose para mantener viva la llama de su afición de una manera organizada, sistemática y pedagógica.

Las tres virtudes distintivas de la Peña Taurina El Toreo que, con entusiasmo y fidelidad extraordinarios, cada noche de jueves sesiona en su propio local de la ciudad de Monterrey; y vieran ustedes qué sabor a toreo eterno emana, a través de las estampas, carteles y fotografías que prácticamente lo tapizan, y cuánto calor humano alberga, traducido en pasión inteligente y cordialidad fraterna. Todo eso que tuvimos el gusto de palpar el pasado jueves 5, con motivo de la presentación de nuestra "Ofensa y defensa de la tauromaquia" en la industriosa urbe regiomontana.

Una sesión ejemplar

Llama la atención la seriedad absoluta con que todo se lleva a cabo. Desde la anticipación con que los miembros de la Peña están en sus puestos y la puntualidad con que se inicia y se va cumpliendo el orden del día, con registro riguroso en la computadora del joven secretario de actas Arnulfo Garza de sus diversos capítulos, perfectamente establecidos, en que los socios previamente asignados  van refiriéndose a las efemérides de la semana, los sucesos que hayan surgido durante la misma, sin faltar un poema corto a cargo como siempre de Rogelio González ni la crónica oral de algún miembro de la agrupación presente en el festejo estelar de los últimos siete días: esta vez fue la cuarta corrida de la temporada capitalina, y Héctor Villalobos sintetizó con perfecto dominio del tema y criterio de genuino aficionado el triunfo de Joselito Adame, la inhibición de Enrique Ponce ante un encastado toro de Reyes Huerta, y la desilusión producida por un Pablo Aguado anodino y lánguido al confirmar en La México su alternativa sevillana. Es decir, el doble triunfo de la casta, la del torero de Aguascalientes y las de los astados de Reyes Huerta y Jaral de Peñas, sobre la indecisión y falta de pundonor de los dos hispanos que, supuestamente, llevaban el peso del cartel. Y todo perfectamente expresado en ese breve resumen, con datos y argumentos irrefutables.

Lo que siguió fue un intercambio de lo más jugoso entre el autor del libro que se presentaba y la fértil esgrima de los avezados peñistas regios, que supieron penetrar en lo esencial de "Ofensa y defensa de la tauromaquia" sin abandonar la cordialidad ni dejar de exhibir su encendido amor por la fiesta y la preocupación por su incierto porvenir, tan palpable precisamente en Monterrey, donde ya casi no se dan corridas y ni se sueña con ver novilladas, siendo que fue un emporio de toros y toreros hasta finales del siglo XX.

Finalmente, se entregó al invitado especial un valioso diploma de reconocimiento como autor del libro citado, evento con el que ha culminado la XLIII Semana Regiomontana del Toreo, gala de otoño inaugurada hace 43 años por la Peña Taurina El Toreo, que lleva más de dos mil 500 sesiones celebradas desde su fundación en 1963. El documento lo rubrican el presidente Héctor E. Villalobos, el secretario Arnulfo Garza y el tesorero René Romo Páez a nombre de una treintena de miembros activos de la agrupación. En agradecimiento, Reiba intentó retribuir tanta gentileza con el obsequio a la peña de un ejemplar de la revista dedicada a la inauguración del extinto y añorado Toreo de Puebla, el 29 de noviembre de 1936, y en cuya organización estuvo involucrado su abuelo paterno.

Fernando de la Peña

Estando en Monterrey nos enteramos del deceso, ocurrido en la madrugada del viernes 6, del magnífico diestro regiomontano Fernando de la Peña Monsiváis, que había visto la luz el 16 de marzo de 1939 y residía en su ciudad natal.

De la Peña fue un torero de corte fino y sólida técnica, ya muy hecho cuando debutó en la Plaza México (03-07-60) para convertirse en eje de una temporada cuyo punto culminante sería su doble mano a mano con Jaime Rangel (21 y 28 de agosto de 1960). En el 62, al reanudarse el convenio hispanomexicano, viajó a España y pronto se presentó en Madrid (25.07.62), con tan buen éxito que lo repitieron en seguida y a punto estuvo de abrir la puerta grande (29.07.62: oreja de su primero de Ana Peña y perdió por pinchar la de su segundo, con vuelta al ruedo en hombros).

Un triunfo más contundente aún, al desorejar a un enrazado novillo de Albaserrada (01-05-63), posibilitó su participación en la novillada de la feria de San Isidro de aquel año –nuevamente lo traicionó la espada–, antesala de su alternativa en Barcelona (12 de septiembre de 1963, toro "Fechorías" de Graciliano Pérez Tabernero, cedido por Antonio Bienvenida en presencia de José Martínez "Limeño"). Ya como matador participó ese año en dos corridas más que fueron otras tantas victorias del regiomontano, con corte de dos orejas en Talavera de la Reina, alternando con El Viti y Palmeño, y una más en Palma de Mallorca, donde un toro de Palha lo hirió de escasa gravedad. Aparentemente quedaba muy bien colocado para la temporada siguiente, pero salvo don Pedro Balañá en Barcelona –donde volvió a triunfar –las empresas lo dejaron de lado, al grado que su confirmación madrileña demoró hasta el año siguiente, en un cartel veraniego con ganado duro de Escudero Calvo (22-08-65, padrino Antoñete, testigo Luis Parra "Jerezano"): De la Peña resultó herido en la axila y no volvería a Madrid. Y su permanencia en España no se tradujo en contratos,  a pesar del reconocimiento de crítica y públicos en las pocas corridas que alcanzó a torear.

En La México sólo toreó la corrida de su confirmación de alternativa (12-01-64, con "Jaleador" de José Julián Llaguno, apadrinado por su paisano Humberto Moro ante Joaquín Bernadó). No tuvo suerte esa tarde, ni tampoco al reaparecer en El Toreo dos años después, al lado de Antonio Ordóñez y Raúl Contreras "Finito" (30-01-66): le tocó el toro más bravo de la temporada, "Compadre" de San Miguel de Mimiahuápam, y sin estar mal la prensa lo vapuleó. Toreaba ya muy poco cuando un cornadón, sufrido en 1970 en la regiomontana placita Guadalupe, acabó con el resto de sus ilusiones, convirtiéndose en una más de las promesas malogradas que no escasean, por desgracia, en la historia taurina de nuestro país.
Porque Fernando de la Peña, por capacidad y clase, fue un torero que pudo llegar lejos.

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