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Historias: Presencia española en México

“…Recordar algunos pasajes en los que, a partir del año 1887…”

La actual temporada española ha dejado, hasta el momento, un buen balance. Así puede entenderse luego de la última y polémica versión de la feria de San Isidro, en Madrid. Se afirman nombres ya conocidos y surgen otros con la fuerza de un vendaval que debe uno entender de donde vienen y hacia donde van.

Son ya un buen número de gestas que ponen en favorable "sostenuto" a fiesta tan española y tan universal también, y cuyo pulso no nos es ajeno a quienes desde México, seguimos paso a paso por esos ruedos donde ocurren o han ocurrido todas esas hazañas.

De pronto, casi como un acto milagroso, la tauromaquia recupera parte de un territorio que parecía perdido, o peor aún, arrebatado por fuerzas oscuras dispuestas a perjudicarlo todo.

Allí están pues –para el que quiera algo de ellos–, nombres como Diego Urdiales, Paco Ureña, Antonio Ferrera, David de Miranda, Román Collado, Roca Rey, Pablo Aguado… y tras estos puntos suspensivos, un largo y amargo silencio pues no hay por ahora, ningún mexicano que venga a ser en alguna medida, el contrapeso.

Como un manojo de flores lucido, atractivo, este asunto también ofrece sus riesgos, pues quien los haga suyos en una apuesta empresarial, sabrá que cuenta con valiosos elementos, capaces de garantizar carteles con el atractivo suficiente, de ahí que las empresas mexicanas en lo particular, tendrán muchas razones para armar combinaciones llenas de aire fresco, que se alejen del permanente riesgo que ofrecen carteles y resultados, que se parecen unos a otros en forma lamentable.

Para nuestro país, quedan pues puntos muy importantes que resolver, pues pronto estarán a la vista del "mundillo de los toros", los anuncios de próximas temporadas y contrataciones, mismas que deberán ponerse en valor, en medio del equilibrio más conveniente para una justa batalla en los ruedos. 

En los pasillos y en las banquetas, ya se habla de un rumor a voces que tiene que ver con la igualdad de las combinaciones en carteles, y esto con objeto de que no surjan voces discordantes que puedan poner en un predicamento a quienes tienen esa obligación. Esperamos, en todo caso, buenos, muy buenos carteles y también, como en España, Francia o Portugal, un repunte tauromáquico que venga a poner mejor color y condiciones a un espectáculo que tanto necesita recuperar su presencia. 

Basta con ver plazas semivacías para entender que ese es el más contundente efecto que se produce cuando se esfuma el interés, se van los aficionados, se percibe el engaño y el desengaño también de muchos que creyeron en repuntes notables, y todo fue una simple quimera, una más de las muchas que nos han venido con el cuento de la recuperación del espectáculo.

Todo lo anterior, viene a cuento para recordar algunos pasajes en los que, a partir del año 1887, comenzaron a verse en México diversos carteles taurinos integrados, en su mayoría por diestros españoles.
 
A finales de 1851 hubo presencia de diestros españoles en nuestro país, ello con motivo de que se inauguraba –el 23 de noviembre–, la plaza de toros del "Paseo Nuevo" por parte de Bernardo Gaviño quien firmó esa y tres festejos más. Luego, para el domingo 21 de diciembre siguiente, se presentaron Francisco Torregosa "El Chiclanero" y Antonio Duarte "Cúchares", un par de improvisados que aparecieron quien sabe dónde, y que el empresario (que era a la sazón Don Vicente Pozo) tuvo a bien contratarlos bajo la notabilidad de dos sobrenombres que habían escamoteado con el objeto de tomarle el pelo a quien se les pusiese en el camino. 

Y así sucedió, ambas "figuras", desaparecieron en un tris y no se supo nada más de ellos. Por su parte, Bernardo Gaviño, ya enterado de aquel intento de "golpe de estado", tomó debidas precauciones, y endureció las medidas en su zona de control.
 
Años más tarde, el propio Gaviño se impuso en forma contundente, evitando que Antonio Díaz Labi, Lázaro Sánchez, Francisco Díaz "Tirabeque", Manuel Hermosilla, Pedro Fernández Valdemoro o Francisco Gómez "El Chiclanero" hicieran presencia en el pulso taurino nacional, aprovechándose de sus atribuciones feudales, mismas que impuso al convertirse en figura; en el patriarca de la torería mexicana, desde 1835 y hasta 1886.

Luego, fue a partir de 1882 en que comenzó a darse una presencia cada vez más notoria de diestros hispanos, misma que alcanzó su primer gran escalada durante los días 27 de febrero, 6 y 13 de marzo de 1887, fechas en las cuales se presentó la cuadrilla de Luis Mazzantini en la muy conocida plaza de toros del Paseo Nuevo en Puebla.

El cartel para aquella ocasión, que es además pieza única, elaborada a partir de los modelos tipográficos más arraigados de la época, luce de verdad, con todos los elementos allí incluidos, pues se trata del uso de varias letras capitulares, y otros tantos grabados del eminente artista popular Manuel Manilla, quien hizo de cada una de esas composiciones, dignas piezas para una exposición.

El acontecimiento trajo consigo la debida conmoción y claro, en todo ello los chicos de la prensa no faltaron a su compromiso, escribiendo cosas como las que leeremos a continuación. En La Patria, edición del 13 de febrero de 1887, se apuntaba:


LA CORRIDA DE MAZZANTINI.


No somos partidarios de las corridas de toros. Se nos dirá que pertenecemos al número de los sentimentalistas. No, señores, no es eso; vamos a los toros porque tenemos obligación de dar cuenta a nuestros lectores de lo que pasa en las fiestas que se organizan en honor de la gente despreocupada.

El domingo inauguró Mazzantini su temporada taurina. Los precios no podían ser más moderados, cinco y seis pesos en sombra y dos en sol. Qué ganga! Nuestro buen público, que es celoso en extremo de las novedades acudió solícito al galante y bien premeditado llamamiento de la empresa. Un lleno completo, sí, señores, un lleno asombroso. 

Así son las cosas. Hambre y miseria por una parte y derroche y lujo por la otra. Lo malo en estas cosas es que Lázaro es el que pierde. Las familias se quedan con el Jesús en los labios y la empresa de Mazzantini con el dinero. Váyase lo uno por lo otro, tal es la ley de las compensaciones.

Si entendiéramos algo en achaques taurinos, diríamos algo que diera idea de los pases y estocadas del célebre diestro; pero no somos para el caso y sírvanos esta sincera declaración de disculpa.

A lo que principalmente vamos a referirnos es a la manera bruca e inconveniente que emplea para con el público un señor Murias.

Y las pruebas al canto. No sabemos si Dios o el diablo, aunque lo último es lo más probable, falsificaran los billetes de entrada. El hecho es que algunos incautos cayeron en el garlito, entre otros uno de nuestros empleados, que cuenta largos años de servir en las oficinas de esta Imprenta y que es un hombre honrada. Por consiguiente, no tiene necesidad de procurarse recursos indebidos. 

Es decir, no tiene que apelar a medios ilícitos para ganar el pan de cada día, puesto que en su trabajo se lo proporciona. Pues bien; nuestro empleado encontró a su paso para el santuario de Colón a un caballero que le dijo:

–Ya no hay boletos.

–¿Deveras?

–Deveras. Pero aquí tengo dos que vendo a usted porque necesito el dinero.

Nuestro empleado iba con su señora y entregó cuatro pesos al caballero de industria. Este debe haber visto, probablemente, abierto el cielo de puerta en puerta, tal como nuestro empleado vio las del infierno.

Llegó Pruneda (que tal es el nombre del héroe de esta verídica historia) a la portería de la plaza, entregó sus billetes y ¡carpo di Baco! he aquí que resultan falsos. Asombro general! Gritos, confusión, desorden, gendarmes, aprovechamientos del género "rotuno", lo que ustedes quieran, de todo hubo allí. 

Apercibido uno de nuestros redactores de la detención de Prunedita, como acá decimos, se apresuró a manifestar al Señor Murias que era hombre honrado, incapaz de cometer el nefando crimen de falsificar ni a sus toros ni a sus boletos y que aunque pobre, como luego dicen, era persona decente. Indicó además a dicho estimable caballero que el detenido era empleado de "La Patria" y que en esta casa le encontraría siempre a su disposición.

–Sí, decente, contestó el amable empresario; aquí en México todos son decentes…

Había mucho público, mucha policía y sobre todo mucho desorden. El Señor. Murias pasó tal vez de ligero, y nuestro compañero de prudente; pero sea lo que sea, el hecho cierto es que se detuvo a Pruneda, que se le llevó a la Comisaría y que se le ha impuesto la obligación de presentar al que le vendió los boletos. Vaya usted a dar con Judas.

No queremos extendernos sobre este asunto que está sujeto a la autoridad competente. Nosotros sostenemos y afirmamos que Prunedita sobre ser inocente perdió sus cuatro pesos y que ahora está entre las llamas de un señor nuestro y amigo que así se apellida.

Esperamos, confiados, no en la amistad sino en la justicia el desenlace de este drama taurófilo que será, no lo dudamos, satisfactorio para nuestro empleado.

Volviendo ahora a la corrida de Mazzantini diremos que fue bastante aplaudido, que el público se manifestó galante como siempre y que en la plaza no hubo desorden ninguno que lamentar.

Al terminar la corrida varios léperos, esta es la palabra, arrojaron algunas piedras al célebre diestro. Nosotros reprobamos enérgicamente esas demostraciones salvajes. No se entiende el patriotismo por medio de Ponciano o Mazzantini. El arte tiene sus apóstoles y sus mártires. Y puesto que dice que es arte el que enseña a matar a las bestias feroces démosle a cada cual lo suyo.

La cuadrilla de Mazzantini es buena podemos decir, hablando con estricta justicia, que el público mexicano no ha dado una nueva prueba de su sensatez y cordura respetando y aplaudiendo lo que juzga bueno.

Nada importan las nacionalidades en estos asuntos. Bien dijo Mazzantini al brindar uno de sus toros. por la unión de México y España.

Por ella, lectores.

Al público.– Venciendo obstáculos que parecían insuperable y no deteniéndose en el gasto de una suma de dinero que habría espantado a no pocos empresarios, los de la plaza del Paseo Nuevo de Puebla han tenido la inmensa satisfacción de asegurar la venida del Rey de los diestros españoles, de la primera figura de la época moderna en el arte del toreo, del incomparable y universalmente aclamado Luis Mazzantini y no solo han obtenido traer al famoso espada, sino que, pagando a precio de oro la exclusividad han conseguido que ni él ni su soberbia cuadrilla acepten contrata alguna para ninguna otra plaza de la República.

En Puebla, pues, y solo en Puebla, los aficionados al grande y viril espectáculo nacional, es en donde tienen la primera y única oportunidad de presenciarlo en toda su pureza, en toda su extensión y ejecutado con todas las reglas que enseña el arte y ha sancionado la experiencia en las plazas más afamadas de la Península española.

A la par que a Mazzantini, los aficionados van a ver, no a una cuadrilla de adocenados toreros o de medianías, no un cuadro como no lo han visto mejor ni en Madrid ni en Sevilla en sus afamados redondeles. En esa cuadrilla figuran el intrépido sobresaliente de espada Luis Mazzantini, alternándose con su hermano Tomás, Barbi, Galea, Bienvenida, el Primito, Fernández, Badila, Ramón López, Francisco Fernández, Agujetas, Enrique Sánchez, El Ronco y Manuel Rodríguez, que todos son reputados maestros y de los cuales se puede decir que, el que menos, tiene un envidiable lugar entre los más aplaudidos.

Para hacer lucir todo el mérito de una cuadrilla como la contratada comprenderá muy bien el público que todo gasto ha parecido aceptable con tal de obtener toros bravos y de fama que garanticen el éxito de las corridas. A este efecto, y pagándolos sin regatear, se han comprado 20 fieras de la ganadería sin rival de San Diego de los Padres.

Con esos toros, que los públicos más exigentes del país han reconocido como los mejores, y con las afamadas notabilidades que van a lidiarlos, la empresa tiene la seguridad de que el público de todas las ciudades de la República que la honre con su asistencia, proclamará eternamente que las lides presenciadas en Puebla, han sido el gran suceso taurino de la época.

PROGRAMA

Primero. A la diez y media de la mañana de los días de corrida se verificará en la estación del Ferrocarril Mexicano la solemne recepción de los trenes de recreo que vengan de la capital y los pasajeros serán conducidos en medio de músicas y cohetes al centro de la ciudad.

Segundo. A las doce en punto recorrerá las calles de la histórica Puebla, en medio del alboroto universal, la grande y afamada cuadrilla de Luis Mazzantini en el convite de costumbre, al cual se procurará dar el mayor lucimiento.

Tercero. A las dos de la tarde se abrirán las puertas de la plaza para facilitar el acomodo del público en todas las localidades.

Cuarto. A las tres en punto será conducido solemnemente el cartel de la plaza de la Constitución a la de Toros del Paseo Nuevo.

Quinto. A las tres y media en punto la numerosa cuadrilla Mazzantini, previa la presencia de la autoridad, se presentará a saludar a esta y a la concurrencia.

Sexto. Inmediatamente comenzará la lidia a muerte de 5 soberbios toros de la inmejorable ganadería de San Diego de los Padres, los cuales serán jugados, picados, rejonados (sic) y matados al estilo clásico de España.

 ¿Nos acompañan?

Otros escritos del autor, pueden encontrarse en: https://ahtm.wordpress.com/.

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