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El comentario de Juan Antonio de Labra  

Quito se había convertido en el epicentro del toreo en Suramérica

La Marcha por la Libertad realizada en Quito hace unos días resultó histórica y tuvo un significado muy especial, sobre todo porque durante este multitudinario recorrido por las calles del hermoso centro de la capital del Ecuador, el presidente de la república, Lenín Moreno, recibió a cinco representantes de las 120 organizaciones que se manifestaron.

De este positivo encuentro salieron con la esperanza de que la Feria de Quito
restituya sus corridas de toros el año entrante, lo que sin duda será un gran antecedente de cara a otros lugares donde la Fiesta Brava se ha prohibido de manera arbitraria e irresponsable, mancillando el derecho a disfrutar de una tradición cultural que además representa miles de fuentes de empleo.

A partir de diciembre de 2012, la empresa CITOTUSA tomó la decisión de suspender la feria hasta que se pudiera restituir la corrida completa, y luego de haber hecho un fallido experimento en 2011 de dar corridas sin la muerte del toro sobre la arena, según la nueva ordenanza.
Esto supuso un absurdo en virtud de que los toros se picaban y banderilleaban durante la lidia, y al final eran devueltos a los corrales para ser apuntillados lejos de la vista del público, lo que se traducía en un acto cargado de hipocresía.

Dicha probatura representó una cuantiosa pérdida ya que mucha gente decidió no acudir a la plaza, y la situación encendió la mecha de lo que ha sucedido hasta ahora durante las festividades en honor de San Francisco, el patrono de la ciudad.

Desde principios de la última década del siglo pasado, Quito se había convertido en el epicentro del toreo en Suramérica. La fiesta de los toros gozaba de una magnífica salud hasta que llegó al poder el presidente Rafael Correa y emprendió una serie de cambios -y maniobras políticas, varias de índole personal- que tenían entre sus objetivos acabar con la Fiesta Brava.

La algarabía que provocaba Quito durante su feria era fantástica, con los hoteles y los restaurantes repletos de aficionados, así como la influencia de todos estos visitantes en los distintos eventos que había alrededor de los toros.

Imaginemos por un momento que a la Feria de Sevilla o a la de Aguascalientes le quitan los toros. Una decisión así vendría a darle la puntilla, ya que la festividad taurina es la que sostiene el hilo argumental del resto de actividades.

Y la respuesta de esta consecuencia es tan sencilla como lógica, pues se trata del sincretismo ancestral entre dos celebraciones, la religiosa y la pagana, cuyo carácter es complementario e indivisible por tratarse de un ritual que incluye un sacrificio que exalta y rinde culto a los valores de la vida a través de la muerte.

Pero parece que los políticos -y el sector de la sociedad que está en contra de los toros- no alcanza a visualizar más allá del aspecto en sí mismo de la corrida, a la que consideran, por su desconocimiento, radicalismo o incultura, como un espectáculo sanguinario y es así como procuran satanizarla.

El caso de madurez política más ejemplar es el de Francia, donde los legisladores comprenden la existencia y el sentido tradicional de los toros en distintas regiones del sur donde sí está permitida la celebración de festejos taurinos.

La explicación es que se trata de una manifestación cultural que arrastra cientos de años y forma parte de la idiosincrasia de los pueblos de esas zonas, y no se pretende que haya en otras partes del país donde no son tradición.

Es como si en México quisiéramos que hubiera toros en Sonora, donde de hecho hoy están prohibidos, y a nadie le importa porque nunca fueron algo que hubiese permeado entre las costumbres de su sociedad.

Pero en una ciudad como Aguascalientes, por volver al ejemplo mencionado, sería impensable que desaparecieran los toros durante la feria, y si eso sucediera, ocurriría algo similar a lo que pasó en Quito: la economía de la feria se vería afectada de manera exponencial.

Ojalá que todas las inteligentes acciones que se han tomado en Ecuador sirvieran de ejemplo para otros lugares, sobre todo ahora mismo para México, donde estamos viviendo una situación política similar a la de hace doce años en Ecuador, cuando el populismo se convirtió en la bandera de batalla de un gobierno irresponsable.






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