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Tauromaquia: Aquella tarde de Palomo y Curro

...En actitud más serena, el semanario madrileño elogia...

En este duro presente, en que un matador mexicano, para torear en Madrid, ha de resignarse a pechar con lo que le echen, como integrante de algún cartel segundón y en fechas perdidas dentro del tráfago de San Isidro, conviene rememorar épocas menos adversas, cuando una figura nuestra podía aspirar a formar parte de combinaciones estelares en la famosa feria del santo madrileño. Aunque tampoco fuera lo habitual.

El capitalino Francisco Martín Rivera AgüeroCurro Rivera– es el mexicano con más orejas cortadas en San Isidro (nueve apéndices en diez paseíllos, entre 1971 y 77). Antonio Lomelín tiene la particularidad de haber cosechado seis apéndices en los únicos tres festejos que toreó en Madrid, isidradas de 1970 y 71. Seis también cortó Eloy Cavazos, pero en ocho tardes, aunque en eso de no abandonar nunca Las Ventas sin haber tocado pelo lleva mano Carlos Arruza (nueve orejas en cinco corridas, entre 1944 y 46, cuando aún no existía la feria del santo).

Y cómo olvidar a Juan Silveti Reinoso, que de 1951 a 54 actuó diez veces en Madrid y cosechó siete auriculares, aunque sólo dos corridas toreó dentro de la feria, y fuera de ella el resto. Figuras legendarias como Rodolfo Gaona, Luis Freg, Armilla, Jesús Solórzano, Lorenzo Garza y El Soldado desarrollaron lo esencial de sus trayectorias en la plaza de la Carretera de Aragón, anterior a la de Las Ventas, aunque Lorenzo, en 15 presentaciones entre ambos cosos, paseó 14 orejas y un rabo, nada menos.

Curro en San Isidro 1972

Francisco Rivera labró su cartel en Madrid en la isidrada del año anterior: cuatro orejas en tres tardes le valieron para entrar con fuerza en la feria de 1972. En la séptima desorejó a su primero de José Luis Osborne, poco logró en la siguiente y cerró su participación en el festejo número 12 de un maratón que estaba resultando pesado y con la gente soliviantada, en parte por la arremetida feroz de cierta prensa.

El encierro era de Atanasio Fernández y sus alternantes Andrés Vázquez, un favorito de los madrileños, y Palomo Linares, en la pináculo de su carrera. Como era de esperar, la plaza registró un entradón. Y por primera y única vez en los anales de San Isidro se cortaron en una misma tarde nueve orejas y un polémico rabo; el hecho de concederlo –a Sebastián Palomo Linares– iba a costarle la destitución a José Antonio Pangua, que presidió esa corrida.

De lo rancio a lo hipercrítico

El veterano cronista de ABC Antonio Díaz-Cañabate, dedica su crónica a censurar con acritud el rabo otorgado a Palomo; a Curro lo menciona a la pasada y sin otro afán que menoscabar su gran tarde:

"Las faenas de Palomo y las de Rivera que les valieron ocho orejas fueron de las corrientes, sin ninguna emoción, y a mí lo que me priva en los toros es la emoción y lo que me arrebata es el valor unido al arte… La faena de Andrés Vázquez al primero ha sido la única variada que hemos visto, la de Palomo al del rabo la más libre de sus habituales defectos, y las de Rivera, más animadas que las de siempre.” (ABC, 24 de mayo de 1972).

No menos descalificadores, e igualmente centrados en lo del rabo a Palomo, son los puntos de vista expuestos por un joven y aguerrido Vicente Zabala padre:

"El señor Pangua, empeñado en otorgar trofeos a diestro y siniestro, con una borregada de Atanasio Fernández regaló nueve orejas, y por si fuera poco, embalado ya en su fiebre orejófila, otorgó el rabo… El señor Pangua tenía el precedente de haber dado al mismo Palomo Linares doce orejas y cuatro rabos en un mismo día en Vista Alegre. (Blanco y Negro, 27 de mayo de 1972). De Curro Rivera no dice media palabra en esto que no era precisamente una crónica sino su resumen de la segunda semana de San Isidro para el magazine sabatino de ABC. 

Versión de El Ruedo

En actitud más serena, el semanario madrileño elogia ampliamente a Palomo, y se refiere a las faenas de Curro Rivera de manera concisa pero clara:

Saludó a "Cigarrero" con cinco verónicas sin enmienda, cerradas con media de suave armonía. Llevó al caballo a su colaborador –pues eso era el suave atanasio– por  chicuelinas, y escuchó ovación… divide las opiniones que se dé el cambio del novillote con una sola vara. Brindis al público para abrir faena con estatuarios, cambio y de pecho que encandilan a la concurrencia, aunque la faena se desluzca en ocasiones por "Cigarrero", que dobla las manos. El momento álgido en la aclamación pública lo registramos en unos circulares sin enmendarse, en que por tres veces pudo –sin mover los pies– constituirse en eje de la embestida del noble animal. Dos series de naturales y otra de nuevos circulares perfectos dan prólogo a media estocada, premiada con dos orejas. El cronista ha hecho referencia al circurret o "círculo de Curro", según definición y bautizo puesto y explicado por su propio creador, aunque ignorado por los españoles.

"Pitito", el sexto, tenía más respeto, pero Curro pronto se lo perdió, si no con el capote sí en la faena, más clásica, más arriesgada, seguramente más maciza, dentro de la sobriedad elegante de los redondos, naturales y pases de pecho en línea creciente de perfección; remata con unos adornos de fina torería y señala bien un pinchazo, seguido de una estocada con pérdida de la muleta en el cruce. El público –que, como el torero, estaba embalado en el éxito de la tarde– pide y logra las dos orejas de "Pitito" para Rivera, al que creemos ver en su mejor momento desde que llegara a España" (El Ruedo. Semanario gráfico de los toros. 30 de mayo de 1972).

Pepe Alameda

Para superar tan dispares puntos de vista nada mejor que la crónica de José Alameda, enviado especial de El Heraldo de México; va a referirse, tanto a Curro Rivera como a sus alternantes, en términos más ecuánimes. Y abiertamente encomiásticos:

"Ahora el grupito de aguafiestas salió cabizbajo mientras el público aficionado iba feliz… Gran mérito ha tenido lo que hizo con el tercero de la tarde, un toro muy noble pero escaso de fuerza. Currito lo toreó admirablemente de capa en los medios, en verónicas sin enmendarse. Luego, hizo las chicuelinas ambulantes para llevarlo al caballo y todo el tercio transcurrió entre aclamaciones para él. Fue un tercio corto, porque pidió el cambio luego de una vara, que era lo adecuado.

Su faena la empezó también sin enmendarse, en cuatro ayudados por alto, cerca de tablas. Luego, en los tercios, en cuanto le echó la mano abajo en dos derechazos, el toro se le cayó. Y empezamos a temer que pudiera caerse también la faena. Pero Curro estuvo admirable de temple. Con una pulsación perfecta empezó a medir el toreo, yo diría que a "peinarlo", y ya el toro no volvió a caerse, porque aquella muleta lo llevaba como el verso de Goethe, “sin apresuramiento pero sin retraso"… Jamás había visto a Curro templar así. Puso al toro tan a punto que pudo hacerle el circurret… era la primera vez que lo hacía en Madrid. Y el público, deslumbrado, se le entregó…" (El Heraldo de México, 23 de mayo de 1972).

Yo le creo a Alameda mucho más que a los críticos agrios, cuyas plumas portaban ya los virus de intolerancia que aún fructifican en las tardes malas del actual público de Las Ventas.

Acerca del otro toro de Curro, el escritor y crítico hispanomexicano dijo: "Tenía Curro el paquete de lo que había hecho Palomo Linares al mejor toro del encierro. El que le correspondió a él después no era fácil ni mucho menos. Pero Curro lo lidió muy bien… y en la faena supo medirlo, darle su distancia y su ritmo, que en eso consiste el toreo. Hasta que le sacó series de muletazos completísimas, con la derecha y con la izquierda, algunos de ellos redondos completos. El toro, con fuerza y peligro. Consecuentemente, este trasteo tuvo mayor emoción. Un pinchazo en hueso, una estocada. Y otras dos orejas para Curro Rivera, que salió en hombros por la puerta grande.

De Palomo con el toro del rabo, afirma Alameda que "toreó como no sospechábamos que pudiera hacerlo… con una continuidad, una perfección y una templanza que, como suele decirse, pusieron la plaza boca abajo… al dejar la estocada a volapié quedó prendido del pitón derecho. Se levantó con la taleguilla rota… y aquel toreo sensacional, junto con el dramático fin de lidia, hicieron al público pedir el rabo, que la autoridad concedió… También le dieron una oreja a Andrés Vázquez. Oreja benévola, del toro que abrió plaza, magnífico también" (Idem).

Otro mexicano, Eloy Cavazos, iba a emular a Curro en lo de la salida en hombros el inmediato sábado 27 de mayo de 1972, luego de cortarle las orejas a un toro colorado de Amelia Pérez Tabernero. Es esta gesta del regiomontano la que a menudo se cita, por tratarse de la última vez que un paisano nuestro paseó dos apéndices y abrió la Puerta de Madrid. Pero lo que nadie había hecho ni ha vuelto a suceder es lo de las cuatro orejas cortadas por Curro Rivera a los toros "Cigarrero" y "Pitito", de Atanasio Fernández.

Y como alguna de las crónicas citadas hablara de "novillotes", vayan los pesos de la corrida del ganadero salmantino, por su orden de lidia: 542, 522, 520, 571, 566 y 531 kilos.






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