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Historias: Tauromaquia mexicana en el XIX

"...Gravitaba por entonces el peso que el teatro y los toros..."

Mientras todavía es de admirar la forma en que días atrás (1 de junio), Antonio Ferrera, citaba a matar a uno de Zalduendo en Madrid, lo cual ocurría a varios metros de distancia…, el diestro buñolés lo espero…, lo esperó y así lo remató, recibiendo.

Esa hazaña sirve ahora para entender otro detalle más de la tauromaquia y su evolución, por lo que tal me lleva a pensar las ocurrencias dos siglos atrás, donde apenas teniendo idea de las prácticas, esta habría sido una de tantas y que hoy recobran su sabor y su valor.

Pues bien, hasta el momento, no tenemos una idea clara sobre la forma en que los toreros mexicanos de a pie, y esto al comenzar el siglo XIX, practicaban las distintas suertes establecidas por la que fue consecuencia natural, detentada en lo general –como ya vimos–, por Tomás Venegas "El Gachupín toreador", a finales del siglo XVIII.

Pero unos años después, aún con el desconocimiento o no de la presencia concreta de aquellas reglas de torear, concebidas por José Delgado "Pepe Hillo" desde 1796, y publicadas ese mismo año, ello no nos permite más que la posibilidad de imaginar un proceso técnico en el cual ya era frecuente el uso de capas, la más o menos coherente suerte de picar, combinada con la de banderillas; y luego el desempeño con la muleta; para culminar con la siempre recomendable suerte suprema.

Algunas imágenes así permiten adivinarlo. Por su parte, algunos textos y opiniones elaborados por autores de la época no nos otorgan mayor posibilidad de apreciación, pues fijan su mirada más en el hecho de la violenta acción (Carlos María de Bustamante o José Joaquín Fernández de Lizardi, F.P.R.P., iniciales de un desconocido opositor a los toros o algún viajero extranjero), que en lo reflexionado aquí.

Recordemos que fueron años de reacomodo social, político, económico, ideológico o religioso. Sin embargo, en lo taurino se conservaron formas, estructuras que no variaron; y aún más, se enriquecieron.

En ese sentido, gravitaba por entonces el peso que el teatro y los toros habrían tenido en una convivencia que si bien no prosperó a finales del XVIII (y esto por las constantes prohibiciones a que quedó sujeto), pero que comenzado el XIX, retomó la tauromaquia para incorporarlo a la función misma, con excelentes resultados.

Si ya en el siglo de las luces la mojiganga era pieza importante, en el XIX recuperó su presencia, e incluso se enriqueció con otro elemento más, ya presente de mucho tiempo atrás, pero que no se había declarado tan notoriamente como hasta entonces. Me refiero al jaripeo, a los coleaderos y a todas aquellas formas en que el toreo rural se manifestaba en su propio espacio, pero que por razones naturales, poco a poco se deslizó a las plazas, a los escenarios urbanos hasta encontrar lugar de privilegio y convertirse en otra parte protagónica del entretenimiento durante el festejo.
 
Y, si nos atenemos a lo establecido –pero poco conocido como quizá habría sido el caso–, sobre el nuevo referente impuesto por Pepe Hillo, es probable entonces que el desarrollo de la lidia se acercara a aquellos dictados, como el conjunto inicial de la que iba a ser por mucho tiempo la forma en que se lidiaban los toros en lo general.

Lo poco escrito al respecto, y también las escasas imágenes no nos dan, hasta ahora, la idea exacta de aquellos acontecimientos, como tampoco en el caso del comportamiento del ganado. Escasos carteles proporcionan un panorama limitado de esto, cuando apenas es posible entender en qué medida se lidiaba, y cuál su calidad en términos de bravura o nobleza de lo que poco sabemos también.

En esos tiempos, fue frecuente la presencia de ganado proveniente de Atenco, El Astillero, Sajay (o Shajay), La Cañada y hasta "escogidos toros de la aplaudida raza de Nueva Vizcaya". Hacia 1815, se anunciaba un toro conocido como "Chicharrón", y que la publicidad hizo célebre. Los deseos porque demostrara semejantes virtudes no se cumplieron a cabalidad y hasta el fracaso se tomó como referente para sacarlo a colación en asuntos de la política, tal como lo hiciera con frecuencia el "Pensador Mexicano", involucrándole en jocosos diálogos presentes sobre todo, en sus muy conocidas “Alacenas de frioleras”.

Entre los toreros que actuaban por entonces, encontramos nombres como los que siguen:

Francisco Álvarez, José María Castillo, Mariano Castro, José de Jesús Colín, Onofre Fragoso, Ramón Gándara, Guadalupe Granados, Gumersindo Gutiérrez, José Manuel Luna –"El torero Luna"–, Agustín Marroquín, Rafael Monroy, José Pichardo, Basilio Quijón, Guadalupe Rea, Nepomuceno Romo, Vicente Soria, Xavier Tenorio, Juan Antonio Vargas, Cristobal Velázquez y Miguel Xirón. Esto sin contar, de que en tiempo muy breve, se incorporarían los célebres hermanos Ávila que, como los Romero en España, fortalecieron la primera etapa de la tauromaquia decimonónica en nuestro país.

En 1814, nuestro ya conocido Fernández de Lizardi, escribía "La conferencia entre un toro y un caballo", al respecto de lo que para ellos, en esa intención literaria de dar voz a los animales, significaba participar en una representación como la corrida de toros misma. 

Veamos.

Alacena de Frioleras, Número 14. Publicada por la imprenta de doña María Fernández de Jáuregui:

"Poco antes de las corridas de toros, en uno de estos plausibles días, por la mañana, estaban fuera de la plaza varios picadores, cuando uno se ofreció a ir por las once,  esto es por un poco de aguardiente con qué animarse, a pesar de la prevención que sobre esto se hace en el Bando de la materia. No faltó de los mismos compañeros quien lo advirtiera, pero como no hay ley que no esté sujeta a interpretaciones, dijeron otros que el Bando lo que prohibía no era tomar un trago sino emborracharse; y así, puesto que no habían de excederse entre cuatro con un par de cuartillos del tosco, bien podía ir por ellos y obsequiarlos sin el menor escrúpulo. Con esta gran absolución fue el cortejante por el aguardiente, dejando suelto su caballo sin ronzal ni custodia alguna, fiado, desde luego, en su genio naturalmente quieto y sosegado.

No se equivocó en su juicio, pues aunque luego que volvió con el refresco se pusieron a beber alegremente, formando cuadro, sin acordarse ninguno del bueno del rocín, éste lo más que hizo fue ir a buscar sombra junto a un toril, que por suerte tenía algo separadas las vigas.

Yo, como siempre he sido amigo de observar aun aquellas cosas que parecen frívolas y, a más de esta recomendable cualidad, tengo la gracia de entender el idioma de los brutos, al modo de Esopo, Fedro, Iriarte, Samaniego, etcétera (aunque no de explicar sus conversaciones con la dulzura de estos respetables ingenios), me fui tras el caballo y luego que éste llegó al toril, vio al toro encerrado y exhaló un tierno suspiro, a cuyo suave ruido volvió el toro la cabeza, y acercándose a la rendija conoció al caballo y le dijo:

 "¿Qué haces aquí, buena bestia? ¿Dónde está tu amo?" "Yo —dijo el caballo—, estoy esperándolo, y vine a buscar sombra mientras él toma su traguito; pero tú, ¿qué has hecho, que pareces loco enjaulado?" "¿Qué he de hacer? —respondió el toro—, esperando a ver lo que quieren hacer conmigo los hombres, que me tienen aquí sin comer y con una flor encarnada en el lomo; sin duda que debo de estar de boda, pues me engalanan tanto, y, según esto, se me espera un buen rato." 

"¡Lindo! —dijo el caballo—, pero no te lo codicio." "Sí —replicó el toro—, yo escucho desde aquí mucha bulla y algazara, y de cuando en cuando su música militar, lo que me hace creer que hay alguna fiesta prevenida." "Y como que la hay —dijo el caballo—, y no cualquier cosa, sino fiesta real, aunque por las escaseces del día la falta de toda la magnificencia que ha visto esta ciudad en otras iguales, como los juegos de cañas, los torneos, la carrera de la sortija, el don Pedro de palo y otras semejantes, en cuyas travesuras han lucido su habilidad y gastado su dinero con profusión los caballeros de esta ciudad."

"Pero por fin, ¿aunque haya faltado todo eso en estas fiestas por las actuales ocurrencias, se llaman reales, y la noble ciudad ha hecho cuanto ha podido por solemnizar la restitución del señor don Fernando VII al trono de las Españas?" "Así es —dijo el caballo—." "Pues con esto basta —contestó el toro—, para que estas fiestas sean insignes y yo logre unos ratos divertidos... Como no me vayan a dejar aquí y no vea nada." "Seguro estás —dijo el rocín—, sobre que tú eres uno de los papeles principales de la fiesta. La has de ver toda, aunque no muy a gusto." "No seas tan caballo —dijo el toro—, explícate con más claridad que no te entiendo." 

"No hay duda que si yo soy un caballo —dijo éste— tú eres más bestia que yo, pues no entiendes que los hombres te tienen aquí para torearte dentro de poco rato..." "¿Cómo es eso de torearte?", preguntó el toro. "Para torearte —respondió el bucéfalo—, quiere decir, para mofarte y para divertirse contigo." "Con la mofada no estoy muy bien —dijo el de Atengo—,pero en esto de la diversión no hay para qué ciscarme, pues puede que sea una diversión tan honesta que no me traiga ninguna pesadumbre..." "¡Friolera! —dijo el penco—, honestísima es, pero te ha de pesar el modito." "Pues no me tengas en duda —dijo el toro—, explícame qué cosa es ésta. " "Mira —dijo el caballo—, luego que salgas de aquí te recibirá mi amo y otro compañero en los gorguces  de las garrochas, cuya ceremonia harán contigo todos los de a caballo; ya verás que será éste un rato divertido.

Después te dejarán los caballeros, y se te presentarán mil chulos de infantería muy guapos y escarchados, a modo de portalitos de Navidad; te harán muchas caravanas con sus capotillos, y aun se quitarán los sombreros a tu presencia; mas a poco rato te comenzarán a faltar al respeto y te clavarán más saetas que a un salteador de caminos y, no contentos con eso, te clavarán otras de fuego, otras con cueros hinchados, otras con gatos, pero todas con sus lancetas de acero, con las que te pondrán el cuero del pescuezo como una criba. 

Después de holgarse un buen rato contigo de esta suerte, al son de un ronca trompeta se publicará en el circo la sentencia de tu muerte, la que te dará uno de aquellos mismos verdugos que te han mofado y maltratado de antemano; pero lo que te llenará de rabia será advertir la música y el palmoteo con que los espectadores festejarán a tu sacrificador al instante que éste te dé la estocada mortal..."

Por su extensión, sugiero a los lectores se remitan a la siguiente liga:

Disponible en internet junio 11, 2019 en: 

http://www.iifilologicas.unam.mx/obralizardi/index.php?page=numero-14-la-conferencia-entre-un-toro-y-un-caballo

Hasta aquí, con ese vívido retrato, el más aproximado a esa realidad que ha sido propósito desvelar en esta ocasión. Ojalá haya cumplido su propósito. Por ahora, queden están notas como las más coherentes aproximaciones al que fue ese toreo fascinante, previo a la llegada, en 1835 de Bernardo Gaviño.

Otros escritos del autor, pueden encontrarse en: https://ahtm.wordpress.com/.

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